Festivales 

San Sebastián 2022: Las ilusiones recobradas

La 70a. edición del Festival de Cine Internacional de San Sebastián retomó una seña de su identidad propia: la fuerza vigorosa que siempre lo ha caracterizado. Después de los dos anteriores cursos, atemorizado por la amenazante sombra de una pandemia devastadora, recuperó estímulos y completó una singladura exitosa bajo la seguridad de la normalidad. Se trataba de dejar atrás, para anotarlos en los anales de la historia, dos años anómalos que sembraron un ambiente siniestro donde antes había alegría y felicidad. Gracias a las restricciones paliativas, la encomiable labor de las autoridades sanitarias y al estricto cumplimiento de las normas impuestas por el gobierno, se puede proclamar, no sin satisfacción, que lo peor ha pasado. La incertidumbre ponzoñosa solo existe en el recuerdo. Superado el escollo vírico y amortiguada la COVID-19, San Sebastián abrió sus bellas puertas e idílicos rincones para que la palabra festival resurgiera y resonara en todo su amplio significado. Festival es sinónimo de fiesta. Y la 70a. edición ha sido, afortunadamente, una experiencia total, igual que una fiesta o lo más parecido a ella.

La organización del certamen, sabedora que el mal tufo ha sido (casi) vencido, se dispuso a ofrecer toda su mercancía con el pálpito renovado y sin nada que enturbiara la puesta en marcha del evento donostiarra. Solucionada la situación, los renglones se enderezaron y se engrasó la maquinaria para disfrutar de la cita cinematográfica más importante de todas cuantas se organizan en España. Recobrar las ilusiones perdidas en un marco limpio ha sido uno de los aspectos más felices que no solo ha afectado a todo lo que rodea el certamen, sino que la satisfacción en la urbe, siempre ajetreada, ha dado alas al bullicio sin cortapisas. Los numerosos visitantes fueron testigos de un fenómeno cultural con la moral muy alta.

El jaleo y el carácter extrovertido de una muestra cinematográfica como la de San Sebastián ha dado síntomas evidentes de normalidad prepandémica. Señales entusiastas y esperanzadoras que me gustaría que también se trasladaran a la exhibición de películas en su circuito comercial. Los devastadores estragos de la ola vírica todavía repercuten en el ánimo del espectador de a pie. No se trata de erráticos rescoldos, sino de un feroz tsunami que está haciendo mucho daño y causando una alarmante desmoralización.

Pensaba, ahora me doy cuenta que erróneamente, que la tranquilidad y el acervo por asistir a las salas de cine se consagraría a lo largo del 2022. Pero la guerra de Ucrania y la consecuente inflación han lastrado la recuperación. El gran reto es que vuelva el público perdido. Todo el sector está trabajando muy duro para conseguir este objetivo. Ojalá se arregle el ritual social de acudir a una sala de cine.

Después de la introducción y pasando página, la 70a. edición del festival de cine de San Sebastián esculpe sus secciones a fuego con un organigrama que funciona muy bien y que potencia todos sus apartados. Aunque los bloques estrella, los que acaparan la atención del informador, son los habituales. La sección oficial a concurso y las perlas de otros festivales son dos ofertas de rango obligatorio. La primera acoge aquellas producciones que los programadores/seleccionadores han pensado que sustentan la carga variopinta, el dispositivo visual expresivo y temático apropiado para conformar un programa idóneo para conquistar la Concha de Oro, máximo galardón que concede el jurado internacional. También es verdad que San Sebastián tiene que apretar mucho su selección, porque su ubicación en el calendario de certámenes no es el más adecuado. En fechas, es el último de los grandes eventos después de Cannes, Berlín y Venecia. Tres escaparates muy apetecibles para muchos autores. La segunda de las secciones más demandada es la de perlas de otros festivales, que te permite ver, en nueve días, títulos muy significativos que han pasado por otras muestras, como las antes nombradas.

Nuevos directores, Horizontes Latinos, Zabaltegui/Tabakalera y Made in Spain, entre otros, dan cuenta del alcance y heterogeneidad del encuentro de San Sebastián, cuya panorámica de oferta es de una amplitud proporcional a la categoría del evento que sigue estando comandado por José Luis Rebordinos.

La apuesta competitiva estuvo integrada por 22 títulos, incluida la serie completa española El apagón (2022), realizada por varios directores, entre ellos Rodrigo Sorogoyen, ahora mismo, uno de los cineastas más potentes de nuestro panorama. Responsable de piezas como El reino (2018) o la serie Antidisturbios (2020), filmada, sobre todo su primer capítulo, con una fuerza a modo de apisonadora. Por cierto, en esta 70a. edición, se pudo ver, en la sección Perlas de otros Festivales, su último trabajo, As bestas (2022), otra talentosa y brutal muestra de su repertorio temático/estético anclado en un drama rural que echa chispas.

El reciente cine español, al que podría otorgarle la etiqueta de «Nuevo cine español», por la juventud de algunos de sus cineastas y sus atentas inquietudes, alternados con otros de trayectoria más firme, como Jaime Rosales, han deslumbrado con sus historias y formas, casi siempre en registros dramáticos, para encauzar guiones sólidos y bien trabajados. Tal y como iban proyectándose, despertaron admiración, emoción y una auténtica pasión después de visionados. Enseguida fueron etiquetados con adjetivos entusiastas y rápidamente, sin miramientos ni prejuicios, anotados como posibles receptores de algún premio destacado. Con sinceridad y honestidad, hay que suscribir que las películas españolas han brillado. Causaron sorpresa y dejaron atónitos a muchos periodistas cinematográficos. El aplomo de sus miradas no dejó a nadie indiferente.

Una de ellas, en la sesión inaugural, abrió la caja de Pandora. Modelo 77 (2022), de Alberto Rodríguez, deja constancia de que el director sevillano le tiene cogida la medida al thriller, en este caso, carcelario. El título hace referencia a la denominación de las cárceles durante los años de represión, azuzada por el dictador, el general Franco. En arquitectura, construcción y diseño respondían al nombre de modelo. El 77 es el año en el que comienza la acción. La democracia, todavía cogida con pinzas, empezaba a despuntar en un clima todavía inquietante y de dudosa estabilidad. En las prisiones se concentraban muchos presos políticos y sociales/civiles. Los primeros, víctimas ideológicos, podían aspirar a una amnistía generalizada contemplada por el nuevo gobierno. El resto de los presos solicitaban el mismo trato de favor. Pero la situación se alargaba y no se daba el visto bueno.

En este ambiente crispado fuera de muros, el autor de 7 vírgenes (2005), Grupo 7 (2021) y La isla mínima (2014) construye un rocoso drama intramuros, absorbente y violento, sobre un ingenuo delincuente de pequeños hurtos, Manuel (Miguel Herrán), que es encerrado en la trena y metido en el mismo agujero que José Pino (Javier Gutiérrez), un preso cuajado y respetado. Aunque hemos visto infinidad de largometrajes con propósitos semejantes, Alberto Rodríguez radiografía la textura (impecable el esfuerzo en materia fílmica) de la cárcel, con fotografía tenebrista y de tonos oscuros, para armar un relato sobre la amistad y, especialmente, sobre la conciencia, la dignidad y la honradez por unos valores que alcanzan niveles universales. Cuando entra en el módulo carcelario, Manuel es apenas un chaval en fase de crecimiento. Sus agallas de chico de barrio periférico, un quinqui (delincuente juvenil) con temperamento forjado en la calle, lo protegen y lo hacen mantenerse fuerte en una jungla despiadada. Aprenderá mucho y bien de su compañero de celda. Se enriquecerá como persona, apostando e interviniendo en algaradas de orden político y social. Película, por lo tanto, briosa, tensa y emocionante, cerrada con un final incontestable.

Suro (2022), del realizador vasco Mikel Gurrea, dibuja en distintos niveles dramáticos/anecdóticos una propuesta actual, es decir, algo que puede pasar o está pasando. Una película planteada como un drama rural, que desborda autenticidad en su registro documental, la tala del alcornoque para extraer el corcho. Una virtud encomiable, tratándose de un debutante que acierta con la inmediatez. Además, con otra línea muy característica, centrada en el cine de parejas y la apreciable guerra de sexos, roles y tendencias. Todo ello explosiona y la onda expansiva repercute en progresivo grado. Suro, en catalán, significa corcho. La acción se desarrolla en pleno bosque, en la naturaleza abierta, captada por la cámara de forma óptima, incorporándola como un personaje más. Un notable acierto. Estas cualidades es conveniente airearlas, porque la ópera prima no desfallece y el realizador entreteje con dominio las aristas de la pareja, sus humanas contradicciones y un mundo laboral que es un poco el espejo de la España multicultural del momento.

Elena (Vicky Luengo) e Iván (Pol López) son una pareja joven de emprendedores a punto de tener su primer hijo. Ella ha recibido en herencia una masía en medio de la montaña. Con su novio deciden dedicarse a la explotación del corcho, mientras Elena, arquitecta, le da forma al futuro de la vivienda con un diseño rompedor. Inician su andadura sin complejos, a pesar de la estrechez económica por la que atraviesan. Pronto encauzan su trabajo gracias a la contratación de mano de obra local y extranjera. Mientras las vicisitudes empresariales funcionan con claroscuros, la pareja dirime cuitas en relación al dinero y a temas de índole personal relacionados con el racismo. Como tantas otras parejas, tienen sus ambiciones y desvelos. Según el giro de la historia, miran y aprecian asuntos comunes, rutinarios y otros más graves, de manera enfrentada. Su relación se tensiona, surgen las grietas y los enfoques se intercambian. El largometraje alcanza tirantez. Las palancas de presión del texto ejercen fuerza y dan carácter a la historia, en una fricción entre un hombre y una mujer, típico, sí, que nos lleva, en una consideración capitalista, a la búsqueda del éxito, la notoriedad y el empoderamiento. Pero a costa de qué precio. Por cierto, Vicky Luengo y Pol López están estupendos y muy metidos en sus papeles.

Cambiando de tratamiento, irrumpió el vendaval polémico y sacudió la integridad moral del festival y el de sus máximos dirigentes. Un conato de escándalo por la encendida polémica causada por la programación en la sección oficial de la película Sparta (2022), escrita y dirigida por el inquietante y perturbador realizador Ulrich Seidl. La controversia es un distintivo, casi un gen, asociado al autor austriaco que, a última hora, declinó viajar a San Sebastián. Los golpes mediáticos y de redes sociales alertaron de una inaceptable impudicia. La iniquidad estaba relacionada, porque el argumento de la película gira en torno a un pedófilo. Parece ser que el responsable de Safari (2016) no había desvelado, al entorno de los niños protagonistas, el escombro moral de su intérprete central, cuyo contacto con los chavales es asiduo y uno de los factores del engranaje del filme. Como afirmó el director del certamen, solo un juez podría prohibir su proyección.

Ulrich, retratista afilado y satírico de las retorcidas indecencias de las zonas recónditas de las sociedades de primer rango como la austriaca, se lanza con Sparta a cruzar una línea provocadora con su estilo obscenamente desolador. Sin embargo, el filme es paradójico en el sentido que el monstruo protagonista que pulula por la pantalla recolectando infantes para su masturbación y deleite personal es, en comparación con el instinto básico de los otros hombres que aparecen en la narración y que ejercen la función de padres de los muchachos, rijosa pero delicada, a pesar de sus enfermas motivaciones. Una actitud reprobable, de sucia conducta, pero su repelente desviación es tierna en contraste con el proceder de los rudos progenitores, dibujados como mezquinos, trogloditas, borrachos y salvajes. El pederasta cuida y protege a su camada, intentando construir un orden y una disciplina cuestionable, que se diferencia de las pobres entendederas intelectuales de las familias de los chicos.

El controvertido autor europeo entrega una obra brutal y pesimista, en su línea habitual de estética escarpada, para trazar pinceladas que no solo incumben a la degradación de su personaje masculino, Edwald, un increíble y completo Georg Friedrich, sino que afectan a otras decrépitas realidades, como la vejez, las residencias para personas mayores y el poso del nazismo todavía latente en la memoria de algunas criaturas. Sparta se apunta al puñado de películas que generan encontronazos por su desafío al convencionalismo, urdiendo una cosmovisión descarnada y nauseabunda. Ulrich Seidl no da una puntada sin hilo y continúa con su empeño de mostrarnos la cara más detestable de parcelas veniales que normalmente suelen quedar fuera del foco por denigrantes y antipáticas.

Continuando con el cine rasposo y tangible, de verdades como templos, irrumpe el que consideré mi título favorito del certamen, Great Yarmouth: Provisional Figures (2022), escrito y dirigido por el cineasta Marco Martins. Se trata de una desalentadora y deprimente producción portuguesa, cuya acción se sitúa en Norfolk (Reino Unido), tres meses antes de firmarse el Brexit. El título de figuras provisionales alude al tránsito de inmigrantes que entran en suelo inglés para ser explotados en empresas locales y cuya catalogación es poco menos que furtiva. Ciudadanos europeos, en este caso, portugueses, cuya circulación era laxa antes que las autoridades británicas de inmigración impusieran, tras su salida de la comunidad económica europea, fuertes medidas restrictivas.

El largometraje, una versión desesperanzada del agreste cine del realizador inglés Ken Loach, abre una brecha de desconsuelo e infamia. El guion, esculpido con estampas tenebrosas de la inhumana esclavitud de la posmodernidad, explotación pura y dura, y visualizado con garra de denuncia en un estilo sobrecogedor, alumbra la infame y triste existencia de trabajadores que salen de su país para faenar en condiciones penosas en empresas donde son tratados como cerdos, en alusión a un diálogo que se escucha en varias ocasiones a lo largo de su metraje.

Tania es el eje central de la historia y está interpretada con un vigor desopilante por la formidable actriz Beatriz Batarda. Su desagradable caracterización y desapasionada interpretación componen uno de los sólidos eslabones de esta mirada sobre la Europa más fea y ruin. Tania es una mujer desgastada y sufridora, apodada la «mami» por su intachable gestión como conseguidora de puestos de trabajo para sus compatriotas y enlace con los supervisores de la fábrica de pavos que contratan a sus paisanos. La mujer es una pieza tan facinerosa como necesaria en el sórdido engranaje. Hace lo que antes hicieron con ella. Pero ahora se lleva un margen comercial con el que ambiciona abrir un hotel para ancianos.

Great Yarmouth es una penetrante y siniestra crónica del empleo basura, un desquiciado drama sobre la supervivencia, envuelto en escenarios abigarrados de humanos abusados sin compasión y decrepitud por todos sus costados. Una historia negra y árida, de fuerte densidad dramática, salpicada de los tormentos internos y sentimentales de Tania, que sugieren una visión cruda y deleznable de una realidad pesimista.

De Latinoamérica y en coproducción, Los reyes del mundo (2022), de Laura Mora Ortega, una de las sorpresas de la sección oficial de esta 70a. edición. Con toques de realismo mágico, la autora de Matar a Jesús (2017) nos sumerge primero en las convulsas y violentas calles de Medellín, en las que a diario y a todas horas tratan de sobrevivir chicos adolescentes, como Ra, Culebro, Sere, Winny y Nano para enseguida ponerlos en ruta, a modo de una road movie, hacia la quimera, en paraje rural, de una tierra y chabola heredada como un bien de propiedad inaudito en la gran ciudad. Hijos de la calle, sin apenas parientes y a merced de la ley del más fuerte, deciden cambiar de aires en busca de una casa y, por qué no, su lugar en el mundo. Una hazaña avalada por documentos oficiales que pone en camino a cinco chicos ilusionados con poseer algo, aunque sea una casa descascarillada.

Gracias a un elenco conformado por actores no profesionales, que otorga a la película una verdad incuestionable y una estructura académica en el mejor sentido del término, es una aventura vital acerca de la camaradería y la fe. Los personajes deben recorrer y superar un trayecto por el campo y la selva agitados por los peligros inherentes a la zona, como resolver la rivalidad entre dos de los jóvenes, enfrentados por el privilegio jerárquico y cuitas pendientes.

Desde que se ponen en la carretera, la directora muestra su portentoso dominio de la dirección de actores como el aprovechamiento de la exuberante orografía para articular el sueño, el deseo, la proeza más noble de una pandilla por tener algo que les pertenece. Filme bellísimo, de hermosa fotografía, de elocuente brío, sintetizado en un desplazamiento en el que sufrirán momentos agresivos de punitiva violencia con otros en los que conocerán la cara más amable y solidaria de la gente de la jungla. Documento electrizante, con secuencias vertiginosas, como la de los chavales montados en sus cutres bicicletas y enganchados a la plataforma de un camión que los arrastra por la carretera a una velocidad temeraria.

El célebre y reputado cineasta surcoreano Hong Sang-soo, inasequible al desaliento, filma otra de sus apreciadas ocurrencias sobre gente en sitios. Walk Up (2022) es una de sus últimas historias, que viene a ser una continuación de la anterior, sometida a algunas transformaciones. El respetado autor, muy elogiado por determinada crítica cinematográfica que ve en su cine un sensible temperamento para elucubrar pequeñas estampas de una cotidianidad apabullante, no cede en su postura inflexible de filmar como le viene en gana y propone otra incursión en el tema de las relaciones humanas en ámbitos cotidianos. No hace falta anotar la sinopsis del largometraje, porque las dos líneas de su argumento nos vincularía inmediatamente a uno de sus títulos precedentes, por sus múltiples coincidencias.

En este caso, fiel a su poesía visual y a las filigranas temáticas, desgrana una narración sucinta, afín a sus claves formales. para seguir hablando de vaguedades prosaicas que no esconden circunloquios y más bien potencian la transparencia y la naturalidad. El breve argumento gira en torno a un director de cine en fase de decantarse por una producción que acompaña a su hija, que ha estudiado diseño de interiores, para que conozca a una amiga que se dedica al interiorismo. El edificio donde se desarrolla la acción, de tres plantas, adquiere un protagonismo tangible y Hong Sang-soo distribuye a los personajes por sus tres alturas mientras dialogan, comen y beben. Un cine ritualista, de aparente sencillez y fundamentado en el diálogo y las elipsis.

Otra muestra del cine asiático fue la producción china A Woman (2022), de Wang Chao, un acartonado drama sobre una mujer sufridora que, a lo largo de varias décadas, logra redimirse de su maltrecha e ingrata existencia gracias a la cultura y los libros.

La formulación estilística y estética de Wang Chao es proponer un clasicismo formal para narrar la peripecia agridulce de Kong Xiu (Shen Shi Yu), una muchacha que en los albores de la revolución cultural escribía y leía con gran facilidad. Sin embargo, un matrimonio rápido, acordado por sus padres, y su entrada a trabajar como empleada en una fábrica textil marginaron su creatividad literaria.

La estructura temporal de la historia abarca un arco de varios años, punteados por fechas sobreimpresas en la pantalla, que nos sitúan en determinados momentos de la desafortunada vida de Kong Xiu. Este espacio/tiempo informa sobre un período de sometimiento a un régimen tan práctico como uniforme y rígido. El personaje femenino es rico en su interior y afiladamente matizado. Su amargura existencial se compagina con la impertinente relación con su marido y los coqueteos insinuados con un compañero de trabajo que está enamorado de ella. El tema es la búsqueda de su destino y la ocasión adecuada para mostrar su voz narrativa.

Drama fotografiado con esmero, puesta en escena funcional, montaje pausado y sensación de un tipo de cine acorde con los tiempos de la ficción, de corte pausado y con planos que respiran, de cierta duración, donde se pueden apreciar tanto el trabajo actoral como el simbolismo del cineasta.

En otro registro clasicista, de mimbres ortodoxos, surge de la República Checa la película Il Boemo (2022), escrita y dirigida por Petr Vaclav. Cuenta y visibiliza la figura del compositor de óperas Josef Myslivecek (Vojtech Dyk), un músico  checo provinciano que busca su lugar en el mundo, peleando para destacarse en el suntuoso parnasillo musical de la Italia de mediados del siglo XVIII.

Estructurada en un largo flashback, el espectador asiste a un retrato de época, apoyado por una escenografía primorosa y subrayada por una fotografía intimista, de ajustado color, referenciado a la luz del operador John Alcott para Barry Lyndon (1975), de Stanley Kubrick. El propósito es la de presentar a un hombre arribista y con talento que vio cómo su suerte cambiaba al juntarse con una serie de mujeres de la nobleza y del ámbito operístico, que lo tomaron como amante, a la vez que propiciaron su eclosión compositiva. Amor y música, con algo de tintes de folletín, en una hermosa película, de pulcra belleza, que indaga en el destino y nos ofrece representaciones de arias filmadas con delicado gusto ornamental.

Los programadores trajeron como cierre de la sección competitiva un thriller con regusto al cine clásico negro norteamericano. Una tentativa prometedora sustentada en el pase del largometraje, Marlowe (2022), dirigida por Neil Jordan. Incursión en la atmósfera y personajes de cierta literatura en torno a la figura del detective privado y apasionantes encadenados de tramas y subacciones extraídas de un legado glorioso.

La icónica personalidad del private Philip Marlowe, creado por el sarcástico e intrigante Raymond Chandler, transmutado aquí según el argumento ideado por el escritor John Banville en su novela La rubia de ojos negros, que rescata a uno de los sabuesos más irónicos y desencantado que ha dado la literatura pulp.

Siguiendo el patrón clásico, al despacho del investigador Marlowe (Liam Neeson) llega una arrebatadora mujer rica, que le pide que busque a su amante desaparecido. Un hilo sencillo que se complica en cuanto el detective acierta con sus averiguaciones y comienza a surgir una ralea de mezquinos que enturbian la simple desaparición. Planteamiento que quiere semejarse lo más posible a la esencia original. La acción se sitúa en 1939, en Los Ángeles e inmediaciones, y el descreído y tenaz Marlowe se las tendrá que ver tanto con lo más esmerado de la corrupción de la clase alta como con villanos de diferente rango, todos enfangados en echar el guante a un petimetre conseguidor.

Whisky, aroma rancio, rubias de cartón piedra, herederas de guardarropía, ambiente turbio, canallas ambiciosos y toda una galería de facinerosos y embusteros tras un peligroso alijo que hace estragos entre rufianes y gentes elegantes.

Esfuerzo innecesario de Neil Jordan, que compone una película no solo desapasionada y sin alma (pecado imperdonable), sino que advierto algo más que desgana y desinterés en sus principales actuantes.

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