Investigamos 

Los secretos, esas cárceles psicológicas

Cuanto consuelo encontraríamos si contáramos nuestros secretos.
John Churton Collin

 

Barbra Streisand, y no es un secreto, es una mujer que ha triunfado no solo como vocalista excepcional, sino como compositora, actriz de cine y teatro, guionista, productora y directora, todo lo cual la hizo merecedora de la Medalla Nacional de las Artes, otorgada por el gobierno de los Estados Unidos. En su breve pero significativa incursión como realizadora rodó tres largometrajes: Yentl (1983), película que no solo dirigió, sino además escribió, produjo y protagonizó; El príncipe de las mareas (1991) y El espejo tiene dos caras (1996).

El tema de los secretos forzados, las heridas profundas que puede ocasionar en nuestra psique y la liberación catártica que su confesión produce, son los ejes centrales en El príncipe de las mareas, basado en la novela homónima de Pat Conroy, autora también del guion. Aquí Streisand y Nick Nolte protagonizan una dramática historia de amor que inicia cuando el nuevo intento de suicidio de Savannah Wingo, gemela de Tom, lo hace trasladarse desde su querido Sur a la inhóspita y ruidosa New York, donde su hermana está hospitalizada y es tratada por Susan Lowestein, la psiquiatra encarnada por Streisand.

“No sé cuándo empezaron la guerra mis padres, pero los únicos prisioneros que tomaron fueron sus hijos”, así recuerda Tom su infancia. , crecieron en una pequeña isla de Carolina del Sur, en una familia severamente disfuncional, junto a Henry, un padre primitivo y violento, y a Lila, una madre para quien las apariencias y el ascenso social eran vitales, al costo que fuera, y cuyo lema era “cuando las cosas son muy dolorosas las evitamos o nos reímos”. Y eso hizo Tom, diligentemente, hasta que conoce a Lowenstein, la terapia y la confesión. También el amor.

En este ambiente sofocante, los tres hijos de Henry y Lila encontraron una peculiar manera de esconderse ante su abrumadora cotidianidad: cada vez que la violencia entre sus padres arreciaba, salían corriendo de la casa, se lanzaban juntos al agua, se mantenían sumergidos, tomados de las manos, y aguantaban el aliento, bajo el silencio protector, hasta que la falta de aire los obligaba a salir nuevamente. Por unos instantes, ocultarse de la insoportable realidad y flotar ingrávidos era lo único que representaba algún refugio para ellos. Pero este secreto ritual no pudo salvarlos para siempre. La vida de allá arriba, lejos del agua, les depararía aún más violencia, de otra naturaleza.

Es así que cuando una mayor desgracia le ocurre a esta familia durante una noche de tormenta en la cual el padre no está, Lila sentencia, de inmediato y con frialdad pasmosa, que allí no ha pasado nada, y se dedica, junto a los tres aterrados muchachos, a hacer desaparecer cualquier rastro de lo ocurrido, mientras los obliga a prometer que jamás hablarán del asunto. La cárcel está servida. Y nosotros hemos presenciado una desgarradora escena cuyo dramatismo Streisand acentúa omitiendo los sonidos del horrendo crimen que está ocurriendo, y en su lugar permite que escuchemos la alegre música que sigue sonando en el disco que la familia disfrutaba -como en poquísimas ocasiones- segundos antes, mientras bailaban. Y sí, también escuchamos el estruendo de los truenos. Recordemos que es una noche tormentosa.

Más tarde se sientan a la mesa a cenar, como cada noche, en silencio, como si nada hubiera ocurrido; sólo que Savannah se ha puesto su vestido al revés… Dos días después, a los trece años, intenta quitarse la vida por primera vez. De su gemela, Tom dice: “mi hermana mantuvo el silencio, pero no sabía mentir”. Y él mismo, desde ese momento, vive aprisionado por un doble secreto: la vergüenza de lo que les ocurrió a todos y la culpa de no haber podido ayudar a su familia. Después de todo, en ese momento, él era el único hombre en la casa. Luke, el hermano mayor, llegaría después, pero ya era demasiado tarde.

Esta suerte de omerta familiar transforma la desgracia en tragedia. Luke, a quien Tom admiraba como a un dios, se torna violento y es asesinado por la policía, Savannah se aleja para siempre del Sur, y de la cordura, y Tom vive agobiado por los recuerdos, la culpa y las barreras que lo mantienen en una insoportable distancia emocional, incluso frente a Sally, su esposa. La atrocidad de los hechos, junto a la imposibilidad de confesarlos, va enajenando, uno a uno, a los hijos de esta familia y condenándolos a vivir confinados en su incapacitante silencio. Muchos años más tarde, Tom logrará confesar a la doctora Lowenstein “creo que el silencio fue peor que lo que nos ocurrió”. Por fin, la obligada lealtad a su madre, que lo ha mantenido cosido a su pasado, comienza poco a poco, y con enorme dolor, a desplomarse.

El príncipe de las mareas

El príncipe de la mareas muestra sin tapujos una patología frecuente: ocultar de por vida secretos vergonzosos. Cuando se le niega a alguien la posibilidad de la reparación que otorga la confesión de aquello que oprime el alma, a otro ser humano que pueda mostrarse compasivo, se lo condena a vivir como paria, en una suerte de destierro del resto de la humanidad. Se le condena, además, a vivir una deforme vida de Sísifo, cargando incesantemente la pesada roca de la culpa, de la vergüenza, y de unos intolerables recuerdos que, cual fauces, desgarran los tejidos internos, eternamente sangrantes. La psique enferma, inevitablemente. Aparece la oscura depresión, las diversas formas de locura, la violencia, o, sin duda, la casi imposibilidad de amar y dejarse amar… a menos que haya alguien, alguien dispuesto a escuchar, y que al hacerlo, ambos, alquímicamente, transmuten la palabra dicha y escuchada en llave que abra la cárcel del silencio.

Tenemos que saber, sin embargo, que frente a los secretos vergonzosos no se trata de apurarse a revelarlos, lo cual puede resultar tan dañino como mantenerlos ocultos permanentemente. Hay que prepararse antes de, por fin, sentir que podemos cambiar el calvario de la vergüenza por el dolor de la confesión, a la persona adecuada. Y los chances de equivocarse, abundan…

Streisand otorga un tono particularmente íntimo a la narración de El príncipe de las mareas, al usar el recurso de la voz en off de Tom, confesándonos la historia de su infancia. Y nosotros escuchamos compasivos, y conmovidos, su drama, y al hacerlo nos convertimos un poco en sus confesores, y por ello, quizás también alguna llave surja para nosotros, que eventualmente nos libere de lo que yace oculto en nuestro interior…

La actuación de Nick Nolte es, además del guión, uno de los elementos más valiosos de esta película para mostrar el sufrimiento del ocultamiento. Este actor de enorme fuerza dramática, aquí logra unos registros magistrales. Lo vemos pasar de la furia que siente el hombre grande, fuerte, y entrenador de futbol para más señas -cuando Lowenstein lo va desarmando a fuerza de preguntas, y empieza a acercarse demasiado a lugares intocables- a la extrema vulnerabilidad que lo lleva a transformarse, mediante orgánicos gestos y tonos de voz, en el niño aterrado, indefenso, al que le ocurrieron cosas “que no sabía que le podían pasar a un niño” y que lo llevan a desear morir. Luego, llega el llanto largo, profundo, liberador, y el abrazo entrañable que le devuelve su humanidad. Más adelante, y después de haberse atrevido a hablar y a amar, puede finalmente sentir que “en Nueva York aprendí que necesitaba amar a mis padres con todos sus defectos y destructiva humanidad. Y que en las familias no hay crímenes imperdonables. Pero el misterio de la vida es lo que me nutre ahora”.

Por contraste, existe otro tipo de secretos. En otra famosa historia de amor, magníficamente interpretada tanto por su director, Clint Eastwood, como por Merryl Streep, nos encontramos ante un secreto elegido. Uno que la protagonista quiere guardar para sí, y confesar a sus hijos sólo cuando ya no esté viva. Para que la conozcan mejor, para que sepan aún más cuánto los amó. En Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), Francesca Johnson conoce a Robert Kincaid, un fotógrafo que suele recorrer el mundo, y que con su aparición en ese apartado lugar, transforma la vida de esta mujer casada, y madre de dos hijos. Y la suya.

Los puentes de Madison

Estos dos personajes maduros, de vidas tan diferentes, se enamoran, y durante unos pocos días viven una pasión que los deslumbra. Luego Francesca, no sin un enorme desgarro interior, decide permanecer junto a su familia, pero mantener vivo el recuerdo de ese extraordinario amor hasta el final. Y Clint Eastwood, para contárnoslo, nos regala una de las más conmovedoras escenas jamás filmadas. La cámara nos muestra lo que Francesca ve: a Robert aguardando en vilo bajo la lluvia a que ella se decida a bajar de la vieja camioneta que conduce su marido. O nos muestra un primer plano de su cara, mientras no aparta sus ojos -tan mojados como la calle donde él espera- de ese hombre que le ha devuelto la vida, o un plano detalle de su mano, que sólo atina a agarrar la manilla de la puerta y… a seguir mirando, dentro de la camioneta, junto a su marido que va conduciéndola hacia oro destino. Todos lloramos.

Un tiempo después sí hay alguien con quien ella decide compartir su secreto. Lucy Redfield, mujer repudiada en esa pequeña comunidad -también por acciones inconfesables-, es a quien Francesca, en un pequeño y simbólico gesto de rebeldía, escoge para hacerla su confidente. Ambas mujeres se reconocen, se acompañan, en sus furtivos paseos junto al río. Y está, claro, la larga y profunda carta confesional que, llenos de asombro e incredulidad, leen los hijos de esta amante secreta, hasta que decide dejar de serlo y, con ello, les expande la vida, también… No se trata de un secreto vergonzoso, se trata de un regalo de vida: el amor y las elecciones.

La intimidad de los vínculos, y de la propia vida, queda hermosa y fielmente filmada en Los puentes de Madison, no sólo gracias a las actuaciones de Eastwood y Streep, quienes con evidente química, y maestría en el oficio, trasmiten pasión y sufrimiento sin estridencias, o a los colores pasteles y luz sepia presentes en escenas clave, sino a la sofisticada banda sonora repleta de íconos del jazz de los años cincuenta, escogida cuidadosamente por Eastwood, reconocido amante de este género -entre quienes encontramos a Dinah Washington, Johnny Hartman o Hal Mooney- y que contrasta con la sencillez de la vida rural donde esta apasionada historia de amor tiene lugar. La música es, sin duda, el tercer protagonista de este largometraje.

 

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