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La magia de la ausencia

Alfred Hitchcock

“Van dos hombres en un tren y uno de ellos hace un pregunta: “¿qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?”. El otro contesta: “ah, eso es un Mcguffin”. El primero contrariado insiste: “¿qué es un McGuffin?”, y su compañero de viaje le responde: “un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia”. “Pero si en Escocia no hay leones”, le espeta el primer hombre. “Entonces eso de ahí no es un McGuffin”, le responde el otro.  Así explicaba el maestro del suspense, Alfred Hitchcock, su famosa expresión para nombrar a aquel elemento de intriga que hace que los personajes avancen en la trama, pero que no tiene mayor influencia ni importancia en la acción de la película. El director inglés, reconocido por sus películas psicológicas y de intriga, hizo uso de esta técnica hasta la extenuación; y en numerosas ocasiones, el McGuffin se presentaba en forma de objeto ausente. Es decir, una pieza en la trama que no hace acto de presencia en el largometraje pero que, sin embargo, es fundamental para el devenir de la misma. Bajo esta premisa, Hithcock cimentó su primera película en suelo americano, Rebecca (1940). El largometraje está basado en la novela homónima, publicada en 1938, de la escritora Daphne du Maurier. El relato se caracteriza por una alta dosis de drama, psicología e intriga; todo lo necesario para que Hitchcock se sintiese atraído por ella. La historia comienza al poco tiempo de que el aristócrata inglés Maxim De Winter (Laurence Olivier) quede viudo tras la muerte de su esposa Rebecca. En un viaje a Montecarlo, Maxim se enamora de una joven (Joane Fontaine) y se casan. Rumbo al Reino Unido para conocer su nuevo hogar, la nueva señora De Winter se da cuenta de que todo en la mansión en donde viven está impregnado del recuerdo de Rebecca. Y no solo en la mansión, porque el objeto ausente en la película, ese que acciona y hace avanzar la historia, es precisamente la ex esposa de Maxim De Winter.

En muy pocas ocasiones, ha habido alguna película en la que alguno de sus personajes no aparezca ni en un solo plano durante el transcurso del largometraje. Y menos aún un personaje que se precia tan importante como en este producto de Hitchcock. Rebecca eclipsa al resto del reparto en prácticamente todos los actos. El primero de ellos transcurre en la ciudad de Montecarlo. Es la etapa más feliz de ambos protagonistas, en la que se les ve sonrientes y radiantes. Hitchcock busca, en esta primera instancia, dar luz en todos los planos y cerrar el encuadre con el fin de agrupar a la pareja lo más cercana posible. De la claridad, pasamos a la oscuridad de la mansión Manderley en el segundo acto. Nada más llegar, comienza a llover, como presagio de la tristeza que le tocará vivir a los protagonistas. En esta parte, cuando aparece Joane Fontaine en escena, Hitchcock busca mostrarla lo más insignificante posible para exponer de forma visual lo acongojada que está. Los planos donde se encuentra ella sola son muy abiertos, buscando ese contraste de asfixia y agobio entre la casa y la nueva señora De Winter. En el último acto, el personaje de Fontaine sufre un leve cambio de personalidad, erigiéndose más fuerte y segura de sí misma, combatiendo el dominio de Rebecca. Además, el personaje de Laurence Olivier comienza a abrirse sentimentalmente y la alianza con su esposa se afianza hasta el final de la película.

Desde un principio, nos damos cuenta del impacto que tiene la oposición, la ausencia en la forma y el contenido de la acción. Todo en base al etéreo personaje de Rebecca en comparación con la nueva señora De Winter. El personaje de Joane Fontaine se muestra durante casi toda la película como una persona acomplejada y muy insegura, todo lo contrario a Rebecca. Ahí empieza la contraposición, lo opuesto. No es preciosa, no es elegante, no es inteligente, etcétera. Por tanto, se caracteriza por lo que nunca podrá llegar a ser. Y durante toda la trama así se manifiesta, puesto que constantemente se habla de un pasado enigmático que, evidentemente, se nos niega de manera visual. Además, de modo más palpable, se le prohíbe la estancia en el dormitorio de Rebecca. Espacio que se le niega al espectador hasta casi el final del largometraje. Por otro lado, está el concepto de ausencia. El personaje de Fontaine no tiene destreza, no tiene temple y tampoco confianza. De hecho, el personaje carece de nombre de pila, solo se le conoce como señora De Winter. Característica muy importante, porque agudiza más aún la poca importancia con la que se le trata. También es notable la ausencia física del personaje con más peso, la propia Rebecca, que únicamente está presente en las historias de los demás personajes, en los objetos de la mansión y habitaciones.

Fotograma Rebecca

Rebecca, el objeto ausente, tiene una  presencia abrumadora en la película. No solo a través de ambos protagonistas, sobre todo la nueva señora de Winter, sino también por medio del resto del reparto. No hay personaje con peso que no pronuncie el nombre de Rebbeca ni tampoco que cuente alguna anécdota concierniente a ella; desde su amante hasta el mayordomo, pasando por el hombre que vive en la cabaña de la playa. Y no hay nadie en el reparto en que se note más la influencia de Rebbeca que la señora Danvers, interpretada por Judith Anderson.  Danvers cumple el papel estereotipado de ama de llaves recia y contundentemente seria. Desde un primer momento, el desprecio por el personaje de Joane Fontaine está patente. “Este no es el dormitorio de Rebecca, este solo se usa para alojar a los invitados de paso”, le comenta Danvers en la primera conversación que tienen. Asfixia más aún al personaje de Fontaine, ya de por sí frágil. Es el brazo ejecutor de Rebecca, la presencia física visible de lo que era la señora De Winter. Sin duda, es la representación perfecta del influjo e influencia que tenía el personaje de Rebecca sobre las personas y sobre la trama completa.

En la época en la que se rodó la película, existía la posibilidad de realizarla en color, no obstante, Hitchcock prefirió crearla en blanco y negro, porque no quería que la gente se distrajese en banalidades. Como gran conocedor de la psicología humana, optó por simplificar y dar facilidades al espectador. Pero nada es tan obvio y sencillo como cambiar de color a blanco y negro. Al rodar sin color, la luz juega un papel importante, así como la posición de los personajes o los materiales a utilizar. Dada la necesidad imperante de rodar bajo estas condiciones, Hitchcock buscó utilizarlo como un elemento narrativo más. Lo relacionado con el objeto ausente de la película, es decir Rebecca, tiene un tono mucho más oscuro que el resto de los objetos. Estos elementos producen más sombras, adquiriendo un cariz tétrico y dando mayor presencia y asentamiento al personaje de Rebecca.  Además, su cuarto y la señora Danvers están envueltos en color negro. Como contrapunto, el personaje de Joane Fontaine siempre viste con tonos más claros y tiene una iluminación más pronunciada que el resto de personajes. Con ello, trasmite la oposición anteriormente comentada entre Rebecca y la nueva señora De Winter, mostrando al personaje de Fontaine más bondadoso y apacible que la amenazante Rebecca. Hitchcock, como es común en sus películas, vuelve a jugar con la naturaleza dual de la vida y de las personas: el bien y el mal.

El dominio de la historia por parte de Rebecca se incrementa en el segundo acto. Ya en la mansión Maderley, Maxim De Winter está muy ausente, lo que obliga al personaje de Fontaine a estar mucho tiempo a solas. Pese a ser su hogar, la nueva señora De Winter se muestra siempre acomplejada y perdida. Ya no existe, pero Rebecca sigue dominando la casa. Sigue estando igual desde que ella muriese, sus cartas en el despacho, el perro esperándola y su habitación impoluta. El personaje de Fontaine se empequeñece por momentos bajo la presión de la señora Danvers, mano ejecutora de Rebecca. Pero lo verdaderamente perturbador es la habitación prohibida que desempeña el núcleo y la fuerza “vital” remanente de la primera señora De Winter. De hecho, el momento catarsis llega cuando la nueva huésped entra en dicha habitación. Hitchcock crea la escena más terrorífica e inquietante de toda la película. El cuarto se muestra inmaculado, mostrando la perfección que atesoraba Rebecca, grande y espacioso como el poder que tenía y agobiante como las sensaciones que experimenta la señora De Winter.

Fotograma Rebecca

Lo fundamental ocurre cuando la señora Danvers aparece en la habitación, sorprendiéndola. Esta comienza a amedrentarla con historias de cómo era Rebecca y lo bien que lo hacía todo. Poco a poco, el personaje de Fontaine se derrumba y piensa incluso en el suicidio, alentado por la sirvienta. En esta escena, la señora Danvers está cargada de sombras, mostrando su poderío y seguridad. A la vez, se muestra a una señora De Winter más hundida que nunca. Hitchcock enfatiza la superioridad intentando mostrar una presencia que no existe, la de Rebecca, no solo mediante la señora Danvers, sino jugando con la perspectiva y la sensación de que sigue viva a través de su habitación. No obstante, el personaje de Fontaine sale vivo y reforzado de la habitación, el rol dominante se intercambia con Rebecca, que disminuye su fuerza a medida que transcurren los minutos siguientes. La catarsis concluye con Rebecca abandonando la mansión, porque ahora es el personaje de Fontaine la nueva señora De Winter, que a partir de ese momento se muestra mucho más segura que antes.

Como vemos, la importancia del objeto ausente en Rebecca es fascinante. Alfred Hitchcock teje una película con base y en torno a un personaje que ni siquiera aparece pero que, sin embargo, se apodera del título del largometraje. Desde la señora De Winter hasta su amante, Rebecca ejerce su influencia en todo el reparto. El maestro inglés nos deleita con una película sobrecogedora, intrigante y profundamente compleja. Borda la utilización de todos los elementos fílmicos. Conjuga un gran uso funcional de la cámara con la mejor utilización jamás vista de un objeto ausente. Rebecca eclipsa a todo el reparto, como Hitchcock eclipsa toda película de suspense.

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