Críticas

¿Podemos seguir viajando?

El mal no existe

Otros títulos: Evil Does Not Exist.

Aku Wa Sonzai Shinai. Ryûsuke Hamaguchi. Japón, 2023.

ElmalnoexisteCartelDrive My Car (Doraibu mai kâ), el penúltimo largometraje del director japonés Ryûsuke Hamaguchi, se trataba de un excepcional drama que reunía todas las características para convertirse en obra de culto. Premiada en numerosos países y festivales, se centra en el montaje de Tío Vania de Chéjov por parte de un director teatral que acaba de perder a su mujer. En esta ocasión, Hamaguchi nos sorprende con una película que, a pesar de no llegar a las cotas de grandeza de la anterior, se contempla con delicia y contiene elevadas dosis de hermosura, intriga, desconcierto y ante todo, amor por la naturaleza. El protagonista de El mal no existe, Takumi, nos recuerda inevitablemente al de Dersu Uzala (el cazador) de Akira Kurosawa (1975), aquel nativo del Lejano Oriente ruso que sabía convivir en plena armonía con su entorno, siempre atento y respetuoso al ciclo de las estaciones. 

El filme se inicia en contrapicado extremo, prácticamente un plano nadir, que evoluciona sosegadamente, en forma de trávelin, entre la espesura de las copas de los árboles. Se acompaña de una música asonante con sección de cuerdas y disruptiva, para introducirnos en el misterio y la belleza de un paraíso casi virgen al que, al parecer, le quedan cuatro días. Se planea la construcción de un “glamping” en breve. ¿Y qué significa dicha palabreja? Pues parece que describe a un camping con glamur.  En fin, entre parques temáticos y museos de escaso interés no saben cómo entretenernos. Asistimos al desarrollo de un turismo de masas, del marketing de los viajes, de la “dysneylandización” de la cultura, como diría Sylvie Brunel. Los turistas, al acecho de viajes verdaderos y fuera de circuitos estereotipados, quieren moverse de manera distinta a la turba. Los viajes únicos al encuentro de la autenticidad, la búsqueda colectiva de medios naturales puros y preservados, paradójicamente, conducen a los proveedores de esta industria a la fabricación de universos paralelos, prefabricados, burbujas turísticas asépticas que consagran la victoria de la artificialidad dominada por el valor del espectáculo. Baudrillard lo denomina como “alucinación estética de la realidad». 

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Volviendo a la película, hay que tener en cuenta que forma parte de un díptico del mismo director con otra obra denominada Gift (2023), de imágenes mudas concentradas de la primera. Takumi, nuestro protagonista, es un hombre de aspecto rudo. Tras la escena inicial citada, que se prolonga durante unos minutos, y después de una breve aparición de su hija de ocho años contemplando los árboles, lo vemos cortando con precisión leña a las puertas de su cabaña. Parece un ser solitario y satisfecho en su entorno. Por la visión en el campo cinematográfico de una fotografía intuimos que su mujer murió no hace demasiado tiempo. Takumi se califica a sí mismo como “el manitas del lugar”. Estamos en una comunidad pequeña fuertemente conectada a su hábitat, de gran riqueza y valor medioambiental. Se convive pacíficamente con los ciervos, unos animales que jamás atacan excepto si están heridos. A la niña le gusta, al salir del colegio, deambular por el bosque y aprovecha para recoger plumas de ganso que un vecino utiliza para tocar instrumentos musicales. La primera parte del filme se desarrolla con una cámara muy estática y con la acción produciéndose dentro del campo.

El panorama cambia con una convocatoria de asamblea de vecinos para ser informados del proyecto de “campamento con encanto” por parte de su promotora. La reunión se filma con rigor, desde la pasividad de comportamientos (no de todos) hasta que afloran suavemente y de manera pasional sentimientos y emociones contenidas. Y ya saben, cuando les propongan iniciativas que no están dispuestos a cumplir, basta con contestar que gracias por las sugerencias, que se tomarán en cuenta. Entramos así en el arduo asunto de la avaricia capitalista, devoradora infinita de nuestro universo. Por desgracia, coincidimos con Max Weber en que el deseo de poseer bienes y riqueza no tiene tinte ideológico. Son tendencias que se encuentran por igual en médicos, camareros, conductores, artistas, funcionarios, religiosos, abogados, soldados, monarcas… En toda época, lugar y circunstancia resulta imposible luchar frente a las propensiones y egoísmo de la naturaleza humana. Pero nuestro ecosistema ya ha agotado su tiempo mientras éramos incapaces de localizar el justo punto medio del que hablaba Aristóteles. Igualmente, se bordea el trayecto opaco e incomprensible, en muchos casos, de las subvenciones públicas, tanto de aquellas que llegan a los lugares que no deberían como las que se pierden por el camino.

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El largometraje da un giro brusco y desde una vida sencilla, que no simple, viajamos a la gran urbe, a Tokio. La industrialización, el ruido, el tráfico, la densidad de población,  la edificación sin límites y la tecnología apabullan. Una ácida escena, muy directa, sin rodeos, filmando una reunión virtual, nos pondrá a todas y a todos en nuestro lugar, si es que ya no lo sospechábamos. Como buena película de Hamaguchi, tampoco faltan escenas con cámara situada en el interior de los vehículos, aquellos medios que además de transportarnos nos sirven también de confesionarios. Como muestra, sirva la cámara que se instala enfocando la ventanilla trasera en los desplazamientos entre padre e hija, un punto de vista utilizado por directores tan dispares como Clint Eastwood o Manoel de Oliveira. Y sin transición, volvemos a esos espacios naturales, salvajes y grandiosos, con sus abundantes aguas diáfanas y armónico discurrir. Pero se oyen disparos a lo lejos, fosas sépticas acechan y basuras y contaminaciones ya se divisan. Somos así. Anhelamos lo nuevo y nos cansamos rápidamente de lo que tenemos. La abundancia, en lugar de calmarnos, nos vuelca a la búsqueda de experiencias nuevas y estimulantes en la huída de nuestro aburrimiento existencial. El “quiero más”, la voracidad ciega, sentencia.

El filme se erige como denuncia social. Pero también conduce a la reflexión pausada permitiendo espacios abiertos para la duda. En definitiva, todos somos colonos de lo que consideramos como tierra propia y el realizador japonés deja abierta la puerta para el diálogo y el intento de comprensión mutua. Y volvemos al título del largometraje: ¿el mal existe? Es probable que en nuestro cretinismo y necedad ni siquiera seamos conscientes de las consecuencias de nuestros comportamientos, cegados por la búsqueda instantánea del placer. Nuestra relación con la naturaleza como seres humanos siempre ha estado contemplada en términos de dominación, de sacar el máximo provecho del entorno. Al contrario que Takumi y Dersú Uzalá, no nos conformamos con ser uno más del ciclo de la vida y aspiramos a manejarlo en su totalidad a nuestro antojo en aquello que consideramos nuestro beneficio, en ese afán de dominio que es la gran amenaza para nuestra especie. Todo el veneno que vertimos en el aire, en la tierra, en el agua, acabará siempre volviendo a nuestros cuerpos para quedarse. Moriremos de nuestro propio éxito.  

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El mal no existe cuenta con un final enigmático, abierto a diferentes interpretaciones. ¿Realismo mágico? ¿Ensoñaciones? ¿Naturalismo sin concesiones? En cualquier caso, resulta inesperado y desgarrador. Particularmente, creemos que se han lanzado demasiados indicios a lo largo de la obra en su firme estructura  para inclinarnos por el tercero de los interrogantes. Y acabamos con las mismas imágenes que al inicio, con el mismo trávelin. Pero ahora la luna está al fondo. Ha oscurecido. Tiempos sombríos acechan. No tardarán. Las premoniciones no engañan.

Ojalá esta hermosa película sirva para hacer tambalear nuestros voraces deseos en próximas vacaciones. Costas e interior, montañas o valles, todo transformado en centros comerciales al aire libre. Hormigón multiplicado para ocupantes ocasionales de piel bronceada rugiendo sus motores en el inmenso y silencioso océano o seres precipitándose por pendientes con nieve cada vez más artificial. ¿Por qué no abandonar la identificación  de estar de vacaciones con el de irse de vacaciones? ¿Es necesario seguir viajando? ¿Podemos seguir viajando?

Tráiler:

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Ficha técnica:

El mal no existe  / Evil Does Not Exist (Aku Wa Sonzai Shinai),  Japón, 2023.

Dirección: Ryûsuke Hamaguchi
Duración: 106 minutos
Guion: Ryûsuke Hamaguchi
Producción: Neopa Co, Fictive
Fotografía: Yoshio Kitagawa
Música: Eiko Ishibashi
Reparto: Hitoshi Omika, Ryô Nishikawa, Ryûji Kosaka, Ayaka Shibutani, Hazuki Kikuchi, Hiroyuki Miura, Yoshinori Miyata, Taijirô Tamura, Yûto Torii

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