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Epitafio, encerrados en un escenario ilimitado

Cuando pensamos en el encierro como fenómeno, ya sea para una discusión del orden de los efectos físicos o bien de los psicológicos, en general se suele evocar algún espacio cerrado, quizás algún tipo de confinamiento o simplemente el encontrarse extraviados entre paredes o barreras. A pesar de esto, es posible evocar los mismos efectos de enclaustramiento y perdición sin salida en espacios abismalmente abiertos, como lo es en el espacio exterior o bien en la inmensidad del desierto. En la película Epitafio, ese espacio en el que se encuentran perdidos los protagonistas, tiene vida propia y busca poner a prueba no solo la solidez de sus ideales, sino su entereza mental.

Los cineastas Rubén Imaz y Yulene Olaizola entregan, en 2015, una bellísima obra fílmica, que basada en hechos reales, extraídos de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, pone a prueba la sustancia última que da forma a la intención del conquistador, no solo de sus creencias religiosas, sino de su papel dentro de la invasión de una tierra que no comprende. La revisión de un hecho histórico tan simple y que pasa inadvertido en el gran relato de la Conquista, deja espacio para la comprensión trascendental de la tierra que habitaron los nativos y la fragilidad del ser humano, sobre todo cuando lo único que lo mueve es una misión de estrategia militar.

La premisa es sencilla, en el año 1519, el capitán Diego de Ordaz conduce a otros dos soldados a una importante misión encargada por Hernán Cortés, que consiste en encontrar un camino alterno hacia la gran Tenochtitlán, capital del imperio Azteca, atravesando el volcán Popocatépetl. Aunque en realidad fue rodada en el pico de Orizaba (un volcán en el estado de Veracruz), su presencia evoca al mismo Popocatépetl por su aspecto majestuoso, sólido y nevado en la cima, rodeado por una infinita y vasta tierra, escenario que en su infinita amplitud, es suficientemente poderoso como para encerrar y aprisionar a los incómodos huéspedes.

La película abre con una secuencia clave, donde se nos presenta al imponente Popocatépetl. En un gran angular desde las faldas, el gran volcán se muestra activo, en erupción, lanzando una gran bocanada de humo, mientras vemos en contraste a los casi insignificantes personajes aproximarse al comienzo de su misión. Los cineastas dejan en evidencia la enorme brecha entre los guías Tlaxcaltecas y los soldados españoles, los enviados del conquistador solo ven una montaña y una misión a conquistar, mientras los nativos ven a un ser mítico, al que se le respeta y se le ofrece tributo. Los primeros confían en que su dios los cuidará en la misión, mientras los últimos ofrecen plegarias al gran volcán para que sea condescendiente con los invasores. Dicha secuencia rodada en náhuatl y castellano, aunada a la enorme diferencia de la carga y la vestimenta, refuerza la idea de la polaridad de los personajes, no solo de sus bagajes culturales, sino de sus ideales e intenciones.

Los tres soldados bajo el mando del capitán Diego de Ordoñez comienzan su andar entre hierbas y pastizales, por el camino recomendado por los nativos, circunvalando la ladera del volcán, se sienten firmes, bien parados, seguros e integrados. El paisaje no tarda entonces en cambiar, y el gran volcán haciéndose presente ante ellos, deja ver algunos rasgos de hostilidad en su terreno pedregoso, no solo la vegetación casi ha desaparecido, sino que la vida en general se vuelve escasa aquí, hay un entorno que no comparte, un espacio que no es solo tierra y viento, el volcán es un ser celoso y poco a poco se deja conocer.

Sin duda, el gran protagonista del filme es el Popocatépetl, que se manifiesta presente como una forma de espacio vibrante, con un lenguaje articulado por el viento, la niebla, la nieve y su impenetrable roca. Su voz es clara y manifiesta siempre el rechazo a los irrespetuosos exploradores, el gran Popo cierra sus caminos con paredes inmensas y recovecos que solo llevan a murallas más altas y más sólidas. Pero la escasa devoción de los españoles por lo divino en su terreno les impide sentir ese espacio vivo que los rodea, no pueden escucharlo y así, en la fogata de la primera noche, piensan solo en el éxito que traerá la misión, el reconocimiento que obtendrán, entre las paredes del volcán que los escucha, ellos piensan en algo tan banal y efímero como bautizar el camino que aún no recorren, con el nombre del capitán.

El volcán despierta a los soldados con una sarcástica esperanza, el agua prístina que desciende entre las rocas por el deshielo reaviva la engreída fortaleza de los caminantes, pero desconocen que aquello que han bebido no es otra cosa que el líquido vital del ser que vive y que late bajo sus pies, y que solo espera llevarlos hasta sus entrañas para someterlos a la más dura de las confrontaciones, la de sus propias mentes. Así, los exploradores se van mermando conforme el escenario se endurece, la primera prueba es la física, el cansancio aunado al congelamiento de los pies, deteriora el paso y la marcha se entorpece, aparecen las primeras muestras de la derrota, mientras la nueva cara del volcán observa con sus relucientes laderas nevadas. El viento les quiere comunicar que están a prueba, que el Popocatépetl solicita respeto y veneración, pero el agotamiento y el mal de montaña apagan los sentidos, mientras el espíritu de la misión se tambalea dentro del cuerpo que se congela.

La cámara fija juega siempre en favor del volcán, con una mirada estable deja que los cansados caminantes atraviesen los planos llenos de la presencia del Popo, los escasos travellings son suficientes para evocar la inmensa magnificencia de las paredes y las pendientes. Las secuencias están siempre salpicadas con escenas donde no hay humanos en el plano, solo la naturaleza que está siempre activa, en movimiento, invocando la vida que allí anida y la inagotable energía que fluye. Es innegable pues, que el volcán, el espacio por donde los exploradores transitan, es ese ser al que los Tlaxcaltecas veneran.


Así, en medio de la desolada belleza del espacio místico que rodea a los exploradores, el volcán consigue a su primera víctima. Inmersos en una densa niebla y con una visión cada vez  más cerrada, un soldado se desmorona frente a la visión de su propia pequeñez ante el majestuoso volcán y pone en duda no solo la misión de los exploradores, sino su propio papel en la conquista. Sus compañeros persisten, avanzan,  superan la prueba física, pero el grito del gran Popo les avisa, con el movimiento bajo sus pies, que están siendo observados, que la prueba sigue y que deberán ganarse el poder seguir.

El volcán toma por asalto a la razón, en una secuencia de campo y contracampo, la siguiente víctima ve cómo la realidad se desdibuja frente a sus ojos y cómo la mente y el espíritu son absorbidos por el gran Popocatépetl, el capitán aparece en esta escena con perforaciones en las orejas y sangre escurriendo, a lo que le siguen dos planos que muestran en actividad a la neblina, el espíritu de la montaña, que absorbe en espirales la integridad emocional de los exploradores, los sentidos ahora mostrarán al soldado lo que el volcán quiere que sienta para quebrarlo. La prueba psicológica ha sido la derrota para el segundo español, su entereza se escapa en caída libre, así como se ve rodar su casco por la ladera, en descenso rápido y sin control, en una serie de planos paralelos, mientras su dueño prácticamente se arrastra para seguir adelante. No sabemos qué caerá primero, si el casco hasta el fondo o el soldado en la nieve. Hasta que, finalmente, en su caída libre, el casco alcanza al soldado rezagado, en una muestra de que lo ha alcanzado en su derrota.  Aunque sus cuerpos sigan andando, ahora sabemos que ya hay dos almas nuevas que se integran al espíritu de la montaña.

En las secuencias finales, el volcán se muestra en su totalidad, por fin permite a los exploradores observar su naturaleza última, la pureza de su piel en la textura transparente de su nieve, el aliento frío y denso en la niebla que aplasta a don Diego de Ordaz, su voz en los rugidos de la roca que se desplaza bajo sus debilitados cuerpos. La abrumadora presencia del Popo despierta finalmente al espíritu del conquistador, quien entrega su armadura mientras recita un monólogo que transita desde la explicación religiosa de la creación, hasta la divinidad del mandato de la corona de España a través del gran Cortés. El soldado no se vence ni se doblega, pero se abre, reconoce su papel, finalmente respeta como igual al volcán y, evocando a sus autoridades divinas para justificar su presencia, consigue el diálogo con la naturaleza mística de la tierra extranjera, no es vencedor, pero tampoco ha sido vencido, manifiesta a quien representa y consigue así el respeto del espíritu de las entrañas de la tierra.

Epitafio es una película que pone sobre la mesa el poder psicológico del encierro y la sensación de estar indefenso ante un espacio casi infinito en amplitud, pero que con una casi maliciosa voluntad se desploma sobre los protagonistas. En cada plano destaca la belleza de la naturaleza capturada en una casi monocromática paleta, que retrata con enorme sensibilidad el escenario de cada una de las caras que va mostrando el gran volcán. Justo esa envolvente naturaleza en colores fríos contrasta con el deteriorado tono obscuro de los cada vez más deteriorados conquistadores. La profundidad de campo en cada plano juega justamente con esa percepción de encierro, los españoles están siempre encuadrados en un vasto escenario de fondo, ilimitado en sus desdibujados detalles, pero activo y presente en cada secuencia.

La estructura histórica del guion le aporta la fortaleza y congruencia suficientes para permitir que emerjan todas las condiciones de adversidad física y mental que resultan del encierro, pero en un ambiente de casi sobrenatural sobrecogimiento ante los embates de un enemigo invisible, que por momentos toma la forma de un volcán, pero que resulta encontrarse en el interior de cada uno de ellos. El resultado de la lucha de poderes consigue empatar ideales, dejando detrás la ideología, la armadura y la cruz, para así hablarse, de igual a igual, con la naturaleza mística, y conseguir finalmente liberarse del encierro.

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