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The Kid – Entre ángeles y demonios

Hay una escena en The Kid que no parece formar parte de la totalidad, en lo que se refiere a la estructura y a la condición de elemento unitario de la película; en ella, el personaje de Chaplin, desesperado y cansado, duerme y sueña con un mundo completamente diferente, compuesto solo por personas que, con sus alas de ángeles, representarían lo más puro que se esconde dentro de cada uno de nosotros. Sin embargo, una lectura de este tipo podría revelarse un malentendido o, por lo menos, esconder algo más complejo y aparentemente menos claro.

De hecho, la estructura que se nos presenta sigue unas pautas bastante sencillas. El mundo que se nos muestra es el resultado de un sueño por parte de un personaje (Charlot), que vive una situación de figura externa a la sociedad; lo que se supone que se desarrolla ante nuestros ojos, entonces, sería la concreción de los deseos más profundos de nuestro personaje, la aparición de una utopía que se sitúa en un nivel de felicidad eterna. La elección de hacer que todos lleven alas, por ejemplo, abre un discurso de carácter religioso, cuya importancia es solo (así piensa quien escribe) metafórica: las personas son ángeles, porque dentro de ellos se encuentra aquella chispa divina que, sin ir hacia lo trascendente, se manifiesta a través del amor por el prójimo. Todos se aman, porque el hombre tiene esta capacidad, no porque le es concedida por una transformación externa, una especie de epifanía de carácter místico.

La presencia de los diablos nos enseñaría que este universo positivo no está exento de problemáticas: los ciudadanos de nuestro barrio onírico pueden verse condicionados por causas externas contra las que sería imposible luchar. De hecho, no vemos un comportamiento de conflicto interior por parte de la chica, de Charlot y del novio una vez que se acercan a ellos los seres cornudos: su actitud es de una pasividad completa que se transforma en una acción de maldad ética y moral. Parece que es imposible rechazar aquellas sugerencias (¿las ofrendas?) negativas. El resultado de un discurso de este tipo sería quitarle a los personajes su componente de agentes en el curso de la historia que el director nos viene contando.

La presencia del mal sería causada por un elemento externo y, por esta razón, heterogéneo en relación con el mundo en el que viven los ángeles. Lo negativa que la situación se presenta sería la demostración de la debilidad de los seres humanos: no es exactamente nuestra la culpa el hecho de llevar a cabo una acción mala, sino que, en tanto seres no perfectos, es posible que caigamos en las manos de una serie de elementos que nos empujan, sin que nos demos cuenta, a ser ética y moralmente negativos. El concepto que nos interesa, si seguimos este pensamiento, no es solo el de pasividad, sino de inocencia.

Los ángeles que nos enseña Chaplin son tan inocentes antes de la llegada de los diablos como después de que estos hayan llevado a cabo su objetivo. Dicho de otra manera, no estamos en una situación en la que podemos ver clara y rotundamente un proceso de tentación bíblica, ya que no hay ningún tipo de resistencia ante las palabras susurradas al oído. Si bien los hechos son negativos, no por esto podemos juzgar como totalmente culpables a los tres protagonistas; se preserva así la inocencia global, lo cual nos lleva a tener que reconsiderar el significado del título de la película. Efectivamente, los ángeles del sueño se comportan como si fueran niños, y por esta razón, debido a unas estructuras típicas de nuestra sociedad, no podemos sino considerarlos inocentes aún ante sus acciones negativas, ya que ellos, como los niños, no saben exactamente lo que hacen.

La primera consideración a la que nos lleva esta lectura sería la de pensar que el problema del ser humano no se sitúa en una teórica condición de pecado original, o sea que nacemos malvados (el concepto de homo homini lupus sería entonces una obviedad), sino en nuestra incapacidad de defendernos del mundo que nos rodea y que, por culpas ajenas, nos empuja a que actuemos haciéndole daño al prójimo (y este prójimo puede hacernos daños a nosotros o a otra persona, creando una serie de eventos que ponen en peligro nuestra sociedad). Sin embargo, una consideración de este tipo podría parecer demasiado simplista: la inocencia de los ángeles, nos enseña Chaplin, tiene de por sí un carácter negativo o, por lo menos, perjudicial.

Tenemos que ponernos ante esta escena exactamente a través de nuestros ojos de espectadores. Si los diablos no entraran en la escena, ¿cuál sería el resultado? El aburrimiento total de una vida perfecta, en la que todos se aman, nos llevaría a levantarnos de nuestra butaca y dejar la sala para buscar algo capaz de entretenernos. Este es exactamente el juego al que Chaplin nos está pidiendo que prestemos atención: es el mal lo que hace que el cuento siga, y sin este mal, el resultado final (sea este positivo o negativo) no tendría razón de ser. Nótese que este concepto no sería una simple lectura de nuestra vida, sino del arte mismo de contar y de entretener: en un mundo perfecto, así parece estar subrayando Chaplin, los cuentos no tendrían mucho que decirnos, ya que se repetirían las mismas pautas hasta llegar a una saciedad nauseabunda.

Nosotros, los espectadores, queremos (hasta exigimos) que el mal tenga lugar en el desarrollo de la historia, un mal que puede ser de carácter universal o tan solo local. Lo importante es que algo pase para que podamos disfrutar de aquellas peripecias que nos permiten tener una mayor conciencia pasiva (yo espectador, me doy cuenta de que me divierto, pero no llego a analizar este elemento) del acto de “pasar un buen rato”. Si no existiera ningún tipo de problemática, si la inocencia fuera tal que envolviera cada aspecto del producto que se nos levanta ante los ojos, lo que llegaríamos a sentir sería un aburrimiento total.

El paraíso que nos cuentan las religiones, efectivamente, sería una serie infinita de días iguales, en los que nada puede cambiar, ya que todo estaría en su máximo grado de perfección. Un ejemplo que nos podría ayudar a entender este aspecto es un juego mental que podemos hacer, usando como modelo el mismo The Kid: en la perfección requerida de un universo completamente regido por el bien, los primeros minutos de esta película se resolverían con una madre rica, que logra seguir viviendo con su hijo, y con un Charlot que, además de no tropezarse con ellos, estaría viviendo no en la calle, sino en su casa, quizás leyendo un novela (aburridísima) o pasando las horas en el acto de mirar el cielo y su perfección. Nada que nos interesaría en tanto público, por supuesto.

No nos gustan las utopías, entonces, ya que desde un punto de vista narrativo resultan, en su mayoría, inútiles, por lo menos si de cine hablamos. Sin la presencia de una serpiente en nuestro Edén, no podríamos entablar aquel tipo de discurso narrativo que se rige sobre la contraposición de lo que es (negativo) y lo que tendría que ser (positivo), con nuestros héroes luchando para que gane el bien; que lo logren o no, esto no es así importante en el desarrollo del cuento, pero sí en lo que se refiere a la sensación final a la que nos vemos sometidos.

¿Quiénes serían, entonces, estos diablos a los que mucho debemos en el sentido de hacer que disfrutemos de una obra de este tipo? Son lo que no queremos que exista, pero que sí tiene que existir, el mal necesario para que algo se mueva, se desarrolle y siga caminando hacia el final, logrando atrapar la curiosidad del público. El paraíso que Chaplin nos muestra, entonces, se parece más al final que está a punto de llegar, aquel happy ending necesario para que nuestros ojos lloren de felicidad. Pero es también un paraíso en el que es necesaria la presencia del mal, o sea del elemento creador del artista que pone en peligro a sus protagonistas. Un juego, este, que se sitúa hacia el nivel del sadismo y que, como siempre, es la única manera de hacernos felices en tanto espectadores.

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