Críticas

Juegos de alta sociedad

Noche de bodas

Otros títulos: Boda sangrienta.

Ready or not. Tyler Gillett, Matt Bettinelli-Olpin. Canadá, 2019.

Cada familia tiene sus propias costumbres o excentricidades. Si hay un momento ya de por sí terrorífico en la vida de todo mortal es conocer a los parientes de la persona amada, que eso de pasar el resto de la vida juntos lleva sorpresa. El agobio es real, y eso suponiendo que los familiares del susodicho/a sean medio normales. Tyler  Gillet y Matt Bettenelli-Olpin, directores de esta pintoresca función que es Ready or Not (Tyler Gillet, Matt Bettenelli-Olpin, 2019), llevan este escenario al límite, armados de cierto espíritu burlón con la mezcla de géneros como estandarte.

La premisa de Ready or Not es simple. Y, en ocasiones, lo simple funciona. Sobre todo si, paso a paso, introduces elementos desconcertantes, aunque no especialmente hábiles en el elemento sorpresa. Lo que empieza siendo un encuentro familiar algo tenso pasa por el juego del gato y el ratón para terminar con una debacle de tintes fantásticos algo inverosímiles, pero que encajan de manera ingeniosa en la curiosa apuesta de los creadores de la sangrienta aventura de esta novia a la fuga.

Gillet y Bettenelli-Olpin juegan con astucia las bazas de su relato, a base de mezclar la elegancia de cierto toque de novela gótica con la comedia gamberra y salida de madre, que va ganando protagonismo con cada vuelta de tuerca. Las rencillas familiares, la tradición y el legado pierden trascendencia como subtramas cuando los directores muestran sin complejos sus cartas. Lo que importa es el despliegue de crueldad y falta de escrúpulos de unos snobs insoportables, convertidos en supervivientes por las circunstancias. Manejado con inteligencia, ambos creativos consiguen mantener el control de una película que corre el riesgo de perder toda senda lógica y caer en las garras de un burdo desmadre gore.

Las bondades de la película residen en una serie de elementos planteados con picardía. Como conjunto, la artimaña funciona, si bien no de forma brillante, sí efectiva. En primer lugar, los personajes. Cada peón del juego es una personalidad desquiciada que se mueve de lo evidente de su rol a la variación sobre el mismo tema, que deja algo de pasmo al espectador. Con tanto secreto a las espaldas, los miembros de la familia se debaten entre el clasismo rancio y el peso del éxito, que, en esta ocasión, se paga con sangre. Destaca Samara Weaving que, se nota, disfruta como una niña con juguete nuevo de la evolución de su personaje protagonista.

Samara Weaving

Continuamos con la casa. El espacio es primordial en la película. Funciona como metáfora de sus habitantes, señorial y oscura en los primeros resortes de la trama, enfermiza y mortal en los mejores momentos. Un tablero de juego elegante, lleno de recovecos, por donde los directores se mueven a conciencia para el despliegue visual del que hacen gala. Aprovechan cada rincón de esta trampa gigantesca con maliciosa intención, para divertimento del público, que no tienen mucho tiempo para aburrirse.

Y es que en este trabajo de encaje, el tiempo cumple por comedido. Sin alargar excesivamente la trama, no hay para dar vueltas a los planteamientos iniciales, salvo esos instantes del desenlace con descubrimientos que, para un espectador avispado, son visibles desde que empieza el juego. En noventa minutos asistimos al gran aliciente de Ready or Not, la desenfadada mezcla de géneros, que va de la comedia macabra de innegable gusto británico a los convencionalismos del género de terror, con parada en algo de crítica social, señalando, impenitente, el clasismo de estos sociópatas de alto copete, dispuestos a cualquier cosa por mantener su estatus.

Aunque todo parecen virtudes en Ready or Not, tenemos que admitir que también tiene sus debilidades. La más visible, su resbaladiza esencia de coctelera, en donde cabe cualquier idea loca que pasa por la mente de sus guionistas. Toca tantos palos que, inevitablemente, se queda a medias en todos. Ni es tan gamberra y ácida como se espera, ni el desparrame sangriento dará carnaza a los espectadores ávidos de casquería. Queda en la cómoda tierra de nadie, pero como maneja los tiempos tan alegremente, a base de ritmo bestial por bandera, es sencillo obviar estos terrenos movedizos, porque es casi imposible el aburrimiento.

Los espacios en Ready or not

Boda sangrienta, o Noche de bodas, o cualquiera de las horribles traducciones que les toque, es tan entretenida como olvidable. Aunque, sinceramente, creo que los responsables de esta simpática chaladura son capaces de convertir esto en ventaja. Veo esta película y veo también a unos tipos que han construido la obra que han querido como han querido, pensada con inteligencia, en forma de falta total de trascendencia. No es malo pensar en lo inmediato, en lo efectista, cuando se es consciente y se plantean unas reglas del juego que el público puede aceptar sin problema y, en ese aspecto, Ready or Not acierta de pleno.

Ready or Not es algo más que un placer culpable o un disfrute bobalicón. Tiene alma, intenciones, personalidad, ganas de complacer con un poco de todo en el brebaje sin resultar indigesto. Es complejo entretener. Es difícil jugar en el terreno donde se adentran Tyler Gillet y Matt Bettinelly-Olpin. Ellos salen airosos de la aventura. Disfrutemos entonces de su falta de complejos.

Tráiler:

Ficha técnica:

Noche de bodas  / Boda sangrienta (Ready or not),  Canadá, 2019.

Dirección: Tyler Gillett, Matt Bettinelli-Olpin
Duración: 95 minutos
Guion: Guy Busick, Ryan Murphy
Producción: Vinson Films / Mythology Entertainment.
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Música: Brian Tyler
Reparto: Samara Weaving, Andie MacDowell, Mark O'Brien, Adam Brody, Henry Czerny, Nicky Guadagni, Melanie Scrofano, Kristian Bruun, Elyse Levesque, John Ralston

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