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Tarón y el caldero mágico
Espera

Cuando era más joven (ahora tengo cuarenta años, un buen trabajo, buenos estudios, una independencia económica, lo cual no se traduce de por sí en la felicidad más extrema, pero, sí, en la felicidad más cálida) no tenía muchas posibilidades de ir al cine. Vivía donde vivo hoy, si bien en una parte diferente de la casa, una granja de muchas habitaciones y pisos; vivía, efectivamente, a unos kilómetros de la ciudad más cercana a esta aldea italiana en la que no hay casi nada (es en parte mentira, algo sí hay, por lo menos si quieres tomar una copa, pero yo no habito en el pueblo, sino cerca de él, entre los campos y los bosques que han ido formando mi carácter). Mi mamá no nos dejaba ver mucha tele, algo que, para mí, no era un gran problema; me gustaba, como me gusta hoy, leer (y, efectivamente, entre las críticas que escribo de películas, las hay también de guiones, lo cual me permite tener una relación diferente con el mundo del cine); recuerdo que cuando ella iba a trabajar por la tarde, cerraba la salita donde tenía su residencia el monstruo de plástico y vidrio (un Blaupunkt, marca alemana, o sea una buena marca, como decía mi abuelo, hombre que había luchado en la Segunda Guerra Mundial y que tenía un punto de vista izquierdista).

Lo que sí hacía era leer las películas (me doy cuenta, mientras escribo, que es algo que sigo haciendo, como ya os he explicado). Se trataba de los libros de Disney, aquellos libros que contaban las películas de animación: grandes páginas en las que los artistas reproducían una escena (un frame) que iba acompañada de un pequeño texto como si de prosa se tratara (y, efectivamente, era prosa). Cuando íbamos a la ciudad, aquella especie de gran circo que se encontraba a unos veinte minutos de mi casa (en coche, por supuesto), yo le pedía a mi madre si me compraba uno de aquellos libros. Era fundamental, para mí, aquella mezcla de dibujos estáticos y de palabras que se transformaban, en mi cabeza, en imágenes en movimiento. A veces, los lunes, mi mamá me dejaba ver la televisión porque la RAI (la emisora nacional) había decidido que aquel día era el de Disney (habrá habido una especie de contrato), con sus películas no solo de animación, sino también las con actores reales. Sentado en el sofá, con mi padre que dormía (hoy ya no está), lograba sumergirme en aquella pantalla diminuta. Cine casero, ni más ni menos, en lo que al ser un espectador se refiere.

Entre los libros que tuve la oportunidad de poseer, uno era el que quizás (entre los otros hay que añadir los Calvin y Hobbes, así como las criaturas de Goscinny y Uderzo) más importancia tuvo en los años entre la infancia y la adolescencia. Gótico, cerca del horror, con unos personajes diferentes de los majestuosamente buenos por la excelencia de su nacimiento (hijos de reyes, de reinas, dotados de bellezas, etc.), The Black Cauldron (Tarón y el caldero mágico) era mi colección de imágenes y textos preferida. Creo, efectivamente, que también mi afición por las rubias se debe en parte a esta obra (la protagonista femenina, de hecho, representa aquel tipo de mujer simple e inteligente que no solo admiro, sino de la que me podría enamorar fácilmente, no como Allen con las malas). No era solo una sensación de estar dejando atrás mi infancia, con aquel mundo (el de la película, basada en los cuentos del escritor galés Lloyd Alexander); todo lo contrario, me permitiría decir, se trató de reconocerme en aquel universo, no de cambiar, sino de dejar libres mis aficiones. Un gnóthi seautón moderno, se podría decir, demostración de que el arte (sin pensar que lo sea todo, ya que todo no lo es) puede seguir siendo nuestra maestra también en estos tiempos contemporáneos.

Fueron necesarios años antes de que pudiera ver la película. El VCR fue adoptado por mi familia solo cuando tenía unos once o doce años, y, cosa peor aún, en la RAI aquella película nunca hizo sentir su presencia (cosa normal, se trata de un flop de Disney, ya que contenía demasiado “horror” para algunos padres y algunas madres –como la mía, creo, si hubiera tenido la oportunidad de llevarme a verla en los cines, o si me hubiera acompañado en su visión sentada en el sofá). Fue a los 28 años, el día del nacimiento de Newton, que la vi por primera vez (lo recuerdo bien, por aquel entonces tenía una novia diez años más joven que yo, rubia, obviamente, de la que hoy no sé nada y que ella afirma nunca haber sido mi novia). No ya en la pantalla de mi televisión, sino en la de mi ordenador (había aprendido a ver los DVD y hacer otras cosas al mismo tiempo, como si mi concentración fuera mayor cuando se dividiera entre diferentes asuntos). Una maravilla. Es algo que puede pasarnos a todos, al fin y al cabo; intentamos obtener algo, inútilmente, con mucha frustración, y un día, sin darnos cuenta, se nos presenta la ocasión (en mi caso, las tiendas en línea). No es cuestión de volver a ser lo que ya no somos, como si se superpusieran el pasado y el presente; lo que fue fue, y, cosa quizás más apabullante, descubrimos que efectivamente lo que nos hubiera gustado ver (o tener, lo que sea) no es, bajo la mirada de unos ojos más adultos, por nada malo. No siempre es así, por supuesto, pero, cuando sí lo es, no podemos sustraernos de reconocer cómo lo que hoy somos no es demasiado diferente de lo que una vez éramos.

post scriptum : el juego estaría en que a veces solo hay que esperar y las cosas se arreglan de por sí (no siempre, obviamente, ya que yo tuve que actuar, que comprar el DVD) dentro del fuir de un tiempo que casi no tiene un ritmo único. Y, sí, las rubias siguen gustándome, pero también las con el pelo rojizo, marrón, negro, hasta las sin pelo, y las altas, las bajas, las europeas, las africanas, las asiáticas … bueno, todas no, las sin sentido del humor ni las puedo sufrir.

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