Críticas

El imperio del tiempo

El caballo de Turín

Otros títulos: The Turin Horse.

A Torinói ló. Béla Tarr, Ágnes Hranitzky. Hungría, 2011.

ElcaballodeTurínCartelUn cochero y su caballo se desplazan por el camino. El equino arrastra un carruaje que conduce el hombre. En un plano ligeramente contrapicado y en secuencia, atraviesan duros paisajes envueltos en un vendaval frío y árido. El extenuado animal resiste penosamente entre la niebla y la maleza seca. ¿Quiénes son? Una voz en off nos anuncia que el 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche salió de su casa en Turín y observó a un cochero fustigando a su caballo. Abrazó a este último, le pidió perdón en nombre de toda la humanidad y, una vez en su domicilio, pronunció sus últimas palabras: “Madre, soy tonto”.  El filósofo murió diez años después bajo los cuidados de su progenitora y sus hermanas. Del caballo, nada sabemos. 

Los realizadores se preguntan qué fue de aquel equino. Es justamente lo que vamos a averiguar en este filme único, de la mano de Béla Tarr y de Ágnes Hranitzky, también codirectora con el primero de obras tan trascendentales como Armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000) o El hombre de Londres (A Londoni férfiThe Man from London-, 2007). Tarr ha reiterado que El caballo de Turín es su testamento fílmico. La razón aludida es que ya ha dicho, con su cine, todo lo que quería decir. Afirma que cada historia es la misma, pero lo que realmente le importa son las imágenes, el sonido y las emociones. Cabría preguntarse, como lo hace Mariano Cruz García, el siguiente interrogante: si la repetición no se refiere a lo narrado (que considera siempre lo mismo) sino a la técnica elegida para hacer sensible lo que se desea exhibir, podríamos enfrentarnos ante la sensación del colapso de su técnica, apoyado en gran parte en el plano secuencia. Una manera de mostrar la existencia sin corte, sin montaje, únicamente canalizando imágenes con la elección del encuadre y del movimiento de cámara. El síncope lleva a los autores en este filme a la detención del tiempo y también del movimiento. Un tiempo recogido en seis días y un movimiento que se detiene cual “naturaleza muerta”.

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Deleuze nos recuerda que otros artistas, como Nijinsky o Dostoyevski en Crimen y castigo, igualmente vieron a un equino en situación parecida. Así mismo, que en esta película, aunque tengamos a un caballo plenamente singularizado (el mismo título nos introduce en ello), entramos en lo que denomina “el poder de lo indefinido”; esto es, podría extenderse a cualquier equino, a uno de los miles que han sido azotados. Precisamente, dicha especie animal ha encontrado una buena cosecha de retratos en obras realizadas el pasado año. Al respecto, podemos citar Eo, del polaco  Jerzy Skolimowski, en la que vemos el mundo a través de los ojos de un burro, o Almas en pena de Inisherin(The Banshees of Inisherin), del angloirlandés Martin McDonagh, en la que una burra en miniatura se convierte en diana de las inquinas humanas. Y cómo no, debemos recordar al también burro del francés Robert Bresson en Al azar, Baltasar (Au hasard Balthazar, 1966), ese animal que viaja desde la felicidad al desconcierto, atravesando sufrimiento, hasta el ocaso.

Con El caballo de Turín, como en otros filmes de los autores, quedamos embelesados  con su fotografía en blanco y negro y con planos de todo tipo, ya sean detenidos o en secuencia; es la cámara la que se erige en protagonista, entrando y saliendo de espacios, moviéndose con sigilo para que quedemos suspendidos en la cotidianidad, que se refleja desde varios prismas. Vemos lo que dicha cámara nos quiere enseñar. Como ejemplo, tenemos las comidas de los humanos protagonistas, del cochero y su hija: misma estancia e iguales alimentos que son acogidos cada vez con menos energía…; pero se nos muestra primero al padre engullendo con furia la patata caliente usando su único brazo hábil; luego, en la siguiente escena con esa temática, es ella la que obtiene el protagonismo masticando sin apetencia; y como remate, aquella en que se nos exhibe a ambos seres intentando realizar igual tarea pero ya sin fuerzas, con el tubérculo sin hervir. El universo se viene abajo, se agota lentamente mientras las resistencias van cediendo hasta extinguirse.

 

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Tampoco faltan las deslumbrantes ventanas o puertas de Tarr y Hranitzky. Unos encuadres que son utilizados tanto para mirar al exterior como para enmarcar la escena con potentes imágenes de enorme dramatismo. La cámara se mueve desde el fondo de una cabaña, inhóspita pero convertida en único refugio, hasta unas fronteras exteriores marcadas por el establo, el pozo y ese árbol seco y solitario que delimita el horizonte. Conforme avanza el apocalipsis, la cámara se va retrayendo hasta circunscribirse al interior de la casa e incluso cerrando el foco alrededor de la mesa en la que se deposita el alimento diario. Una quietud que llega a su máxima expresión al final del largometraje, aunque el recurso se utilice a lo largo del mismo. Una quietud que es mal recibida en este mundo acelerado en el que la velocidad del consumo se transforma en estrella.

A las termitas ya no se las oye, el caballo no quiere comer, el pozo se seca, una tempestad no cesa en cubrir la atmósfera de polvo desolador mientras las hojas sobrevuelan sin rumbo… ¿Qué está sucediendo? El Génesis nos ilumina al respecto: Dios creó al universo y al hombre en seis días. Al séptimo descansó. Tampoco necesita más tiempo para destruir su obra. Pero Dios ha muerto. Y Zaratustra no se refería tan solo a aquel del que discuten filósofos y rezan piadosos. Se trata, en definitiva, del derrumbe de los valores superiores que mantenemos y/o hemos heredado. Como nos anuncia el vecino, todo se ha venido abajo y todo se ha envilecido. El hombre, con la implicación de Dios, ha asolado cuanto ha tocado y no ha dejado nada sin tocar; “Ha arruinado la tierra”.

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Por otra parte, nos gustaría destacar la importancia que alcanza el sonido en esta película: el del incesante viento enfurecido, solapado en ocasiones con una melodía, no menos tétrica, con aires de acordeón. Una composición que se repite y repite sin presagiar nada bueno. Además, estamos en una obra de silencios. Hasta el minuto 20 no se pronuncia la primera palabra (dejando aparte la voz del narrador): “Preparadas”. Las patatas ya se encuentran encima de la mesa humeando en espera del ataque. La incomunicación entre padre e hija se extiende a gestos y palabras. No se miran y prácticamente solo utilizan el lenguaje verbal para avisar u ordenar que algo está hecho o debe realizarse. Nos vestimos o lo hacen por nosotros, limpiamos la cuadra, cocinamos, cogemos agua del pozo, comemos, dormimos, sacamos al caballo, lo guardamos, hacemos el equipaje, lo deshacemos… Un mundo hostil que día a día hay que enfrentar con la dosis justa de Palinka. Resulta obligado reunir fuerzas para acometer esa existencia estéril convertida en tensa espera hasta la muerte.

El caballo de Turín está repleto de metáforas o símbolos, bíblicos o no. Así, el viento como aullido de una tierra maltratada, un caballo que mantiene su dignidad hasta resultar totalmente exprimido, unos gitanos profetizando desgracias, el espeluznante encuadre de la muchacha, inmóvil tras la ventana con barrotes,  el traqueteo del carro como reflejo de la monotonía existencial, el reposo del hombre en posición cadavérica, el inminente apocalipsis que anuncia el libro regalado… Y la sombra de El ángel exterminador de Buñuel (1962) sobrevuela en esa imposibilidad de huir sin necesidad de abordar la existencia de causas concretas (detalle que los realizadores eluden con lucidez). Pero sí que reflejan ácidamente la pobreza y miseria que rodea la existencia de nuestros tres protagonistas (hombre, mujer y caballo): ropas raídas, alimento repetitivo, lucha contra los elementos, el estado de abandono, el terreno yermo… En definitiva, un callejón sin salida en el que todavía es posible recordar la pérdida con el retrato de la madre y esposa ausente. 

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En el universo de Tarr y Hranitzky el tiempo no solo se detiene sino que también se ajusta a su esencia. Un tiempo en constante recorrido por aquellas rutinas que de forma machacona van llenando nuestra existencia, jornada a jornada. Hasta su paralización. Y a poco que se reflexione ya detectamos que esas rutinas, además de reiterativas e insulsas, son universales. Tarr es uno de los cineastas más especiales que hasta el momento nos ha obsequiado este arte. Sea o no su última película, en cualquier caso, no nos cansamos en seguir disfrutando con magnetismo y sugestión de toda su filmografía. Un ejercicio contemplativo que arrastra entre la belleza de sus imágenes y el ambiente  pesimista que se respira, mientras se espera con estoicismo en las cárceles en las que habitamos. 

Tráiler:

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Ficha técnica:

El caballo de Turín  / The Turin Horse (A Torinói ló),  Hungría, 2011.

Dirección: Béla Tarr, Ágnes Hranitzky
Duración: 146 minutos
Guion: Béla Tarr, László Krasznahorkai
Producción: Coproducción Hungría-Francia-Alemania-Suiza; TT Filmmûhely, Eurimages, Vega Film, Movie Partners In Motion Film, Medienboard Berlin-Brandenburg, Motion Picture Public Foundation of Hungary, Zero Fiction Film
Fotografía: Fred Kelemen
Música: Mihály Víg
Reparto: János Derzsi, Erika Bók, Mihály Kormos

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