Libros: 

The City on the Edge of Forever

Título: The City on the Edge of Forever

Autor/es: Harlan Ellison

Editorial: White Wolf Publishing.

Año: 1996

La venganza es normalmente de dos tipos (por lo menos, para quien aquí escribe): la que tiene razón de ser por formar parte de un justo instinto de retribución, y la que solo nace en tanto elemento mecánico, una forma casi automática en la que se busca el hecho de solucionar un dilema que está entrelazado con la cuestión del honor. El primer tipo no quiere ningún tipo de violencia, siempre que sea posible, mientras que el segundo probablemente sí, y siempre el primero tiene que ver con la cuestión de justicia legal, mientras que el segundo con esta tiene poco que hacer. Lo que hace Ellison en las páginas de este libro, entonces, es armar una larga discusión monológica que se basa en la relación que pone de manifiesto el tríptico justicia-verdad-venganza, lo cual tiene un sentido casi de orden cosmólogico o más bien cosmogónico, ya que el esqueleto verbal que hace que se desarrolle la corporeidad de esta página es cómo se había ido creando el guión de The City on the Edge of Forever y después cómo había sido llevado a la pequeña pantalla, llegando a ser el episodio más amado por los trekkies y el más odiado (¿justamente?) por Ellison.

El guionista estadounidense nos permite así conocer la relación que se había instaurado con Gene Roddenberry y cómo había evolucionado, creando una ruptura cuya causa va más allá de las re-escripturas y de las re-elaboraciones que hicieron de su obra. Efectivamente, el resultado final poco tiene que ver con la idea original de Ellison, y resulta difícil (o hasta inmoral) pensar que el creador de Star Trek era inocente desde cualquier punto de vista se vea la situación. Si es verdad que lo que aquí leemos solo es la palabra de Ellison, es también verdad que en la parte final del libro, el Afterword, aparecen una serie de personajes ilustres que no desmienten por nada lo que él afirma, sino que nos ayudan a tener una visión más clara de toda la situación. Y la situación es mala, muy mala, una de aquellas que nos hacen pensar que el mundo y los seres humanos todo son menos que leales.

Entonces, ¿tiene razón, Ellison, en quererse vengar de un Roddenberry que ya había muerto? La respuesta puede ser más un ejercicio de gusto, de justificación semi-ética, ya que se insertaría en la relación que se instaura en el acto de hablar mal de los muertos (un acto que, en tanto sociedad, reputamos normalmente ser negativo). Sin embargo, Ellison no se había sustraído a demostrar que lo que Roddenberry decía eran cosas falsas cuando este último estaba vivo, y la finalidad del libro no es solo la de demostrar quién tenía razón en todas las mentiras que se habían ido amontonando en contra del escritor-guionista, sino que se le pide al público que juzgue él mismo si el guión original de verdad estaba así malo e imposible de rodar por haber sobrepasado el presupuesto máximo de un episodio. Y lo que nos queda, las palabras de Ellison en las bocas de Spock y Kirk, son una joya increíble, un pequeño tesoro que nos demuestra no solo lo que pasa detrás de las escenas a los guionistas, sino que a veces lo que pensamos ser algo magnífico (el episodio rodado) es mucho menos interesante de lo que hubiera podido ser.

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