Críticas

Un documental necesario

Camino a Higüey

Abi Alberto. Republica Dominicana, 2016.

Cartel Camino a HigueyEn 1922, hace casi ya cien años, Francisco Palau y sus colaboradores Juan B. Alfonseca y el fotógrafo Tuto Báez reclamaban su legítimo derecho a rodar el primer filme dominicano sobre la canonización de la Virgen de la Altagracia. Protestaban tácitamente contra el otorgamiento oficial, a Rafael Colorado de Assoy, fotógrafo puertorriqueño que ya había tenido el privilegio de hacer la primera filmación en tierras dominicanas con la documentación de la visita de José de Diego, presidente de la Cámara de Delegados de Puerto Rico, trabajo que se exhibió cinco años después, en 1920, como un filme de episodios. La película dirigida por Francisco Palau se llamó Leyenda de Nuestra Señora de la Altagracia y es, posiblemente, el único antecedente temático del filme Camino a Higüey, de Abi Alberto, que actualmente se presenta en los cines dominicanos, una pieza imprescindible, desde ya, en la documentalística dominicana por su excelente realización, su sensibilidad y la manera someramente desprejuiciada y analítica en que muestra la devoción popular hacia la patrona del pueblo dominicano.

Camino a Higüey, producida por Larimar Films, se centra en la peregrinación que cada año realizan múltiples fieles a la basílica de Higüey y las tradiciones que rodean este evento. El documental está poblado de personajes entrañables y variopintos, parte integrante de una romería que toma cerca de cinco días y más de cien kilómetros de caminos por el monte y la carretera. La celebración, que se realiza anualmente en agosto, forma parte del acervo cultural de la nación dominicana y es fundamento vital de muchos seres que aun hoy, dedican su vida a la preservación de este tipo de tradición. Sincretismo y devoción se unen en un culto, que al igual que la Caridad del Cobre cubana o la Guadalupe mexicana, encuentran en los procesos de simbiosis con la advocación mariana, la esencia cultural e histórica de una nación. Es la visibilidad que aporta el documental de Abi Alberto, la importancia fundamental de una pieza fílmica, que versa sobre temas largamente olvidados en nuestra cinematográfica y podría decirse que en la gestión cultural nacional.

Basilica de HigueyCon una excelente realización y una estructura narrativa clásica, pero bien lograda, el documental muestra la vida de estos individuos que encuentran en la creencia mariana un reducto vital donde depositar las incertidumbres y las certezas. Permeado, sin dudas, por la supremacía de la religión oficial de la República Dominicana –sobre todo a niveles publicitarios-, otro de los grandes aciertos de Alberto es colocar en un punto bastante neutro su reflexión. Por un lado, la historia de vida de Leonor y Leónidas, entrañable matrimonio de más de medio siglo, la terrible historia de Yahaira y su hija Anhely o el evidente conflicto entre Don Milo y su hija Elena; y en el otro lado de la balanza, Carlos y Helen. Carlos Cordero, filósofo de profesión, aporta esos argumentos racionales que se hacen tan difíciles de encontrar cuando se habla de religión. Casado, no por convicción sino por tradición, su proyección hacia la religiosidad es más un automatismo complaciente que una verdadera vocación. El derecho a la espiritualidad –sea católica o no- es uno de los argumentos más interesantes que pueden extraerse del filme, más cuando sabemos que el fanatismo y el extremismo religioso pasivo-agresivo atraviesan la cultura religiosa de un país, donde la falta de fe católica es una enfermedad terminal y la profesión de otros cultos, una afrenta.

Fotograma de Camino a HigueyOtra arista interesante de este filme es la muestra de conflictos que son propios de una época y que encuentran eco en muchas latitudes. La falta de continuidad generacional, el despoblamiento del campo, la falta de relevo para actividades tradicionales, con la consiguiente pérdida de las tradiciones culturales, son los problemas que afectan a Don Milo, a cuya labor como comisario y su peregrinación con los toros le ve un futuro bastante incierto. Su hija Elena acepta ser el relevo, pero su rostro traduce todo el tiempo un malestar. No parece ser muy devota de actividades seculares que en pleno siglo veintiuno no presentan el mismo sentido que años atrás, menos en una generación que tiene sus miras puestas fuera del país y que, definitivamente, no se reconocen deudoras de un proyecto nacional cada vez con menos adeptos. Son muchos los logros de esta pieza documental que muestra la intensa humanidad del pueblo dominicano; el respeto y el amor depositado en una Virgen que es, en resumidas cuentas, la única que responde en el silencio de una fe que se presenta como el último reducto esperanzador, ante los prolegómenos que impone un oficialismo religioso, cuyos derroteros están profundamente divorciados del bienestar público.

Camino a Higüey podría abrir una brecha, aunque sea estrecha, hacia un diálogo inclusivo entre cultura y religión en el país, sobre todo si la publicidad que se le ha dado no insistiera en el edulcoramiento y enmascaramiento de la verdad antropológica que carga, bajo el benévolo manto azul de la dominación religiosa; elemento que denota que, quizás, los grandes aportes del documental sean inconscientes y no ex profeso. La peregrinación a Higüey como parte de ese patrimonio intangible que surge de las imbricaciones socioculturales y el culto a la Altagracia, al igual que muchos cultos populares, caracterizado por su asociación a la vida cotidiana y las problemáticas de los pueblos con su visualización, a través de las festividades, los mitos, las supersticiones e imágenes como exvotos y promesas; son parte de un patrimonio nacional y muestra tangible de la esencia cultural que conforma esta nación. Su proyección fílmica, tan largamente postergada, es una ganancia para la cultura nacional, y vincularlo a sangre y fuego con la religiosidad dominante es un reduccionismo rampante, pues en resumidas cuentas, las religiones son promesas abocadas al después, pero el ahora del camino, lo hacen los hombres.

Trailer:

Ficha técnica:

Camino a Higüey ,  Republica Dominicana, 2016.

Dirección: Abi Alberto
Guión: Rolando Díaz & Gina Giudicelli
Producción: Larimar Films SRL
Fotografía: Peyi Guzmán
Música: Chichi Peralta
Reparto: Remedios Ponce Abadal, Leonor Comprés, Carlos Cordero, Leonidas Cruz, Elena de la Cruz, Ramón de la Cruz, Annelliz Capellán, Amado Laureano, Yuan Fuei y Pedro Peña

Gretel Herrera

Graduada del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

Deja un comentario


* Los campos marcados son obligatorios