Críticas

Luz y sombra

Charlatán

Šarlatán. Agnieszka Holland. República Checa , 2020.

La directora polaca Agnieszka Holland (Mr. Jones, 2019; Burning Bush, 2013), nos entrega su más reciente trabajo basado en hechos reales: Charlatán. Una producción realizada en República Checa que se ocupa de narrar los momentos relevantes en la vida de Jan Mikolášek, un reconocido curandero de la década de los años treinta en Checoslovaquia; un amante de las plantas y sanador nato que se distinguía por utilizar métodos poco ortodoxos tanto para el diagnóstico como para el tratamiento de sus pacientes.

Debido a su sorprendente capacidad para diagnosticar enfermedades a partir de la mera observación de la orina, miles de personas con diversas afecciones se formaban día a día afuera de su casa –una mansión acondicionada para la atención de sus enfermos–, con la esperanza de encontrar una cura por medio de tés, infusiones o combinaciones de hierbas, cuyas propiedades Mikolášek conocía a la perfección.

Interpretado por el actor checo Ivan Trojan (A la sombra, 2012), Mikolášek tuvo desde muy joven la revelación de un don excepcional para sanar. Primero lo logra con su hermana y, más tarde, con los enfermos que visitaban a la curandera del pueblo, quien se convertirá en su mentora, y la que le enseñó el arte de interpretar la orina, así como su guía en las materias de la vida y la fe. El joven curandero no se nombraba a sí mismo doctor, y no le gustaba que le dieran esa distinción, sin embargo, consiguió con su método ayudar a mucha gente.

Agnieszka Holland consigue materializar un retrato certero, que capta claramente la ambigüedad de la enigmática personalidad del personaje en cuestión, un hombre misterioso, que sostiene constantemente una lucha interna que lo carcome por dentro, que está lleno de matices y no niega sus lados tanto oscuros como luminosos. Que fue acusado de cooperar con los nazis, sanando a varios de ellos en tiempos de la Ocupación, así como de atender a miembros del poder comunista, con el respaldo del stalinista Zápotocký. Sin embargo, a la muerte de su protector, queda en total vulnerabilidad y es difamado por altos funcionarios que lo despreciaban.

Una de las fortalezas de Charlatán es la decisión que toma la realizadora de Europa, Europa (1990), de alejarse de las fórmulas tan comunes en las biopics, que se enfocan en destacar o alabar al personaje, procurando una inmediata empatía del espectador. Por el contrario, Holland opta por una representación enteramente humana de su protagonista para intentar, así, comprender sus motivos e inquietudes para, a la vez, explorar tanto sus virtudes como sus vicios y llegar al origen de aquellos arranques violentos inexplicables, resaltando su contradictoria forma de ser, en la que saltaba, de un momento a otro, del egoísmo al altruismo, de la calidez a la frialdad o de la desconfianza a la entrega emocional.

Es interesante cómo se desarrolla el argumento, en tanto que los tiempos narrativos se alternan sin orden alguno, brincando de un suceso relevante al siguiente de forma no lineal, con la intención de desplegar en pantalla los instantes determinantes tanto en la vida profesional como en los aspectos más íntimos y personales de Mikolášek, que en su caso están firmemente ligados. De tal modo que, a lo largo del filme, se hace hincapié en las relaciones que lo marcaron, con su familia, con su maestra en el arte curativo, y quizá la que será más importante en su vida, con su asistente personal František (Juraj Loj).

El reiterativo plano de las manos del sanador se convierte en un leitmotiv visual del filme, que no solo acentúa su don al tacto que le hace percibir el malestar del otro, sino que es el símbolo que transporta la acción desde un tiempo presente hacia aquel rincón de su mente en el que se albergan sus memorias. Cuando las observa con detenimiento se llega a perder por completo en sus recuerdos, provocando un flashback que nos otorga información sobre su pasado.

El tono de suspenso es reforzado por una atmósfera inquietante de persecución, primero por parte los nazis y más tarde por el régimen comunista, lo que funciona como el telón de fondo a una puesta en escena cargada de intriga. Nos lleva de la mano a través de momentos relevantes de la historia del siglo XX, vista desde los ojos de este hombre que se mantuvo en su país, obstinado hasta el final, con la convicción de sanar a cuantos más pacientes pudiera.

Visualmente, la puesta en escena nos transporta a la incertidumbre y oscuridad de los años representados, tiempos oscuros, grises y sin libertad, para lo cual, cuando se trata de sus recuerdos se recurre a sutiles cambios de tonalidad, además de reventar el grano para hacer un tanto más difusa la imagen. La iluminación, a su vez, se vale de claroscuros, acentuando la mencionada ambivalencia del protagonista. Es el trabajo de la cámara lo que mantiene nuestro ojo activo, en ocasiones se las arregla para asomarse a través de vidrios y ventanas, de los pequeños agujeros o de las rendijas de una puerta, y es tan solo eso, muy poco, lo que se nos permite ver, obstaculizando nuestra mirada y dirigiéndola de forma selectiva.

Hay escenas en las que la orina de los frascos refractan la luz de la ventana o de alguna lámpara, pintando los rostros de distintos tonos de amarillo, logrando composiciones oníricas e incluso bellas, en un interesante juego de luz y color.

En definitiva Charlatán mantiene la atención del espectador en torno a un ambiguo personaje, violentamente sacudido por las fuerzas internas que lo componen y que se siente atormentado por la culpa, la represión de su sexualidad y la persecución ideológica. Y notoriamente, Holland acierta en la recreación tanto de la época como de la compleja figura protagónica.

Tráiler:

 

Ficha técnica:

Charlatán (Šarlatán),  República Checa , 2020.

Dirección: Agnieszka Holland
Duración: 118 minutos
Guion: Marek Epstein
Fotografía: Martín Strba
Música: Antoni Lazarkiewicz
Reparto: Ivan Trojan, Juraj Loj, Josef Trojan, Joachim Paul Assböck, Jan Vlasák, Martin Mysicka

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