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Val Lewton

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En una entrevista ofrecida para la revista Cahiers du Cinéma en el año 1966, el genial realizador Jacques Tourneur hizo una referencia al carácter idealista y ensoñador del legendario productor norteamericano Val Lewton, cualidades que contrastaban con el temple pragmático y el humor sardónico del cineasta francés radicado en Hollywood, pero que derivaron en una notable complementariedad cuyos logros pueden apreciarse hasta nuestros días. La mención de Tourneur hacia la figura del emblemático productor de la RKO permite equiparar la figura de ambos autores a la de Platón y Aristóteles en el célebre cuadro de Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, donde los dos filósofos, ubicados en el centro de la composición de la obra, señalan hacia puntos opuestos, el cielo y la tierra respectivamente. Ambos supieron conformar una sociedad creativa que dio luz (y sombra) a tres películas fascinantes: La mujer pantera (1942), Yo caminé con un zombie (1943) y El hombre leopardo (1943). Tres obras gestadas desde (y hacia) la oscuridad, con presupuestos ínfimos, plazos cruelmente acotados (un mes de distancia entre el final de Yo caminé… y el comienzo de El hombre leopardo), filmadas con las sobras de otras producciones de “mayor” categoría realizadas por la RKO, que venía de mutilar Soberbia / El Cuarto Mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942), la película de Orson Welles. Como el entrenador de fútbol que recibe el encargo de asegurar la permanencia en primera división de un modesto equipo a poco del cierre de los comprometidos promedios de la temporada, Val Lewton aceptó, a comienzos de la década del cuarenta, el desafío de llevar a cabo una serie de producciones de bajísimo presupuesto que pudieran rivalizar y opacar el auge de las realizaciones de terror de Universal, a las que según el mismo Lewton, les sobraba dinero pero no imaginación. Como bien señala Martin Scorsese en un excelente documental realizado por el crítico norteamericano Kent Jones, llamado Val Lewton. El hombre entre las sombras (2007), el taciturno productor no pareció pensar nunca en la posteridad, pero la posteridad tuvo otros planes para él.

hombre-leopardoVladimir Ivanovich Leventon había nacido en la Rusia Imperial a comienzos del siglo XX y emigró a los Estados Unidos junto a su madre y hermana cuando contaba solo cinco años de edad. Creció en un entorno mayoritariamente femenino, un detalle que reflejaría en varias de sus producciones posteriores, con predominio casi absoluto de mujeres en los roles protagónicos. Su condición de inmigrante también encontraría un espacio significativo en sus ficciones, en forma de un pasado oculto que los protagonistas siempre pretenden esconder de los demás (como en el caso de la sufrida Irena, de La mujer pantera, emigrante serbia en suelo norteamericano que arrastra con una vieja maldición a cuestas que puede llegar a convertirla en una feroz pantera).

Lewton venía de una discreta incursión en el mundo de la literatura, donde supo coquetear con la efervescencia ninguneada del pulp, en la que llegó a obtener algún éxito esporádico. Pero, al no poder sostenerlo en ediciones posteriores, el joven Lewton pasó a convertirse en el colaborador y asistente del todopoderoso David O. Selznick, una figura de la que no heredaría casi nada de su carácter mutilador y autoritario. Trabajando para las unidades de exteriores de una adaptación que Selznick realizó sobre Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, Lewton conoció y entabló amistad con Jacques Tourneur, que para ese entonces lidiaba con el lastre de ser el hijo del prestigioso cineasta francés Maurice Tourneur. Mientras supervisaba los guiones que Selznick recibía a diario, Lewton fue incrementando su afán detallista y desasnándose sobre algunos de los secretos del oficio, pero siempre al servicio del talento ajeno. De hecho, se considera que algunas de las escenas más imponentes de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) son de su autoría como guionista. Sus propias ambiciones, caracterizadas por un enfoque multidisciplinario que involucraba los más variados intereses artísticos, no se verían satisfechas hasta recibir la propuesta de trabajo de la RKO por la que pasaría a ser recordado. Con el permiso de Selznick, Val Lewton aceptó el nuevo desafío, conformando un auténtico dream team de colaboradores, entre los que se encontraban el formidable Tourneur, el director de fotografía Nicolas Musuraca, el guionista DeWitt Bodeen y el musicalizador Roy Webb.

mujer-panteraEl esplendor de este ciclo se inició con la extraordinaria La mujer pantera, cumbre del cine de terror que supo ser evocada por Manuel Puig al comienzo de su novela El beso de la mujer araña, y que también deslumbró a los fundacionales críticos norteamericanos James Agee y Manny Farber. En esta primera película se manifiestan varios de los hallazgos formales y temáticos que una posterior revisión de la obra de Val Lewton permitirían distinguir como frutos amargos de la visión melancólica y poética del productor, y que posibilitaron la trascendencia alcanzada por su figura, que se consagró como la de un verdadero autor. Lewton logró envolver en la atmósfera siempre inquietante de sus filmes elementos propios del mundo infantil, conjugados con la complejidad del universo adulto, incluyendo en sus argumentos alusiones laterales a la esclavitud, la represión sexual, los conflictos familiares, la inmigración o el ocultismo. Todo esto a través de películas de una factura técnica impecable, lograda con una notable economía de recursos, sacando provecho de la destreza artesanal de sus realizadores (muy especialmente de Tourneur, pero también de los eficientes aunque menos talentosos Robert Wise y Mark Robson) y del extraordinario D.F. Musuraca (el trabajo de cámara e iluminación de La mujer pantera debe ser uno de los más expresivos de todos los tiempos). Un ejemplo emblemático de esta alquimia entre forma y contenido puede verse en la escena de la piscina, donde Alice (Jane Randolph) es amenazada por la presencia felina de Irena (Simone Simon), en la que Tourneur decide omitir la presencia de la pantera valiéndose solo del empleo del sonido, sin musicalización, y con los juegos de luces que refleja el agua de la pileta en las paredes del lugar. Tourneur siempre sintió predilección por escatimar información al espectador, a menudo eludiendo la representación de aquello que generaba el horror, un detalle hacia el que Lewton, en sincronismo con la sensibilidad del director, siempre supo mostrarse respetuoso. Respeto que no supieron demostrar los productores de La noche del demonio, posterior incursión del cineasta francés dentro del género fantástico, ya sin Lewton como productor, donde lo obligaron a incluir un plano que hacía explícita la aparición del monstruo principal de la película (la cual, de todos modos, conserva su excelencia gracias a la eficacia del realizador). Con la misma sabiduría formal se procede en la construcción del suspenso en las escenas de La mujer pantera donde Alice camina en soledad durante la noche y percibe la cercanía de Irena siguiéndole los pasos. Como sostuvo el crítico Manny Farber, en estas escenas el ojo de la cámara alcanza un estado de comunión entre la escenografía y la mente de sus personajes. La mujer pantera fue un enorme éxito de recaudación que incrementó notablemente sus reducidos costos de producción y que facilitaron a Lewton la aceptación de proyectos posteriores que debió realizar en tiempos insólitos. Estas condiciones atenuantes no le impidieron que concediera un margen de libertad enorme a sus directores, virtudes poco habituales en la figura de un productor.

Lewton volcó varias de sus vivencias y supersticiones de la infancia en los guiones de estas realizaciones, con especial énfasis en La maldición de la mujer pantera, secuela del film de Tourneur, dirigida por Robert Wise y Gunther von Fritsch. Es la única de sus películas protagonizada por una niña, cuyas evasiones fantásticas y sus dificultades para relacionarse con sus compañeros de escuela generan la preocupación de sus padres, sobrevivientes a la furia y los celos de Irena, quien reaparece como la amiga imaginaria de la pequeña protagonista. Los elementos mágicos de los que hace uso Lewton para representar el mundo infantil y los miedos de su protagonista son ejecutados con maestría, trastocando un psicodrama familiar navideño en un angustiante relato fantástico con atmósfera de cuento de hadas (hay alusiones a la leyenda del jinete sin cabeza que se integran con total fluidez y pertinencia a la trama).

yo-camine-con-un-zombieYo caminé con un zombie es un prodigio de la forma donde la poética de Lewton se enriquece exponencialmente y alcanza su forma más pura. La introducción de lo exótico y el vudú en un relato que involucra un triángulo amoroso entre dos hermanos y una mujer postrada le posibilita desplegar algunos elementos del melodrama, referencias a la esclavitud, la confrontación entre la ciencia y el pensamiento mágico, e incluso hasta menciones sobre la eutanasia. Lewton consideraba que los argumentos de sus producciones debían funcionar en dos niveles: como cuentos de horror o fantasía en primera instancia, pero también como dramas despojados del componente fantástico. Enfatizaba el hecho de que sus personajes fueran arquetipos reconocibles de la clase trabajadora y que se los viera llevando a cabo sus labores. Yo caminé… se sitúa en la isla caribeña de San Sebastián, en las Antillas. Betsy (Francis Dee) es una enfermera canadiense que recibe el encargo de cuidar a Jessica, la esposa de Paul Holland (Tom Conway), el elegante y taciturno dueño de una plantación de azúcar. Su mujer se encuentra postrada por una grave lesión en la médula espinal, pero Betsy descubre que por las noches la paciente deambula erráticamente por la casa como una sonámbula. Su fantasmagórico estado guarda alguna relación con ritos zombis realizados en lugares recónditos de la isla. Al poco tiempo de su llegada, Betsy conoce a Wesley (James Ellison), hermanastro de Paul, de quien descubre que mantuvo un romance en el pasado con la enferma. Los conflictos internos de la familia Holland, que introdujeron a los esclavos negros en la entonces deshabitada isla, no tardan en revelarse como la semilla del mal en un territorio que se presenta como fascinante para los canadienses ojos de Betsy, pero que parece esconder demasiados secretos, todos ellos concentrados simbólicamente en el mascarón de proa con San Sebastián atravesado por las flechas que se halla en el jardín de la casa de los Holland. La cumbre formal del cine de Lewton se encuentra en la fascinante escena donde Betsy se interna con Jessica en plena noche dentro de los cañaverales de azúcar y se topan con el guardián zombi Carrefour, una de las presencias cinematográficas más espeluznantes de las que se tenga memoria. La escena concluye en un ritual vudú protagonizado por los nativos del lugar, al que Betsy acude para encontrar alguna cura que permita sacar a Jessica de su estado de trance, un desplazamiento efectuado desde la racionalidad hacia el terreno del pensamiento mágico que es el equivalente formal al realizado por Betsy al intercambiar las gélidas tierras canadienses por el salvaje entorno caribeño. Tourneur vuelve a hacer gala de su virtuosismo artesanal para escenificar el rito vudú apostando al magistral clima fantasmagórico y al uso del sonido.

cat-peopleLa inmersión en la oscuridad es un fetiche audiovisual frecuente en las producciones de Lewton, una clara representación de las angustias de un autor que, más allá de sus sobradas muestras de talento, debió afrontar las vicisitudes de un negocio despiadado para el que no pareció estar preparado y que lo terminó consumiendo en vida. El declive de Lewton empezó a manifestarse en la designación por parte de la RKO del actor Boris Karloff como figura de varias de sus producciones, una decisión a la que el productor se sobrepuso con bastante entereza en El barco fantasma, La Isla de los Muertos y Bedlam. Lewton consideraba que Karloff era demasiado “rígido” para sus preferencias de registro actoral. Como contrapartida, el actor británico no desperdiciaba oportunidad para demostrar el enorme aprecio y la gratitud que sentía hacia el productor, a quien consideraba como el salvador de su carrera tras sacarlo del encasillamiento en el que había quedado cautivo con sus interpretaciones de Frankenstein en los films de Universal. Pero las verdaderas complicaciones de Lewton comenzaron con la promoción de su aliado Tourneur a las filas del cine clase A, donde el notable realizador siguió demostrando que su talento como director permanecía intacto, evidencia plasmada en esa quintaesencia del noir llamada Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), y siguieron con el fallecimiento del jefe de estudios Charles Koerner, protector artístico de Lewton durante sus primeros años de estadía en la RKO. Lewton quedó desplazado de los intereses de los nuevos ejecutivos del estudio, por lo cual empezó un errático recorrido por la MGM, la Paramount y Universal, donde llevó a cabo su única incursión en película color, el western Apache Drums (1951), dirigido por el enorme realizador argentino Hugo Fregonese. Pero a partir de allí sería todo cuesta abajo. Lewton no logró dar forma a ninguno de los proyectos que anhelaba, así como también se vieron frustrados sus intentos por fundar una compañía cinematográfica independiente tras el espaldarazo que le propinaron sus antiguos colaboradores, Mark Robson y Robert Wise.

Cuenta la trivia de IMDb que Val Lewton sufría de ailurofobia, un temor muy pronunciado hacia los gatos, y que en una oportunidad estuvo a punto de ahogarse en una pileta al sentirse observado por varios felinos a su alrededor. En una muestra de cuán dispuesto parecía mostrarse el productor a sumergirse y bucear en sus propios miedos, Lewton creó uno de las mejores exponentes del cine de terror de todos los tiempos, La mujer pantera. Pero no todos sus temores fueron igual de afrontables. Lewton no pudo con las exigencias del sistema de estudios de Hollywood, que lo terminó asfixiando y relegando para siempre.

Val Lewton murió de un paro cardiaco el 14 de marzo de 1951. Tenía cuarenta y seis años de edad.

Nota: Mucha de la información sobre la vida y obra de Val Lewton se extrajo del documental Val Lewton – The Man In The Shadows dirigido por Kent Jones y producido por Martin Scorsese, que se exhibió en la edición del BAFICI del año 2008. El mismo puede verse completo en You Tube con subtitulado en español (en algunos países la visión está bloqueada por razones referidas a derechos de autor):

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