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Valladolid: sesenta años de un festival

Libros: 

Seminci: una historia de cine (1956-2015)

Título: Seminci: una historia de cine (1956-2015)

Autor/es: César Combarros Peláez

Editorial: Semana Internacional de Cine de Valladolid.

Año: 2015

 

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Con ocasión de la sesenta edición del Festival de Valladolid, a celebrar en el mes de octubre de este año, durante los días 24 a 31, se ha publicado un libro de la propia edición del certamen, que hace un recorrido a lo largo de toda su historia, de la mano de su autor, César Combarros Peláez, colaborador de la Seminci en las últimas catorce ediciones, y editor de sus publicaciones hace más de una década. Tras una breve historia del festival, destacando año a año lo más significativo, tanto por su dirección, orientación, participación y por sus distinciones, hace en segundo lugar un interesante recorrido fotográfico, también anualmente, y termina, por último, recogiendo el palmarés de cada una de las ediciones, con identificación de jurados y reseña de premios especiales.

Es curioso recordar que hasta 1973, apenas un par de años antes de la desaparición del dictador, y a pesar de algunos cambios y cierta evolución en sus etiquetas, y desde luego de sus inquietudes, siempre se denominó como Semana de Cine Religioso, contando al principio con asesores eclesiásticos en el jurado. Sirva como ejemplo del contenido de las exhibiciones las películas españolas proyectadas en la primera edición, donde no se otorgaron premios: Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde, 1950; Cristo, de Margarita Alexandre y Rafael María Torrecilla, 1953; El Judas, de Ignacio F. Iquino, 1952; La guerra de Dios, de Rafael Gil, 1953; La mies es mucha, de Jose Luis Sáenz de Heredia, 1949; Una cruz en el infierno, de José María Glorieta, 1955. Incluso en el año 1959 , el ya existente jurado acordó “tributar un homenaje a la memoria de Cecil B. de Mille, por considerar Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956) como el máximo esfuerzo realizado hasta la fecha por difundir la palabra de Dios”. Tampoco faltaban en los años sesenta del pasado siglo premios otorgados por la Confederación Nacional de Padres de Familia, o por el SIPE (Servicio Informativo de Publicaciones y Espectáculos de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas).

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Dejando aparte el cariz religioso que marcó las primeras etapas de la historia de la Seminci, muy pronto se mostró la apuesta indudable de la Semana de Valladolid por un cine de autor, con búsqueda de valores humanos y sensibilidades sociales. Valga como ejemplo los primeros premios otorgados en su historia, en el año 1958 (los “Don Bosco”, como se denominaban entonces, de oro, plata y la mención especial). Recayeron en los films El que debe morir (Celui qui doit mourir), de Jules Dassin, 1957, Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria), de Federico Fellini, 1957, y Los jueves milagro, de Luis García Berlanga, 1958.

También repasando el palmarés, resulta evidente la búsqueda de la calidad desde sus inicios, lo que se muestra indudablemente, por ejemplo, en los premios principales del año 1960, otorgados a Ingmar Bergman por El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), y a François Truffaut por Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups), Francia, 1959 (denominados lábaros y espigas por aquellas fechas). Desde el principio, exhibieron en Valladolid sus nuevas obras autores como Robert Bresson, Vittorio de Sica, Carl Theodor Dreyer o Akira Kurosawa, sin olvidar a los ya citados Bergman o Fellini. Incluso pudo contar la semana de la ciudad castellana con el estreno de El Proceso (Le Procès), de Orson Welles en 1963, y la presentación en España de la obra del mismo director, Ciudadano Kane (Citizen Kane), en 1965, veinticuatro años después de su estreno americano. También se exhibió en Valladolid en 1976, por primera vez en el país, El gran dictador (The Great Dictator), la inolvidable película de Charles Chaplin, realizada treinta y seis años antes.

Con la llegada de la democracia, se introdujeron novedades, algunas esporádicas, como la sustitución del jurado internacional por la votación de los ganadores entre el público, o entre determinados espectadores favorecidos por un sorteo ante notario, o también la apertura hacia otras cinematografías como la japonesa, dedicándose en el año 1979 un ciclo retrospectivo al maestro Yasujirō Ozu.

fotograma2libroseminciEn 1984, con la dirección de Fernando Lara, que se prolongó durante veinte años, se consiguió incrementar el impacto mediático del certamen, cerrar una etapa de transición, y reestructurar la programación en una Sección Oficial, otra paralela, un apartado de cortometrajes, otro de Tiempo de Historia con documentales, además de ciclos con dedicaciones exclusivas, y otro apartado recogiendo a una Serie. Los ciclos dedicados a Mankiewicz, Ettore Scola, Louis Malle, Rafael Azcona o José Luis López Vázquez se van sucediendo, y en las siguientes citas anuales empiezan a triunfar directores como Andréi Tarkovsky, Claude Chabrol, Atom Egoyan, Zhang Yimou o Ken Loach. Como curiosidad, es en 1988 cuando la Espiga de Oro cuenta por primera vez con dotación económica, y la animación empieza a hacerse un hueco en la programación.

Con la entrada de la década de los noventa, aterrizaron en el festival autores como Ridley Scott, triunfando con su Thelma & Louise, Abbas Kiarostami con la exhibición de toda su filmografía, o Lars Von Trier, quien inaugura la edición de 1996 con Rompiendo las olas (Breaking the Waves), y seguirá presente en el certamen con sus nuevas obras, incluso inaugurando el nuevo milenio con Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark). Nuevos años y nuevos realizadores que destacaban por su habilidad, mundo propio o capacidad de emocionar a los espectadores: Robert Guédiguian, Juan José Campanella, Wong Kar-wai y tantos y tantos otros…

En el año 2005, con un cambio en la dirección debido a un nombramiento político, se celebraron las bodas de oro con Juan Carlos Frugone al frente del festival, mediante la exhibición de un ciclo de cincuenta largometrajes y cincuenta cortos, representativos de su historia. Fue en el 2008 cuando Javier Angulo, director actual, recoge el timón del certamen, manteniendo su esencia y apostando de nuevo por el cine de autor, prestando mayor atención al cine español y a públicos jóvenes, y creando actividades alternativas como clases abiertas o jornadas de cine y vino. A pesar del indudable contratiempo que supuso la crisis económica y su repercusión en la bajada de presupuestos, el certamen continuó con vitalidad, sin dejar de rodearse y llenarse de obras de excelentes y personales realizadores, tan dispares como Icíar Bollaín, Denis Villeneuve, Nanni Moretti o los hermanos Dardenne.
Este año, el Festival de Valladolid alcanza su sesenta edición, y cuando se publique esta reseña todavía permanecerán vivas retrospectivas, homenajes, cine actual, conciertos y exposiciones que, a priori, generan una ilusión y expectativa considerable.

Pilar Roldán Usó

Graduada del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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