Críticas

Del Toro y sus fantasmas

La Cumbre Escarlata

Crinsom Peak. Guillermo del Toro. Estados Unidos, 2015.

Poster promocional de La Cumbre EscarlataGuillermo del Toro vuelve al hogar con esta película de horror victoriano, tras años de agenda infernal, entre proyectos propios y ajenos. Si bien no ha abandonó del todo su producción como director, su participación en todo tipo de iniciativas audiovisuales le ha tenido ocupado en diferentes medios y formatos. Más allá de su vinculación al mundo del cine, del Toro se ha implicado en novelas y su paso a serie televisiva con su particular visión del vampirismo en The Strain. También lo intentó en el mundo del videojuego, gracias al prometedor regreso del clásico del terror Silent Hill, aunque, para disgusto de sus seguidores, la iniciativa quedó cancelada hace unos meses de manera bastante sorprendente. Cómo no, su faceta de productor le ha tenido bastante ocupado, y le hemos visto en los créditos de películas como la innecesaria trilogía del Hobbit o la decepcionante Mama (2013), por citar un par de títulos recientes.

En su versión de director, el realizador mexicano se ha ocupado de proyectos muy distintos y, dsde luego, muy alejados en el tiempo. Como realizador ha rodado apenas 3 películas desde 2008, con las energías volcadas, como decía, en esa cantidad ingente de proyectos con mejor o peor fortuna. Además, sus últimos títulos están bastante alejados de los lugares comunes en los que este particular cineasta se siente más cómodo, y hemos visto espectaculares divertimentos cercanos al cine de acción y aventuras con la segunda parte de las aventuras del héroe de Mike Mignola, Hellboy, o las titánicas batallas al estilo manga en Pacific Rim (2013). Esto demuestra la versatilidad y las muchas ganas de pasarlo bien que tiene del Toro a la hora de afrontar una película, pero La Cumbre Escarlata nos trae de regreso a un director que echábamos de menos. Volvemos a los ambientes lúgubres, a la fantasía anclada en el gótico más clásico, y esas historias de fantasmas con las que del Toro siempre consigue relatos escalofriantes marca de la casa.

Efectivamente, la idea del fantasma como ente ligado a lugares marcados por un momento terrible ya se ha visitado con anterioridad en la filmografía del mexicano. Para el recuerdo queda El Espinazo del Diablo (2001) o, en menor medida, la citada Mama, en la que participó como productor. En su regreso al género, del Toro ha construido un relato de sabor victoriano envuelto en un fastuoso apartado visual, tan potente que esconde con habilidad las muchas debilidades de la película. Sobre todo, lo difícil que resulta distinguir en la propuesta de del Toro entre homenaje, nostalgia, o directamente repetición de clichés. El relato que sirve de sustento a La Cumbre Escarlata es muchas cosas, casi todas buenas, pero está muy lejos de ser original.

La cumbre escarlataDel Toro nunca ha eludido sus influencias, y en esta película las moldea para la consecución de un todo espectacular, que no deja indiferente al espectador sensible, totalmente rendido ante un ejercicio de estética y ambientación sobresaliente. En el delirio visual de La Cumbre Escarlata vemos reminiscencias de los grandes clásicos del género, desde The Innocents (Jack Claiton, 1961), Al Final de la Escalera (Peter Medak, 1980), pasando por el particular estilo de los viejos filmes de la Hammer, todo ello presentado bajo los convencionalismos evidentes de su ambientación de época. Si en lo visual las influencias son claras, en el apartado literario, del Toro ha encontrado acomodo en referentes como Rebeca o Sospecha, ambas del maestro del suspense, Alfred Hitchcock. Incluso hay bastante de los retratos de alta sociedad a lo Jane Austen, sobre todo en el primer acto de la película, una suerte de drama romántico que sirve para presentación de los personajes y puesta a punto del plato fuerte que el director tiene preparado para la segunda parte de la película.

El problema de La Cumbre Escarlata es producto de esa ambición de del Toro para rendir manifiesta pleitesía a todo ese cine que le apasiona sin que pierda el sello personal de un autor tan característico. A estas alturas, me da la impresión de que del Toro es de los que se dejan llevar por las emociones cuando plantea sus películas, pero tiene la experiencia con la que identifica esos puntos flacos de su propia obra. Así que encuentra su arma perfecta en el apasionante mundo propio del que siempre hace gala, que es capaz de dejar sin aliento al más feroz de los críticos a base de elecciones visuales apabullantes, de un clasicismo exquisito a pesar de los aparentes excesos. Del Toro es un director excepcional, al frente de una maquinaria perfecta en la que todo el mundo sabe que clase de película tiene el autor en la cabeza. Hasta la última mota de polvo en el libro olvidado de la estantería más insignificante tiene su lugar en el monstruoso espacio que dibuja el Guillermo del Toro más esteta, diseñador de una mansión que respira, un personaje más, el espacio ideal donde el director mueve a sus personajes con la elegancia del que sabe (y mucho) de cine.

El relato de del Toro puede ser evidente, sí, y cae en todos los lugares comunes mil veces visto en el cine de horror clásico. La historia es que todo esto se perdona por la magnífica envoltura, por el amor a ese cine en particular que destila cada plano de La Cumbre Escarlata y por la honestidad de la propuesta en conjunto, que no esconde su espíritu de cuento victoriano sin pretensiones. Si se incluye en la oferta la magnífica banda sonora, inteligente, emocionante y apropiada en todo momento, el espectáculo está servido.

La-Cumbre-Escarlata-ProtagonistasPara la ocasión, del Toro se ha rodeado de unos actores que parecen disfrutar de las particularidades de la historia. Mia Wasikowska se siente cómoda en esta clase de papeles de aires decimonónicos, y Tom Hiddleston se viste de aristócrata ambiguo y seductor, en pleno camino hacia la redención, un papel que le siente como un guante. Aunque, si hay que quedarse con una actuación en esta película, no me queda más remedio que rendirme al despliegue de Jessica Chastain, actriz que reconozco como una debilidad personal. Su papel de dama siniestra de la historia nos recuerda a la mejor de las madrastras de los cuentos populares (otra de las influencias innegables de La Cumbre Escarlata), y llena de matices un papel que, como casi todo en esta película, está al borde de la repetición indigesta. Entre el director y los actores, salvan el día; tranquilo querido espectador.

La Cumbre Escarlata es una película hecha por fanáticos del cine de horror para fanáticos del cine de horror. Del de verdad, no el amalgama de sustos prefabricados y sagas interminables que pueblan los cines. Es más, puede que dentro de los cánones de hoy día, esta película no de miedo. La cosa es que la obra de del Toro pretende el juego con emociones más trabajadas que el susto impredecible. Sobre todo, del toro nos regala un espacio para el recuerdo entre las frías paredes de la mansión rodeada de nieve roja, una bella fábula de decadencia y nostalgia que, a veces, roza la poesía. Esas cosas no se ven muy a menudo. Yo, por mi parte, he disfrutado mucho con la visita.

Ficha técnica:

La Cumbre Escarlata (Crinsom Peak),  Estados Unidos, 2015.

Dirección: Guillermo del Toro
Guión: Guillermo del Toro, Matthew Robbins, Lucinda Coxon
Producción: Legendary Pictures / Universal Pictures
Fotografía: Dan Laustsen
Música: Fernando Velázquez
Reparto: Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston, Charlie Hunnam, Doug Jones, Javier Botet, Jim Beaver, Burn Gorman, Leslie Hope, Kimberly-Sue Murray, Emily Coutts, Gillian Ferrier, Matia Jackett, Martin Julien

Santiago Negro

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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