Críticas

El optimismo de Ken Loach

La parte de los ángeles

The Angels' Share. Ken Loach. Reino Unido, Francia, Bélgica e Italia, 2012.

Robbie (Paul Brannigan) es un adolescente que acaba de ser condenado a trabajos a la comunidad. Conocerá a Rhino (William Ruane), a Albert (Gary Maitland) y a Mo (Jasmin Riggins), una peculiar pandilla que tiene problemas con la justicia y que al igual que él deben reparar el daño causado realizando servicios comunitarios. Harry (John Henshaw) será su guía durante estos trabajos con afanes rehabilitadores, a la vez que les abrirá un mundo nuevo: el de la cata del whisky, convirtiéndose así en su ángel de la guarda.

La filmografía de Ken Loach se ha caracterizado siempre por dar voz a los obreros, a los parados, a las madres solteras, a esos sectores olvidados por los Estados de Bienestar, a los fracasos de las ayudas sociales, y servir así de denuncia, lo que le ha convertido en el cineasta del proletariado. En ocasiones tildado de demagogo, no se pueden negar sus intenciones de hacer un cine diferente, comprometido y arriesgado que ha sabido mantenerse al otro lado de las corrientes fílmicas que lideran las taquillas, ofreciendo su particular estilo mundano, de la calle, sin abandonar sus principios.

A pesar de la ligereza de su guión, consigue conectar con el espectador, conquistando un vínculo de empatía no sólo con el relato sino con los personajes.

Sus diálogos están en perfecta consonancia con el argot y el entorno de sus protagonistas. El contexto de drama en el que estos se hallan inmersos contrasta y, a la vez, combina con la inserción de momentos de gran comicidad.

El film alterna escenas duras, algunas desagradables, incluso grotescas, otras burlonas y amables que confluyen en este relato sobre amistad, lealtad y amenazas, en un mundo en el que el pasado conflictivo se adueña del futuro de las personas, y la lucha por romper las tradiciones deviene complicada.

Secuencias como la del cacheo de los protagonistas vestidos con los kilts, y en general todas aquellas intervenciones de Albert, nos obsequia un contrapunto ácido a un argumento que no ofrece sorpresas pero que deleita por la autenticidad de las interpretaciones y el modo en el que las situaciones son planteadas.

Que Ken Loach se compromete fielmente con sus personajes, es algo a lo que ya nos tiene acostumbrados y aquí vuelve a hacerlo, ejerciendo de testigo de sus historias con su cámara, por llanas que éstas resulten y consiguiendo que el pulso narrativo no decaiga. El guión contiene un cambio de registro brusco en el que el espectador se verá forzado a olvidar el drama que acompaña al segmento inicial del film, cuando éste queda relegado a un simple antecedente social. El desarrollo de la acción principal navegará por el terreno de la comedia durante el resto de la película, cuando ésta se convierte en un divertido viaje que regalará a sus protagonistas una nueva oportunidad de encontrarse consigo mismos, de cerrar una etapa y de empezar una nueva.

Robbie es un personaje muy bien perfilado. Conoceremos todo de él: su pasado, sus adicciones y sus problemas con la justicia. En el contexto social en el que nos movemos, la figura de Robbie bien puede representar a una generación que se ha visto afectada por un sistema ineficaz, por unas tasas de desempleo desorbitadas y un futuro desesperanzador. La profundidad psicológica de la secuencia en la que se encuentra con su víctima, bajo la tutela de los servicios sociales, ofrece una intensa emotividad de todos los involucrados en ella y refleja una intencionada y efectiva medición de los estados emocionales por parte de Loach.

Ni el director ni el guionista abandonan el compromiso de la trama en el protagonista, sino que parte del éxito de la historia radica en el peso de los secundarios, en especial el de Albert, que  abre la película y mantendrá su tono cómico durante todo su desarrollo, al más puro estilo de Homer Simpson.

Es en el duro entorno en el que sobreviven todos ellos donde Loach deposita su ineludible crítica y denuncia a la situación desventajada de una clase social que tiene muy difícil acceder al mercado laboral.

El whisky formará parte de ese camino de redención en el que se supone ha de ser el último desvarío de sus vidas. El vacuo futuro que les espera es algo que está escrito y que vemos continuamente a nuestro alrededor. Es por esto que su recurrente desafío a las normas se nos aparece, si no justificado, comprensible.

Los elementos estéticos resultan esenciales para ofrecer ese enfoque real al espectador. A pesar de que su fotografía, vestuario y ambientación pueden pasar inadvertidos, el buen trabajo técnico se aprecia en el efectivo traslado del espectador a los barrios más sufridos de Glasgow.

Bellas panorámicas de las highlands escocesas acompañan a los protagonistas durante su particular viaje, en contraposición con las zonas más deprimentes de la ciudad.

En tiempos de crisis y desesperanza se agradece el giro de tuerca de Ken Loach, quien nos sorprende con una comedia  que se aleja de su tono de denuncia habitual, impregnando su historia de un halo de optimismo, a la vez que nos regala una velada moraleja sobre las segundas oportunidades. Loach nos da un respiro de su dramatismo habitual, en una obra que resulta ser un canto a la rehabilitación, que aunque tibio, viene bañado en whisky.

Tráiler:

Ficha técnica:

La parte de los ángeles (The Angels' Share),  Reino Unido, Francia, Bélgica e Italia, 2012.

Dirección: Ken Loach
Guion: Paul Laverty
Producción: Rebecca O’Brien
Fotografía: Robbie Ryan
Música: George Fenton
Reparto: Paul Brannigan, John Henshaw, Gary Maitland), Jasmin Riggins, William Ruane, Roger Allam, Siobhan Reilly

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