Críticas

Fobias mortales

La noche de los muertos vivientes

Night of the Living Dead. George A. Romero. EUA, 1968.

La muerte, en tanto elemento negativo, parte final de cualquier movimiento neurálgico de los seres vivos (de los cuales, por lo menos, formamos parte), se suma a las fobias del hombre, necesaria agresividad de un mundo (¿un universo?) que no nos quiere y que intenta arrebatarnos los pocos años que nos son entregados desde el día de nuestro nacimiento. Se llega así a un rechazo completo de la pérdida del instinto vital, de aquella afirmación rotunda y concreta que nos hace decir no solo que estamos con vida, sino que, si nos fuera posible, aceptaríamos cierto grado de inmortalidad (se supone que esta se una a la eterna juventud). La muerte, entonces, nos provoca y suscita cierto miedo del cual nos cuesta mucha labor deshacernos por una cuestión de carácter biológico: en tanto animales, no queremos morir, ya que nuestra desaparición significaría la pérdida de parte del conjunto humano, vehículo de transmisión de nuestro ADN. No resulta difícil entender, entonces, la razón que nos lleva a tener cierta fobia también en relación a la representación de una muerte después de la vida, una muerte que logra moverse y cuyo único objetivo es comerse a otros seres humanos.

Quizás aquí se encuentre la clave de la fortuna de la película de George A. Romero (1940-2017), rodada cuando él no tenía ni treinta años. Obra maestra del cine de horror, evento apocalíptico que abre las puertas a la evolución del género y demuestra la importancia de trabajar de forma independiente, agarrándose a la libertad creativa que nos permite (si tenemos la constancia) llegar a nuestro objetivo sin tener que bajar la cabeza ante los caprichos de un productor o de un studio que no nos entiende (no todos los productores ni los studios son así, afortunadamente), Night of the Living Dead define la aparición de un nuevo público también, aquellos jóvenes que no le tienen miedo al splatter y que empiezan a exigir de las películas que se les ofrecen una mayor profundidad y la capacidad (la necesidad) de acercarse a puntos de vista más maduros, quizás más feroces pero siempre de carácter adulto.

El zombi llega así a encontrar el sitio en el que poder estar, espacio perfecto de una criatura que, si bien muerta, sigue viva. Si la película empieza con una visita a un cementerio durante el día o la tarde (el sol sigue en el cielo), su desarrollo sitúa a los personajes en una casa, aumentando de esta manera el carácter profundamente asfixiante que vamos experimentando a lo largo de los eventos que se abren ante nuestros ojos. Esta necesidad de cerrar el espacio, acto debido quizás por una cuestión de recursos, crea una visión de microcosmo (el hombre) y macrocosmo (los zombis) que pone de manifiesto la diferencia cuantitativa y cualitativa que se desarrolla entre el mundo diminuto de los vivos (nosotros) y el mundo casi infinito de los muertos (ellos), como si ya no estuviéramos en el comienzo de una lucha por la supervivencia, sino en el acto ex post: los zombis de Romero ya han ganado, y la humanidad está a punto de desaparecer.

Efectivamente, la supervivencia es el tema fundamental de esta obra. No estamos ante la clasificación clásica de buenos vs. malos, ya que el zombi no sigue un objetivo preciso, resultado de una elección (él quiere hacer daño) o de una problemática ontológica (él es el mal): el zombi es una máquina perfecta, una criatura que no tiene sentimientos ni capacidad de pensamiento, y cuyo único deseo (si de deseos podemos hablar) es comerse a los seres vivientes, pero solo a los humanos. Se trata así de cadáveres que han vuelto a la vida (pero, ¿acaso vivimos de verdad?) y que nunca van a parar, su hambre sigue siendo insaciable. Lo que nos queda, entonces, es alejarnos de ellos, huir, escondernos, o reaccionar, matarlos (una segunda vez, pero solo si les disparamos en la cabeza), convirtiéndonos otra vez en lo que fueron nuestros antepasados, cazadores y defensores (de la tribu, obviamente, de la humanidad entera).

La estructura funciona. Lugar pequeño, personas que no se conocen, necesidad de escapar, pero acción, esta, imposible, hay enemigos que los rodean. Romero hubiera así podido seguir una técnica bastante simple y concluir la obra según los cánones clásicos: el héroe mata a los malos y se va con la chica. Pero aquí, otra vez, es donde encontramos la inteligencia del director: se revoluciona la disposición normal de los eventos, se le ofrece al público un punto de vista nuevo, más parecido al Hollywood de antes del Hays Code, con el resultado de no permitirle perder la concentración al espectador, ya que no puede imaginarse lo que va a pasar dentro de poco. Absurdo, sí, pero genial: es aquí, efectivamente, que se nos muestra la presencia del realismo, de producir eventos plausibles, verdaderos en su ficción, trasladables al mundo en el que vivimos.

Hay que volver al principio. La muerte nos da miedo, la muerte es una de nuestras más grandes fobias. Pero, ¿qué es lo que los zombis de Romero nos suscitan, exactamente? ¿De dónde viene aquel asco irresistible, aquel terror que toma posesión de nuestra mente, provocándonos pesadillas? Se trata de una simple observación que se esconde detrás de aquellas imágenes tan fuertes: no es tanto una cuestión de que los zombis se hayan apoderado de nuestro mundo, destronándonos a nosotros, los humanos vivos de nuestro supuesto trono, sino que en la evolución de las especies acabamos de convertirnos en simple presas. Ya no somos seres divinos, sino comida.

Ficha técnica:

La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead),  EUA, 1968.

Dirección: George A. Romero
Duración: 96 minutos
Guion: George A. Romero, John A. Russo
Producción: Karl Hardman, Russell Streiner
Fotografía: George A. Romero
Música: William Loose
Reparto: Duane Jones, Judith O'Dea, Karl Hardman, Marilyn Eastman, Keith Wayne, Judith Ridley

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