Investigamos 

Los muros etéreos

La prisión termina, la prisión malvada, pero continúa la prisión del alma.
Silvio Rodríguez

Alejados de la restrictiva realidad visible que de cierto modo nos limita la capacidad de pensamiento crítico y de observación, hallaremos un lugar de paz intelectual, un espacio remanso que nos permite atravesar los muros tangibles de la realidad. Es ahí donde quiero que nos situemos. Es ahí donde parte nuestro viaje. Cuando se piensa en una prisión o en una cárcel, es inevitable que la imagen típica de unos muros y unos barrotes nos inunde la razón. Sin embargo, más allá de las ataduras físicas, existen multitud de presidios que nos amarran el alma. Y es que cualquier lugar del que no sales es una prisión. Partiendo de este punto podemos ser capaces de crear una lista de cárceles que nos aprisionan y nos limitan. Miedo, incultura, vergüenza, ansiedad o soledad pueden ser solo algunas. Porque todos y cada uno de los seres humanos nos enfrentamos a ellas cada día. Todos y cada uno intentamos librarnos de sus cadenas. Así, nos damos cuenta de que existen muchas otras prisiones capaces de ser más represivas, pese a que primera vista no sean tan visibles. Con esta premisa, realizaremos una travesía acerca de las prisiones metafóricas de algunas obras maestras del séptimo arte.

La jaula social

El viaje da comienzo en una pequeña ciudad costera, donde dos semanas al año se convierte en el epicentro del mundo cinematográfico, Cannes. En el festival, dos años después del comienzo de la década de los 60, el genio Luis Buñuel estrenaba una de sus obras más impactantes, El Ángel Exterminador (1962). Pese a la fría acogida de la época, el tiempo ha colocado esta película en el pedestal que se merece. Y quizás ambas situaciones tengan una justificación común: la incapacidad de generar una explicación exacta de la película. El largometraje cuenta la historia de un grupo de personas adineradas que, después de asistir a una ópera, son invitadas a una cena en la mansión de uno de ellos. Tras terminar de comer, los invitados descubren que por razones inexplicables no pueden salir del salón. Al prolongarse la situación durante varios días, la cortesía y los buenos modales dejan paso al más primitivo y brutal instinto de supervivencia.  En comparación con otras producciones de Buñuel, caracterizadas por un surrealismo potente, como pueden ser Un perro andaluz (Un Chien anadalou, 1929) o La edad de oro (L’âge d’or, 1930), esta película es más moderada en ese sentido. Sin dejar de lado la huella característica del director, los hechos aparentemente inconexos, característicos del surrealismo, se dan de forma más esporádica, siendo una narración más entendible y natural. Quizás porque el hecho más incompresible e ilógico sea el que impulsa toda la trama.

“Todos tienen derecho a interpretarlo como quieran”, dijo Buñuel acerca de la película. Sin embargo, en esta ocasión no estaba interesado en metáforas, buscaba ser directo. Con un primer vistazo, mediante un análisis superficial, es sencillo averiguar que todos los prisioneros tienen un punto fuerte en común. Todos son burgueses. Además, las irrefrenables ansias de los sirvientes por salir de la mansión acentúan y dan más sentido a esta particularidad. Por lo tanto, el encarcelamiento selectivo nos da una pista sobre las intenciones de Buñuel. El director busca exponer las características más infames de esta decadente clase social. Logra despojar las pretenciosas etiquetas de las que tanto alardean y dejarlas completamente desnudas. Cada uno de los prisioneros, poco a poco, sucumbe y cede ante la prisión, mostrando su verdadera piel.  Mediante la intencionada repetición de las escenas, como cuando el anfitrión alza el brindis dos veces o el grupo entra dos veces en la casa, remarca más la agonía, la mediocridad y las falsas apariencias de los burgueses. El declive comienza cuando el personaje de Silvia Pinal comienza a doblar una servilleta con suma elegancia y delicadeza para, en un brote de histeria, lanzar una piedra contra la ventana. Es ahí cuando interiorizamos el sentir de los prisioneros y el sentido de la propia película, esas ansías contradictorias tanto de libertad como de convicciones personales, que son principalmente los cimientos de la propia cárcel.  A partir de esto, la caída en barrena del grupo se hace notable. El Ángel Exterminador consigue mostrar cómo la burguesía está atrapada detrás de las máscaras donde esconden su salvaje y marchita humanidad. En esta ocasión, la prisión que somete a los personajes no es más que los propios muros que levanta su clase social, olvidándose así, que todos tenemos un mismo origen.

“Si la película que van ustedes a ver les parece enigmática o incongruente, la vida lo es también. Es repetitiva como la vida y tiene, como ella, muchas interpretaciones”, comentaba Luis Buñuel antes del estreno. Y es que de la misma forma ilógica en la que el grupo queda encerrado, logra salir del salón. Repitiendo la misma situación del principio, en la que el personaje de Patricia de Morelos interpreta a piano la Sonata nº 6 de Domenico Paradisi. Una de las 20 repeticiones que hay a lo largo de toda la película consigue abrir los barrotes de la prisión. El círculo se rompe sin saber por qué. Sin razonamiento lógico. Y quizás la mejor explicación racional posible para El Ángel Exterminador sea esa precisamente, que no tiene ninguna.

El lastre de los bienes

Retrocediendo en el tiempo un par de décadas y saltando de continente, nuestro viaje nos lleva a una producción estadounidense muy particular. Hablamos de Náufragos (Lifeboat, 1944), película dirigida por el afamado director británico Alfred Hitchcock. El largometraje narra la historia de un conflicto naval entre los aliados y los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Ambos barcos quedan hundidos y solo ocho pasajeros consiguen sobrevivir y llegar a un bote salvavidas. También recogen a un nazi que está a punto de ahogarse, lo que provocará diversas tensiones entre los tripulantes. Con no demasiadas facilidades para producir la película, Hitchcock elabora un producto asfixiante, complejo y tremendamente cautivador. Miseria, odio, miedo, desolación, amor, desconfianza, locura…son solo algunos de los sentimientos que nos muestra, a través de un magistral recorrido por la naturaleza humana. Dejando de lado el marcado mensaje propagandístico, la película consigue mantener a flote las apariencias y los profundos instintos de las personas, salpicado todo por los prejuicios que se instalan en nuestra conducta. Como una tormenta que arrecia, la tensión aumentará conforme se aglutinen las desgracias. Las desconfianzas y los miedos tomarán el control del bote, dejando paso a brotes de violencia, verbal en un principio, pero extremadamente física al final.

Al contrario de lo que pueda parecer, en Náufragos, la prisión es metafórica y psicológica. Es cierto que existe una restricción espacial en los límites del bote salvavidas, pero realmente Hitchcock nos muestra otro tipo de atadura. El barco es una representación a escala de lo que es el mundo y de la naturaleza humana. En 1944, al final del conflicto bélico mundial, los esfuerzos de la industria cinematográfica se centraban en lanzar mensajes, y esta película no iba a ser menos. “Quisimos mostrar que las democracias estaban en completo desorden, mientras que los alemanes sabían todos a dónde querían ir. Se trataba de un toque de atención a los demócratas”, explicó Hitchcock sobre la intención de su película. Pero más allá de la representación del mundo, el largometraje ahonda en la psique humana. Pese al reparto coral, una figura atesora y canaliza las vicisitudes de los navegantes, la reportera Constance Porter. Al comienzo, el personaje de Tallulah Bankhead aparece impecablemente vestida y maquillada, algo extraño para haber sufrido un naufragio. Pero según avanza la película nos damos cuenta de que está hecho a propósito para ejemplificar la decadencia del propio personaje, que realiza un viaje introspectivo hacia la esencia del ser humano. Poco a poco, su necesidad de aparentar, como sus propios bienes, se van hundiendo en la inmensidad del mar.

Una media rota, la cámara fotográfica, su abrigo de piel… todo a lo que ella le daba importancia se aleja. Así, capa a capa, no el cuerpo sino el alma, queda desnudo. Todo ese atavío no es más que un disfraz tras el que esconder la profunda mezquindad del ser humano. Y hasta que no suelte el último lastre, encarnado en una pulsera de diamantes en la película, no podrán ser libres. Se trata, por tanto, de una prisión metafórica, el barco no es más que nuestra falsa necesidad y apego hacia los bienes materiales olvidándonos de cultivar nuestro alma. Si no logramos despojarnos de ellos, quedaremos a la deriva en un océano de superficialidad.

Gritos ahogados

El último destino de nuestra travesía nos sitúa en una época más reciente, 1972. En España, en unos tiempos donde la censura estaba a la orden del día, salía a la luz en la televisión pública un mediometraje que trascendería tiempo y espacio, La cabina.  El producto de Antonio Mercero se posicionó rápidamente como favorito en decenas de premios, destacando el Emmy de ese mismo año. Y no es para menos. La película narra la progresiva angustia de un hombre que se queda atrapado en una cabina telefónica. Lo que en principio parece un contratiempo sin trascendencia, se convierte poco a poco en una situación tan inquietante y terrorífica que provoca en el protagonista una desesperación y una ansiedad sin parangón. La película conjuga intriga y suspense, logrando transmitir la sensación de agonía que sufre el personaje, interpretado por el actor José Luis López Vázquez. En una atmósfera surrealista, el metraje trascurre sin apenas diálogos salvo las pequeñas intervenciones de los transeúntes que se ríen del prisionero. Mientras, el protagonista, es arrebatado de toda condición comunicativa a salvedad de sus gestos ahogados. Metáfora social perfecta de un país que estaba moribundo por culpa de la sanguinaria dictadura, en la que muchos clamaban libertad pese a que eran silenciados. El sentir de una sociedad necesitada de evolución que quería que se le escuchase, solo recibía mofas e indiferencia de los que transitaban alrededor de la cabina.

En un plano personal, la cabina representa una de las peores prisiones que podemos encontrarnos, las que están hechas a medida por y para nosotros. Es el protagonista el que, por propia voluntad, entra en ella y, sin querer, se cierra la puerta. Es una prisión a la que, sin darnos cuenta, poco a poco nos adentramos hasta el punto de no retorno. Simboliza esa dejadez provocada por el miedo, en la que el ser humano no quiere darse cuenta de los problemas. Lentamente, un abrazo mortal nos ahoga. Tras cansinos esfuerzos por abrir la puerta, el personaje de López Vázquez busca ayuda sin éxito en las personas que pasean a su alrededor. Es una prisión personal y nosotros somos los únicos que podemos escapar de ella. Somos engullidos por la sociedad, pero nunca cohesionados. El individualismo, el Yo, impera sobre cualquier agrupamiento. Tras los infatigables intentos del hombre por escapar y los endebles esfuerzos de los transeúntes, unos operarios cargan la cabina en un camión para llevárselo. Pronto, las ilusiones del protagonista por ser rescatado por la empresa quedan enterradas. En el trayecto, el hombre observa cómo otra persona está en una cabina idéntica pero, al contrario que él, sale de forma natural. Es la certificación de que es posible salir de la prisión, de romper la cadena de esos miedos que atrapan. Sin embargo, el protagonista es incapaz de lograrlo. El destino final de este pobre hombre que, en apenas unas horas, ha visto cómo su mundo se desmoronaba, es un enorme almacén. Un habitáculo donde se encuentra con millares de cabinas como la suya, donde otros muchos sucumbieron por no escapar de su prisión. Un lugar donde perecen los sueños.

El viaje termina y nuestra perspectiva cambia. Cada gota de conocimiento nos abre las puertas a un inmenso mar. Cada paso descubrimos nuevos caminos que recorrer.  Sabemos que la vida nos pone obstáculos. Muchas veces parecen imposibles de sortear, otras veces somos nosotros mismos los que nos encerramos. No sabemos si podremos escapar de nuestra prisión tocando la sonata de Pietro Domenico Paradisi o tendremos que hundir en el mar nuestros bienes materiales, pero lo que es seguro es que hay que escapar antes de que nos consuma como la cabina.

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