MommyLa carrera de Xavier Dolan ha sido más que meteórica. Esta misma semana se hacía pública una carta que con solo ocho años escribió a su ídolo y referente de entonces. Un Leonardo DiCaprio que acababa de triunfar con Titanic (James Cameron, 1997) y al que pedía poder realizar algún casting. Seguro que entonces no se imaginaba que con tan solo 25 años conseguiría el Premio del Jurado dentro de la Sección Oficial del Festival de Cannes.

Xavier Dolan retoma con Mommy las relaciones entre madre e hijo, vínculo que representa en profunda crisis, de alguna manera marcada por la ruptura del núcleo familiar tras la ausencia del padre. Esta vez, Dolan ha dejado a un lado otro de sus temas principales sobre la homosexualidad y las relaciones amorosas para inspirarse en una historia real, centrada en la problemática de un joven que sufre un trastorno de hiperactividad (TDAH) que le impide controlar sus emociones, lo que le lleva a situaciones de violencia, tanto verbal como física, y le imposibilita mantener una relación normal con su madre. Ella, que siente un amor profundo por su hijo, no siempre actúa en consecuencia con su problema. No sabe encontrar el mejor modo de ayudarle. La incursión en sus vidas de una nueva vecina en el barrio, proporciona nuevas esperanzas de recuperación y aire fresco en sus vidas.

Moomy es, con diferencia, la película con más seña de identidad de la filmografía de Dolan, en la que más consciente se muestra de las posibilidades que le ofrece el medio cinematográfico y su iniciativa a explorarlo. Ha conseguido el equilibrio entre el estilo y el contenido. Dolan ha querido contar un drama familiar con escenas de gran tensión que se combinan, para rebajar la carga emotiva, con momentos musicales de estilo videoclipero que incluyen temas de Lana del Rey, Oasis, Sarah McLachlan o Dido. Una selección que da la impresión de ser antojadiza y que no va muy en sintonía con los sentimientos que representa, pero por esta especie de desincronización, existe un tono fresco muy liberador. La puesta en escena es dinámica y potente. Mommy es un film lleno de diálogos vertiginosos impulsados por la verborrea de la madre, que da lugar a momentos hilarantes. Dolan juega con el formato. Ha elegido un ratio 1:1 para acentuar el solipsismo, la imagen del “yo”. Esto es algo con lo que ya había experimentado en el video musical que realizó para Indochine, pero en esta ocasión, además, se atreve con un momento de optimismo que fue digno de aplausos, en el que lo revierte, alejando las bandas negras.

Poder ver Mommy dentro de la Sección Oficial significó una brisa de aire fresco. Un film que transmite la juventud de su director. Una juventud mental que, aunque de manera diferente, también comparte con Godard. Por eso, el Premio del Jurado, en realidad, ha sido muy consecuente y acertado al haber querido premiar las dos obras más jóvenes, atrevidas y contemporáneas de toda la competición.

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LA MIRADA DEL OTRO