Series de TV 

La línea invisible

Vista de un tirón en Movistar, La línea invisible, de Mariano Barroso, sobre la gestación de la banda terrorista ETA y su decisión de pasar a la lucha armada, se disfruta, sin perder un ápice de los acontecimientos, inspirados en eventos reales. Seis capítulos y con una duración individual no superior a los 45 minutos que facilita mucho la visión. La serie explora uno de los episodios más infames y desgarradores de la reciente historia de España. Hablar de terrorismo y enfocar el punto de vista desde las entrañas de la bestia es una decisión arriesgada y lacerante por el reguero de muerte y sangre dejado. A mi modo de ver, soy testigo de una obra valiente y cauta a la vez. Maneja los resortes de la memoria sin demagogia, articulando unos hechos que, no por dolorosos, deban permanecer en el anonimato. Mariano Barroso ha forjado un documento afilado y certero, que no deja indiferente. Hacía tiempo que en la industria audiovisual española no se trataba un tema de fuerte calado político y social con la serenidad y crispación que su contexto requería.

En el principal papel de la historia, el actor Álex Monner, que encarna a Txabi Echevarrieta, alias Pepe en la banda. Un estudiante de cuarto año de Ingeniería, en la Universidad de San Sebastián. Tiene una capacidad intelectual y científica muy desarrollada. En los ratos libres, escribe poesía y siente un arraigo muy profundo por la identidad vasca. En apariencia, un chico normal y corriente, con una novia muy guapa que le quiere y desea casarse con él. Un joven con un porvenir brillante y exitoso delante de sus narices. Con el formulario de una beca para estudiar un posgrado en Oxford casi confirmado. Que lo aparca todo para ejercer de líder en un grupo de alborotadores que desean redoblar esfuerzos y convertirse en una organización seria para luchar contra la opresión gubernamental y policial. Un individuo que absorbe la causa desde su propia casa, a través de su hermano, licenciado en Derecho, al que le sobreviene una enfermedad que le incapacita para realizar algaradas. Txabi se compromete a sustituirle y dar un paso adelante, radicalizar la postura de pelea. Este personaje, al que da vida, Álex Monner, con sus gafas, aire de resabiado, inteligente, tímido, romántico al estilo francés (abandona a su novia para no hacerla sufrir), se convierte en eje del relato y en uno de los primeros gudaris (guerreros en vasco) que empuñaron una arma contra un miembro de las fuerzas del orden españolas.

Su reverso, en el otro bando, el inspector de la brigada social de Guipuzcoa, Melitón Manzanas, otra sobria interpretación del camaleónico Antonio de la Torre. Un ser de aspecto apacible, bonachón, pero cruel e inclemente con los agitadores partidarios de la identidad vasca. Reparte estopa a gamberros o seminaristas. Le da igual. La tortura es su especialidad. Aprieta, incluso cuando los detenidos están postrados en una cama de hospital, recuperándose de las heridas de una refriega. Viste con una gabardina estilo Colombo y se adorna la cabeza con una boina típica, como dice él, de ‘las vascongadas’. Una persona (el guion y la dirección lo humanizan) casada, con una hija a la que adora, tiene una amante que le exige la solución del divorcio para estar juntos y no duda en leer e interpretar poesía (se compra un libro de Rimbaud), porque su enemigo se dedica a escribir versos libres de alegórica profundidad.

La línea invisible, con una buena ambientación y un contexto muy convincente, es el retrato psicológico de dos hombres enfrentados que nunca llegan a coincidir en plano. Por un lado, la tesitura de Txabi, obsesionado con la lucha armada, que deje atrás huelgas inservibles y acciones sin trascendencia mediática. Está influenciado por el carisma revolucionario de un sujeto apodado El Inglés (Asier Etxandía). Un petimetre burgués flemático, dibujado con arrogancia, que actúa como la voz intelectual, pero que no se mueve de su elegante guarida en San Juan de Luz (Francia). Desde su lujosa mansión mueve los hilos para que otros hagan el trabajo sucio. En el otro, Melitón es arrogante y sibilino, una apisonadora del poder, pero con trazas y gestos menos sensacionalistas. En este aspecto, la serie no es violenta y atenúa bastante los momentos cuando la policía castiga a los detenidos. También se detecta un cierto conservadurismo en la exposición ideológica. Como si hubiera miedo a ser más contundente en su postura política y a sobrepasar el planteamiento políticamente correcto y aceptado por un espectador al que le pueden escocer determinados asuntos.

En todo momento se ha buscado un tono reposado, nada crispado, fundamentado en el contraste dialéctico de presa y perseguidor. Se amaña, también, una visión sentimental y costumbrista de los dos rivales. Los guionistas se afanan por describirlos en sus áreas rutinarias, casas, caseríos, trabajos, estudios, reuniones. La credibilidad está muy presente. Hay una vocación realista en todos los sentidos. En la forma de vestir, de comportarse, de hablar, de interrelacionarse. Aspectos cuidados que dotan de una fisicidad ambiental tangible y creíble. Una caracterización escenográfica elaborada, que enmarca una zona muy concreta de España fotografiada con colores sombríos.

En líneas generales, una serie que desgrana dos estilos de vida de quienes optan por hacer ruido con las armas para salir del anonimato y promover una violencia para defender su ideología y aquellos otros que protegidos por el régimen someten al revoltoso a un estado policial como vía para que la represión funcione. Un avispero en tiempos oscuros que luego fue irrefrenable por parte de la banda cuando llegó la democracia a España. La línea invisible, con una sólida dirección de Mariano Barroso, cumple con el objetivo de trazar desde la ficción, aunque con raíz realista, una mirada sobre el ideario e impulso de una organización de matones que dejó la política para cruzar la línea roja y emprender una escalada criminal. El primer baño de fuego está muy bien hilvanado. Los terroristas son parados y obligados a una inspección de documentos por parte de una pareja de guardias civiles de tráfico. En ese instante laten las contradicciones y encrucijada de Primera Sangre; esos mecanismos psicológicos que revolotean en una algarabía de emociones. El deseo de descerrajar disparos, en oposición a dar un paso para el que no se han preparado, porque no son profesionales. Aparecen las dudas, vacilaciones, nervios, tensión, miedo, la respiración se agita hasta el definitivo impulso que te conduce a apretar el gatillo sin vuelta atrás. Un momento clave del último capítulo resuelto con rigor, narrado con efectividad y con bastante solvencia expresiva.

Aunque está expuesto de forma muy amortiguada en esta serie, uno de los temas fundamentales en esta cuestión es la figura de las madres. Aunque su importancia y significado se tratará en otro relato, «Patria», del escritor, Fernando Aramburu, que no tardaremos en ver.

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