Críticas

Sombrío conformismo

Pájaros sin alas

Scheme Birds. Ellen Fiske, Ellinor Hallin. Suecia, 2018.

 PájarossinalasCartelGemma es nuestra protagonista. Tiene dieciocho años y vive en Motherwell, una población cercana a Glasgow. Le ha criado su abuelo, prácticamente desde el nacimiento. Los padres jamás quisieron saber más de ella. La película se sitúa con la mayoría de edad de Gemma, a finales de la segunda década del siglo XXI. La ciudad en la que nos moveremos, Motherwell, está situada en Escocia. Fue precisamente una de aquellas afectadas por las reconversiones de la siderurgia en la época en que gobernó Margaret Thather. Privatizaciones, cierres, desmantelamiento del poder sindical, disminución del gasto público o bajada de impuestos. Todo ello significó el derrumbe social y económico de muchas regiones. Tras la destrucción de sectores tradicionales de la industria británica, a la población afectada no le quedó más alternativa que depender de ayudas sociales, mientras que nuevas perspectivas vitales no terminaban de emerger.

Gemma nació precisamente en el año en el que en su localidad se derribaron o se volaron físicamente, para desaparecer de manera definitiva, las fábricas dedicadas a la industria del acero. Era 1997. Y aquella generación nacida entre huelgas, impotencia y rabia, ya está alcanzando la mayoría de edad, o casi. ¿Y qué esperan de la vida? Hijos, palos y/o cárcel. Las expectativas por huir a otros lugares ni se contemplan. ¿Estamos ante una ficción o un documental? El filme se presentó y triunfó con este último género en el Festival de Tribeca. Sus realizadoras, las suecas Ellen Fiske y Ellinor Hallin, bebiendo de las raíces del drama social británico, en su estreno en el largometraje, han elaborado un documento que, ante todo, desprende autenticidad.  

Siempre de la mano de Gemma, mediante sucesivas imágenes que cortan el curso temporal bruscamente para acaparar bastantes meses, y recurriendo en ocasiones a la voz en off de la protagonista, nos vamos situando en sus circunstancias personales y las de la gente que le rodea. Arrastrados con una naturalidad que se ha querido reflejar por la codirectora Ellinor Hallin, también fotógrafa, en tonos de marcado carácter pastel, Gemma va dando paso a las reflexiones de otras personas, como las de su abuelo o su pareja, aunque sin perder en ningún momento la voz cantante. Y a pesar de que nos movemos en una comunidad desgarrada ante la falta de oportunidades una vez que se desmanteló la industria local, ni siquiera detectamos denuncia o resentimientos vivos. Ya no hay aliento para ello. En cambio, sí que observamos una profunda desolación que, al parecer, solo se puede vencer con preocupaciones u ocupaciones por algo o por alguien: boxeo, palomas o bebés, por ejemplo.

Las autoras Fiske y Hallin nos exhiben una comunidad ocupada en manejar el tiempo para que pase lo más rápido posible. Sorprende que prácticamente ningún personaje principal se dedique a algún oficio que reporte contraprestación económica. La existencia transcurre entrando y saliendo de prisión, consumiendo drogas, peleándose u ocupándose de la procreación de nuestra especie. ¿Educación? ¿Colegios? ¿Estudios? ¿Formaciones profesionales? Ni se plantean. ¿De verdad las ayudas sociales pueden ser tan paradójicas para terminar siendo venenosas? Tóxicas por cercenar la búsqueda de futuros, por impedir el desarrollo de inquietudes enriquecedoras, por crear seres pasivos y dóciles con sus propias tinieblas. 

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A la naturalidad que desprende el filme, de la que ya hemos hecho mención, contribuye de forma muy gratificante la actuación o intervención de sus protagonistas; no solo de Gemma, que sobresale en esa simbología entre libertad y encierro, en ese paralelismo que se exhibe entre humanos y aves. También su abuelo, su novio, sus amigas y amigos, las madres de estos últimos… Todo el elenco de participantes lo hacen con normalidad, con fluidez, lejos de aspavientos innecesarios y enfrentándose al devenir de acontecimientos sin estridencias.  El recorrido por la desesperanza asumida, de manera más o menos consciente, se realiza con ojos abiertos, con demasiada rapidez, en una sucesión de tristezas prematuras y alegrías dubitativas. 

Estamos ante un pequeño/gran largometraje que no pretende exhibirse con malabarismos técnicos o ideas audaces. Merece un detenimiento muy pausado para saborearlo sin prisas, hacerse preguntas, acordarse de lo que no aparece y, quizás, indignarse con la melancolía y apatía que en general se arrastra y se incrusta en la piel de sus habitantes. Aquella tristeza que ni siquiera la adolescencia tardía o la juventud pueden obviar. Una pobreza en ideales que se asume como propia, nunca derivada de la incompetencia de unos gobernantes a los que se les escaparon o no les importaron determinadas consecuencias de sus decisiones.  

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Las directoras suecas recogen, en su obra Pájaros sin alas, la estética realista del cine social británico, de tal forma, que hasta nos hacen dudar de su verdadero género. Sin embargo, está desprovista de inconformismo, de crítica política, incluso de rabia o compromiso, aunque sí destila una profunda tristeza y soledad. No obstante, como buenas discípulas del maestro de este cine realista, de Ken Loach, las realizadoras plasman con extraordinaria fuerza relatos cotidianos en miserables barrios periféricos, en sus viviendas sociales o torres de apartamentos. Con veracidad, con honestidad, con valentía, con mirada abierta y sin revolcarse en barros de podredumbre. El neoliberalismo ya se implantó, el individualismo a la búsqueda del beneficio propio ya no encuentra rival al que enfrentarse y ya casi no quedan opciones para relatar historias de obreros, aquellos que contaban con estabilidad en el trabajo, una casa, una familia, educación, sanidad, pensión. Eso se acabó y resulta importante que personas comprometidas, como nuestras dos realizadoras Ellen Fiske y Ellinor Hallin, se ocupen de ofrecer a los espectadores las vicisitudes por las que están pasando los herederos de las clases obreras.  

La metáfora de las aves enjauladas sobrevuela, nunca mejor dicho, a lo largo de toda la película. Unas palomas que a veces regresan a casa y en otras ocasiones desaparecen para siempre, al igual que los habitantes de Motherwell. Gemma termina de alcanzar su mayoría de edad, y la encontramos ocupada en narrarnos su particular forma de rellenar el vacuo espacio vital que le ha tocado en suerte. Sentiremos su soledad, sus alegrías, sus amores, sus diversiones, sus penas. Y también retendremos la respiración, deseándole la mejor fortuna en el sombrío futuro que parece esperarle, a menos que la constancia y el empeño abran un hueco en ese elenco de posibilidades, ciertamente muy limitado.

Tráiler: 

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Ficha técnica:

Pájaros sin alas (Scheme Birds),  Suecia, 2018.

Dirección: Ellen Fiske, Ellinor Hallin
Duración: 90 minutos
Guion: Ellen Fiske, Ellinor Hallin
Producción: Coproducción Suecia-Reino Unido; Sisyfos Film
Fotografía: Ellinor Hallin
Música: Charlie Jefferson
Reparto: Gemma, Pat, Joseph, Scott, Luke, Amy, John Paul, Maria

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