Críticas

Ad Astra

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ad_posterOdiosas son las comparaciones, ¿inevitables? También. Parece que Stanley kubrick puso la nota de corte en lo que aventuras espaciales en el cine se refiere. Desechando por la escotilla aquellas en las que la acción y el puro entretenimiento se hacen evidentes, cualquier otra que ose tratar temas como el existencialismo, la condición humana o prever el futuro próximo, empaquetado en códigos filosóficos, tiene el gran reto de vérselas y echar la vista atrás, porque parece ser que la sombra de 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968) reaparece de forma fantasmal en la mente de todo cinéfilo. El director James Gray asegura que Kubrick lo hizo “todo” en 2001, así que resulta evidente que se hagan comparaciones con una obra de tal magnitud. El cine espacial metafísico también tiene otro fuerte representante, quizás menos conocido por el gran público, pero que ahonda en los mismos conflictos existenciales, como es el caso de Solaris (Solyaris, Andrei Tarkovsky, 1972). Pero no hace falta recorrer el frío espacio en años luz de distancia, de hecho, la gran influencia de Ad Astra se encuentra en tierra firme. Por allá, a finales de los setenta, el maestro Francis Ford Coppola estrenaba una de sus obras maestras, Apocalypse Now (Apocalypse Now, 1979), basada en la novela de Joseph Conrad, titulada El corazón de la tinieblas. Si lo pensamos bien, puede que haya reminiscencias estéticas (más que argumentales) del cine de Kubrick, pero la naturaleza del filme de Gray está mucho más ligada a la historia de Willard y su odisea en el infierno de Vietnam que cualquier película espacial lanzada hasta la fecha. Al igual que el capitán Willard, el protagonista de Ad Astra, Roy McBride, recorre un viaje interior en busca de respuestas, en busca de otro ser humano que parece haber perdido toda esperanza y contacto con la humanidad. La barca de Willard,  subiendo río arriba en busca del coronel Kurtz, es la nave de McBride en busca de su padre. Uno está en la calurosa y sofocante selva, el otro en el frío e inhóspito espacio. El cine, una vez más, se reinventa.

Antes de lanzar las reflexiones al vuelo y, por lo tanto, espolvorear mi subjetividad por todo el texto, es necesario entender qué se propone el director y de qué forma lo hace. De lo contrario, podemos caer en un vacío subjetivo, en el cual las ideas estarían desenfocadas y fuera de contexto de toda proposición argumental. Hay que entender que James Gray no tiene intención alguna de hacer una película emotiva, su intención no es emocionar al público con el melodrama argumental. La película se mantiene en todo momento fría e indiferente con su público, al igual que el espacio solitario y vacío al cual se enfrenta su protagonista. Parece, incluso, que no quisiera empatizar con nosotros, contiene una mampara invisible que impide tocarla e, incluso, a su protagonista parece que  le cuesta llorar, porque así visiona Gray nuestro futuro cercano: apático, insensible y solitario. Por eso resulta poco recomendable querer empatizar con Roy Mcbride, porque resultará imposible meterse en la piel de alguien a quien las pulsaciones no le suben a más de ochenta en plena caída libre hacia la muerte.

Roy es humano, pero no lo parece. Sus exámenes psicológicos parecen formar más parte de una inteligencia artificial que de un ser humano, menos mal que, a medida que se acerca a su objetivo, su inestabilidad va en aumento y sus tests psicológicos se van degradando. Es gracias a estos tests que sabemos que Roy está sufriendo una metamorfosis. Ya no es ese hombre que partió de la tierra, el héroe, como en innumerables novelas. Parte de casa y, al regresar, ya no es el mismo; una idea filosófica extraída también de Heráclito y su famoso río. Es muy interesante, ya que el director muestra esa transformación personal también de forma visual. Hay dos planos que resumen en gran medida la película. Uno al principio, antes de de irse, y otro al final, a su regreso. En esos dos planos aparece su mujer. En el primero, Roy la mira, pero por culpa de la lluvia que golpea los cristales ella aparece desenfocada. En el segundo, cuando Roy está de vuelta, vuelve a mirarla, y la imagen se esclarece nítida. Aquí nos encontramos con otra de las puntas reflexivas y existenciales del filme; la desconexión que tenemos con nosotros mismos y la incapacidad de sentir, o de amar; idea que se refleja de forma radical en la psicología del padre. He aquí que el filme se puede mostrar paradójico en sus formas, pues habla de las emociones más puras del ser humano desde la frialdad intelectual. Es decir, la película coge el canal reflexivo para culminar en un punto emotivo.

El autor nos muestra un futuro bastante gris. En la luna ya hay asentamientos, es posible visitarla en plan turista y, por supuesto, el capitalismo se ha instalado de forma bochornosa en su pálida extensión. Con la excusa de la lucha por los recursos (otro de los grandes problemas que parece haberse llevado el ser humano del planeta tierra), Gray se saca una escena de acción lunar insólita que recuerda a los mismísimos westerns de John Ford.  Y es que, pese a su contenido profundo y filosófico, a Ad Astra no le faltan escenas tensas y de acción en todo su metraje. La llamada de auxilio desde la nave noruega es otra extrañeza digna de recordar, parece algo puesto para impresionar, y lo consigue, pero lo que ocurre tiene un sentido biológico de años de evolución que conecta con el trasfondo de la película.

El viaje deja un residuo amargo y silencioso en todo su trayecto. Hay pasajes sensoriales dignos de ver en la gran pantalla. Sí es cierto que, a medida que la película avanza, va haciéndose poco a poco más previsible. De todas formas, es un mal menor, pues hay cierto optimismo latiendo bajo toda esa superficie oscura y mísera, y una invitación a las reflexiones más profundas que, paradójicamente, se convierten en las más simples. ¿Estamos solos en el universo? Ad Astra simplifica: ¿Estamos solos?

 

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