Festivales 

San Sebastián 2020

El festival de la mascarilla

No sin dudas y bajo un clima agridulce, se pudo celebrar, entre los días 18 y 26 de septiembre, el Festival de Cine de San Sebastián. La organización, apesadumbrada por la situación actual de emergencia sanitaria, se atrevió a formalizar su evento cinematográfico de forma presencial, siguiendo la estela de otro certamen de primera categoría, Venecia.

En mayo, en plena vorágine de la pandemia de la Covid-19 que ha devastado la producción audiovisual mundial en muchos sectores, el Festival de Cannes, buque insignia de cuantas citas cinéfilas se celebran en el orbe, tomó la resolución de suspender toda actividad, no sin antes dejar constancia de algunas señales solidarias como marcar con su logotipo de selección parte del material que tenía previsto proyectar. Su razonable actitud permitió la posibilidad a otros certámenes de programar algunos de sus títulos con la vitola de Cannes. San Sebastián recurrió a este caladero y exhibió filmes con el sello del prestigioso festival francés.

La crisis vírica ha obligado a sanidad y a los agentes culturales a extremar las precauciones y promover la necesidad de volver al cine, garantizando medidas preventivas rigurosas. A tal efecto la organización optó por suspender los ciclos y retrospectivas y reducir el aforo de los locales. Se perseguía, con inusitado empeño, que los espectadores pudiesen mantener la distancia social exigida. Además de la correspondiente desinfección entre proyección y proyección. Detalles que se veían, se agradecían y colaboraban para el feliz funcionamiento de la maquinaria festivalera.

Otra importante novedad impuesta este año por la grave situación pandémica ha sido la logística. El acreditado disponía de una página web para reservar la selección de títulos que deseaba visionar a lo largo del evento. Una metodología, que no sé si ha llegado para quedarse, que ha funcionado con alguna polémica y que evitaba el apiñamiento de los informadores en los aledaños de las salas de proyección.

La otrora masificación y el bullicio de cursos anteriores ha dado paso a un ambiente relajado, tranquilo y vivido a un ritmo sereno y familiar. El glamour y la visita de estrellas se redujo a la mínima expresión. La entrega del Premio Donostia al actor Viggo Mortensen fue la nota más destacada en cuanto al toque estelar.

Sin embargo, próxima la fecha del comienzo de un festival ya de por sí atípico y diferente, rebrotes de la Covid-19 añadieron preocupación. Esta alarma hizo redoblar el esfuerzo del trabajo de esterilización y pedir a los enviados especiales acatamiento en el cumplimiento de todas las normativas. La organización confeccionó una carátula con las indicaciones más rigurorosas que se proyectaba en cada sesión previo al largometraje y diseminó en todos los lugares relacionados con el festival cuantos avisos de señalización estaban a su alcance para recordar a todos los espectadores las indicaciones que debían seguir para el correcto desarrollo del certamen de cine.

Una vez todos concienciados, el cine y las películas pasaron a ser los auténticos protagonistas, y la enfermedad en forma de bicho vírico, un terrible enemigo que había que sortear a toda costa. Inmerso en una dinámica extraña y permanentemente con la mascarilla puesta, solo quedaba la grata tarea de hacer los deberes. Y las secciones bandera del certamen donostiarra, Sección Oficial, Perlas, Horizontes Latinos, Nuevos Directores y Zabaltegui-Tabakalera, entre otras, un puñado de títulos suficientes para olvidarnos de la peste del Coronavirus, confraternizar con la suficiente separación con los colegas que apostaron por la 68a. edición y disfrutar del programa que nos sirvieron.

La Sección Oficial se caracterizó, como nunca, por la profusión de un buen puñado de series televisivas, que sirvieron como apagafuegos cuando se decidió hacer presencial el festival y conformar una oferta atractiva para el acreditado. De esta manera, se completó la cuota de la producción española. Otro género ya de por sí en constante auge, el documental, tuvo también varias voces que acreditaron su categoría y estima. Y como significativo punto de partida, el Festival de Cine de San Sebastián levantó el telón con el estreno de la última producción, con capital español, de Woody Allen. Los entresijos de su argumento se desatan en la capital guipuzcoana. Una guinda que sirvió como pórtico de entrada a unas jornadas esculpidas con el vocablo epidemia.

Woody Allen y su Rifkin’s Festival abrió, fuera de concurso, ocho días de intenso trajín de proyecciones. Su pase en el certamen donostiarra era una vindicación de muchos quilates por diferentes motivos. Considerado actualmente poco menos que un paria por un engranaje mediático que influyó con toxicidad para cerrarle las puertas de las productoras de su país, encontró acomodo económico gracias a una firma española que permitió al cineasta neoyorkino salir de su zona de confort, Manhattan, y otear nuevas latitudes. Otro detalle para su pase en el Zinemaldi es incontestable: su argumento gira en torno a vicisitudes y enredos sentimentales que tienen lugar durante la celebración del Festival de Cine de San Sebastián. Con fotografía de Vittorio Storaro y localizaciones muy bellas, el genio habitual de Allen queda atemperado y en modo crisis creativa con un relato cómodo, a ratos gracioso, con la chispa amortiguada, pero muy disolvente como terapia para dejar sus penalidades personales fuera de foco.

El realizador francés François Ozon es un fijo de este certamen. Esta vez ha venido con su calurosa Été 85, crónica estivalera de la iniciación al sexo de un adolescente de clase social proletaria que conoce a un joven burguesito de origen judío con el que tiene sus primeros escarceos amorosos. Los veranos son épocas de frenesí, éxtasis y de instantes claves en la vida de algunos. Para los dos jóvenes del filme, lo es. Fraguan una amistad, con sus altibajos, y orientan su identidad sexual. La película comienza con un prólogo oscuro, que se desarrolla en los calabozos de una comisaría y una voz en off, la del narrador Alexis, nos anticipa un hecho siniestro, como si se declarase culpable del mismo. Una estructura en flashback da cuenta de una historia intensa y emocional y solucionan los pormenores del incidente. Perfecto McGuffin donde las apariencias engañan. Ozon, muy fino y sensual, acomete una historia costumbrista de deseos y frustraciones, en un tono que recuerda a Rohmer y donde no podía faltar una constante que se aprecia en sus últimos largometrajes, el travestismo de alguno de sus personajes masculinos.

Thomas Vinterberg, uno de los fundadores del Dogma 95, presentó Druk, un etílico drama, algo rasposo, sobre la valentía, o inconsciencia, según se mire, de traspasar líneas rojas o prohibidas. El realizador danés reflexiona sobre los atributos liberadores del alcohol. Destempla nervios y evita el atascamiento. Aligera la locuacidad, te quita complejos y te proporciona empatía. Tiene beneficios, si se toma con moderación, pero peligrosos perjuicios cuando descontrolas su consumo. Para explicar este razonamiento, en clave dramatúrgica nórdica, de pegada brutal, Vinterberg escribe una grotesca peripecia sobre cuatro profesores de instituto, que han superado los cuarenta años, que ante la tesitura del abotargamiento del curso del tiempo se involucran en un experimento, de raíz filosófica, sobre el impulso que supone beber cocteles sin exceder los 0,05 gramos de alcohol tolerados por la sangre. Esta locura la ponen en práctica en sus clases, consiguiendo resultados óptimos. Hasta que el aumento de las dosis conlleva efectos insospechados y perniciosos. Como dice uno de los personajes femeninos de la película, “no me extraña semejante gamberrada, puesto que desde temprano esta sociedad te enseña a beber”. Frase lapidaria que empapa con ebriedad la fábula moral que cuenta el autor de La celebración (1988).

Passion simple (2020) está escrita y dirigida por una mujer, Danielle Arbid. Un texto narrado en clave erótico/sexual. Una voz en off de la narradora/protagonista, Héléne (Laetitia Dosch) explica su esclavitud al deseo de estar con un amante que una vez que lo conoció en un hotel de Portugal jamás pudo desprenderse de su aliviadora carnalidad. Desde entonces, Héléne, profesora de literatura y engullida en una tesis sobre una escritora, vive sujeta a sus llamadas telefónicas que se convierten en sucesivos encuentros de cama. Héléne no tenía ningún otro afán, más que ser poseída por un hombre misterioso y elegante de origen ruso. Su obsesión es total. Descuida la atención a su hijo y toda su existencia gira en torno al placer de hacer el amor con su amigo, cuyo hechizo le granjeará pulsiones desatadas y, en su tramo final, perderá el rumbo, rozando el estado enfermizo. En cualquier caso, su título, Passion simple, es inequívoco y no engaña a nadie. Es una pasión simple, de poco recorrido. Tampoco aporta flecos o rasgos que nutran el planteamiento principal para tensionar más la situación. Una decepción.

En Supernova (2020), te encuentras a dos grandes actores, Colin Firth y Stanley Tucci, como dos grandes veteranos, reverdeciendo laureles gracias a dos interpretaciones arriesgadas y de mucho calado. Libreto y dirección a cargo de Harry Macqueen, e historia sentimental fotografiada con distinción por el gran operador Dick Pope. Tusker (Tucci) es un escritor que padece una enfermedad terminal. Su compañero sentimental desde hace mucho tiempo es Sam (Firth), un reputado pianista. Con una autocaravana recorren un espacio que pronto presuponemos que es el último para uno de ellos. Visitan lugares donde pasaron grandes instantes y visitan amigos y familiares a modo de despedida. Bonita elegía de amistad que solo toquetea el tema de la eutanasia y, a falta de una dramática original y potente, solo el coraje interpretativo de los dos actores citados consiente que un trabajo algo rancio esté en una Sección Oficial.

Qué duda cabe de que el documental fue uno de los géneros más presentes en el apartado a concurso. Predominaron los de registro musical, entre ellos, El gran Fellove (2020), dirigido por el también actor Matt Dillon. El intérprete de La ley de la calle aparece en su obra, revelando su condición de experto en música, con una colección de vinilos impresionante y como descubridor de artistas que, en sus momentos de máximo esplendor, fueron figuras, pero que con el tiempo cayeron en el olvido. Como el cantante Francisco Fellove, un músico cubano que tuvo su época de popularidad y gloria en las décadas de los 50 y 60. Dillon traza un recorrido de la trayectoria de este cantante, que tenía una capacidad sonora y unas cuerdas vocales multifacéticas, desde sus inicios hasta la que sería su última grabación en directo, de la que fue promotor Dillon. Oportunidad, por lo tanto, para descubrir a una leyenda, una voz prodigiosa, que interpretó una variedad de estilos con un ritmo personal muy contagioso. Homenaje válido y estructura convencional. La música, caribeña, marchosa. El sujeto retratado, un coloso. Mereció la pena.

De otro registro es Courtroom 3H (2020), dirigida por el español afincado en los Estados Unidos, Antonio Méndez Esparza. Un experimento documental algo plúmbeo. La cámara es introducida en un juzgado de una población de Florida, en uno de cuyos tribunales se tratan casos de familia. Dividida en dos partes, la primera toca una serie de vistas orales, donde el juez y los espectadores escuchamos a las partes y, en el segundo bloque, se dirime la decisión del juez de impartir justicia. Dos horas de testimonios, algunos aterradores, y sentencias sobre si los padres son personas capacitadas para ejercer como tales o es preferible que los niños sean derivados a familias de acogida o destinados a los servicios sociales.

Es un placer seguir la trayectoria de una cineasta personal, emocional y sensorial como la japonesa, Naomi Kawase. Presentó True Mothers (2020), un drama rico en matices sobre los efectos colaterales de una pareja que, ante la imposibilidad de concebir un hijo propio, recurre a la adopción. Su felicidad, que es enorme, es atacada por las insospechadas y amargas consecuencias derivadas del repentino interés de la madre biológica por conocer a su hijo. Una estructura, que alterna presente y pasado, describe dos núcleos familiares afectados con distinto signo por la maternidad, una de las experiencias más influyentes para Kawase, como el karma del agua, muy vinculado al período de gestación.

La controversia la causó la coproducción franco-georgiana titulada, Beginning (2020), de la directora Dea Kulumbegashvili, sin duda, la propuesta más radical y arriesgada formalmente. Un cine diferente, que fluye con un ritmo pausado, de secuencias largas y ásperas, que trazan una dramática lectura sobre la condición humana correosa y tenebrosa. Construida con largos planos estáticos, sin apenas movimientos de cámara y relatada como una parábola religiosa, en torno a la figura de Abraham y el eterno conflicto entre culpa y pecado, cuyo epicentro se sitúa en una comuna de testigos de Jehová y cuya fábula está representada por el personaje de una mujer que, tras una violación, toma una medida drástica. Película severa, incómoda y demoledora. Largometraje ideal para un festival, de amargas reflexiones, secuencias elaboradas, dura de ver y que agotó la paciencia de muchos informadores.

Any Crybabies Around? (2020) es una producción japonesa ,escrita y dirigida por Takuma Sato, que con un tono agridulce mezcla folclore autóctono de una zona concreta de Japón. Ejemplarizado a través de un ritual orquestado por hombres enmascarados que entran en hogares con niños disfrazados con atuendos y máscaras feas y demoníacas con la finalidad de encararse a ellos para que el instante cruel y pavoroso que experimentan les anule, en lo sucesivo, el miedo a cualquier estigma, a la vez que asistimos al intento de redención de un joven inmaduro en su camino de superación de un infantilismo duradero.

De procedencia asiática es, también, Wuhai (2020), de nacionalidad china y escrita y dirigida por Zhou Ziyang. Thriller correoso, en clave melodramática, que narra las desazones de un hombre inmerso en la nueva vorágine capitalista, que hechiza al gigante asiático, y sus zozobras y padecimientos para devolver un dinero a un clan mafioso de prestamistas, mientras vive una agitada relación con su esposa embarazada. Este filme se puede leer en clave western o en clave de parábola social. La primera llave, por su orografía y escenografía, fotografiada de manera magistral. La segunda, por la turbulenta y facinerosa imagen de una sociedad volcada al trapicheo y oropel, con predominio de un juego sucio entre el submundo emergente en el entramado financiero furtivo que escala posiciones al margen del aparato del estado.

El realizador argentino, Eduardo Crespo, propuso otro filme de los llamados a participar en un evento cinematográfico. Se trata de Nosotros nunca moriremos (2020), un drama intimista, de estilo seco y árido, de planos largos y muchos silencios, sobre el impacto emocional que sufre una madre al conocer la noticia del fallecimiento de su hijo mayor en extrañas circunstancias. Acompañada de su otro hijo adolescente, se acercan al lugar del óbito para darle el último adiós al fallecido, a la vez que averiguan las razones de su muerte. El presente es la congoja y tristeza de una madre, con su dolor trágico, su desamparo y desolación. El pasado, pequeños interludios narrados en flashbacks, rememoran, a modo de insertos, breves episodios del muerto, un chico normal y corriente, trabajador y aficionado a la lectura y a escribir algunos textos. Cuando se nos muestra que en su taquilla de trabajo conserva el libro El guardián entre el centeno, de Salinger, intuimos su clave y la motivación del joven. Todo ello envuelto en un aura fantástica, al proponer elementos electrónicos relacionados con la energía fría como vehículo de tránsito para contactar con los que no están.

Solo tres películas de la Sección Oficial a concurso no pude recuperar, Akelarre, de Pablo Agüero, In the Dusk, de Sarünas Bartas, y Crock of Gold: A Few Rounds with Shane MacGowan, de Julien Temple. De las tres, la que mejores elogios concitó fue el documental de Temple sobre el talentoso líder de The Pogues, Shane MacGowan. Habrá momento para echarles el lazo. Las películas, de una manera u otra, se recuperan. El ambiente y las sensaciones testadas en esta edición epidemiológica es lo que mejor guardo junto al calor humano de los colegas de siempre, pero esta vez con la protección de la mascarilla. Sin duda, el objeto más visible de todo el festival, sinónimo de precaución y seguridad. Un abrazo a la organización por su fe en el cine y por protegernos en los ámbitos que entraban en su competencia.

Premios oficiales

CONCHA DE ORO A LA MEJOR PELÍCULA
Beginning, de Dea Kulumbegashvili.

PREMIO ESPECIAL DEL JURADO
Crock of Gold: A Few Rounds with Shane MacGowan, de Julien Temple.

CONCHA DE PLATA A LA MEJOR DIRECCIÓN
Dea Kulumbegashvili por Beginning.

CONCHA DE PLATA A LA MEJOR ACTRIZ
Ia Shukitsashvili por Beginning.

CONCHA DE PLATA AL MEJOR ACTOR
Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe por Druk (Another Round).

PREMIO DEL JURADO AL MEJOR GUIÓN
Dea Kulumbegashvili y Rati Onelipor Beginning.

PREMIO DEL JURADO A LA MEJOR FOTOGRAFÍA
Yuta Tsukinaga por Nakuko Wa Ineega (Any Crybabies Around?).

Una respuesta a «San Sebastián 2020»

  1. Gracias por esta maravillosa información para los que amamos el cine.
    Ojalá pronto termine esta pandemia y volver a verlas en Pantalla grande!

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