Cinerama

Viñetas y celuloide: 

Frank Miller, cineasta

Hace poco, Frank Miller ha vuelto al candelero tras algunos años de inactividad, consecuencia de su delicado estado de salud. El polémico autor regresa a las librerías de todo el mundo con una nueva secuela de la revolucionaria El regreso del Caballero Oscuro, obra que cambió la concepción del cómic de superhéroes a todos los niveles, y trascendió el mundo de la viñeta al convertirse en un referente visual. Hablamos de esta seminal novela gráfica hace no mucho en EL ESPECTADOR IMAGINARIO, pero es inevitable hacer referencia a un trabajo vital para entender la evolución del cómic de los últimos años, y la importancia de Miller más allá de su aportación sobre el tablero de dibujo.

Estaba claro que un tipo con una visión tan personal de lo visual, encontraría acomodo en el cine, tarde o temprano. El mítico autor ha tenido una relación más bien compleja con el séptimo arte, donde ha destacado como guionista y director, en una carrera definida por la irregularidad, y que está muy lejos de sus grandes triunfos como autor de cómic. Os proponemos, queridos lectores, un paseo por el Miller relacionado con el mundo del cine, como creador o fuente de inspiración para otros que han encontrado en el impactante mundo visual del autor americano la chispa para sus propias creaciones audiovisuales.

Pimeros encuentros con la pantalla: Robocop

Robocop 2, escrita por Frank MillerRobocop (Paul Verhoeven, 1987) se ha convertido en un auténtico clásico de culto, a pesar de que, en su momento, nadie apostó por el guion escrito por Edward Neumeier y Michael Miner. Se paseó de productora en productora sin despertar el mínimo interés; nadie encontraba la gracia en una historia en apariencia ridícula, pero que escondía en su interior toneladas de crítica descarnada hacia el sistema neoliberal imperante en la era Reagan. Tuvo que ser otro amigo de polémicas el que llevara a la pantalla el ácido relato en 1987; Paul Verhoeven construía una película repleta de ultraviolencia explícita, espejo de una sociedad decadente en manos de ejecutivos sin escrúpulos. Por supuesto, con poco que se compare el resultado de Robocop con el Batman crepuscular de El retorno del Caballero Oscuro, los puntos en común de ambos universos son evidentes. El humor negro, el contexto del futuro cercano convertido en una especie de jungla urbana, las guerras de bandas y el uso demencial de los medios de comunicación y la publicidad, integrados como parte esencial del relato, hacen sospechar que Neumeier y Miner se habían empapado bien de la obra de Miller.

El éxito de Robocop propició la aparición de la consabida secuela. Para la ocasión, los productores decidieron acudir al barro primordial en el que se gestó la base de la primera parte, y contrataron a Frank Miller como guionista de Robocop 2 (Irvin Kershner, 1990). Si había alguien conectado a este relato ciberpunk y sus connotaciones críticas, era el tipo que impresionó al mundo con las mismas armas que los responsables de la franquicia querían explotar.

Pronto empezaron los problemas. Verhoeven queda fuera del proyecto, aunque los fans de la franquicia aplauden la llegada de Irvin Kershner (director de El Imperio Contraataca) como director de la secuela. Al leer el guión propuesto por Miller, tanto Kersner como los productores declararon que lo que Miller había escrito era imposible de filmar. El libreto sufre una reescritura por parte de Walon Green, mutilando las idas de Miller. La película resultó un fracaso comercial en su estreno cinematográfico, pero el mercado del vídeo casero salvó los muebles, e incluso animó a la productora a la realización de una nueva secuela. A pesar de los desencuentros con la anterior entrega, contaron con Fank Miller otra vez para la realización del guion.

El problema se repite. Miller ve cómo su libreto es sometido a otra reescritura, esta vez a cargo de Fred Dekker, director al mismo tiempo de la cinta. En Robocop 3 (Fred Dekker, 1993) se ve la aparición de muchos de los temas comunes de Miller, como la degradación social y el estallido consecuente. Incluso en el villano de la historia, un robot ninja, está presente el gusto del autor por la cultura japonesa (explotada en una de sus primeras obras como autor completo, Ronin, o sus estancias al frente de personajes como Daredevil y Lobezno, que se las han visto en más de una ocasión con clanes de guerreros de las sombras). El resultado final es un desastre insostenible, infantilizado para toda la familia, muy lejos de la violenta crítica llena de humor salvaje que vimos en la primera parte y, con menos fortuna, su secuela. El giro hacia los clichés más dolorosos del cómic de superhéroes terminaba con cualquier atisbo de dignidad de la película. Además, Orion, la productora responsable de la saga, estaba al límite de la bancarrota. Esto impidió el estreno de la película, una vez rodada y editada. Hasta 1993, Robocop 3 no llegaba a los cines, con los problemas añadidos que esto conlleva en una época que cambió para siempre los efectos especiales en el séptimo arte. Si la película ya era bastante olvidable, quedó obsoleta incluso antes de su llegada a las pantallas. Terminator 2 y Parque Jurásico permitían al espectador soñar a lo grande, gracias al uso de la tecnología como espectáculo, atisbando un mundo de posibilidades. El espectro visual de Robocop 3 era una broma comparado con el despliegue de Cameron y Spielberg en sus fantasías de ciencia ficción.

Miller salió escaldado de la experiencia. Se prometió a sí mismo no dedicar ni un segundo más de su vida al séptimo arte. Volvió a su terreno, los cómics, donde seguiría dejando al medio varias obras maestras. Claro está, las cosas cambian.

Robert Rodriguez y la ciudad del pecado

Imagen de Sin CityA pesar de la insípida aventura cinematográfica anterior, Miller encontró nuevas ilusiones gracias a Robert Rodriguez, y la idea de llevar al cine Sin City, obra cumbre del cómic americano. Miller veía la posibilidad de un mayor control a la hora de plantear esta adaptación, basada en su propio trabajo, sin las incómodas injerencias de productores poco valientes. Quentin Tarantino se unió a la fiesta, y tres mentes brillantes comenzaron el proceso de traslación de las viñetas a la pantalla de la colección de historias neo noir reunidas bajo el nombre de Sin City.

En su versión en papel, la obra era el despliegue definitivo de todas las obsesiones de Miller como autor. Aquello que entrevimos en sus Batman y Daredevil eclosiona hasta el paroxismo en las páginas de esta mezcla salvaje entre novela negra y pulp desatado. Una ciudad corrupta acoge en su seno a asesinos, ladrones, almas perdidas, antihéroes de extraño código moral, prostitutas ninja e incluso policías honrados. La película se transformó en el obsesivo camino hacia la adaptación casi perfecta, confluencia de géneros, medios y estilos. El cómic se confunde con el fotograma, y el blanco y negro afilado y brumoso marca de la casa se traslada a imágenes en movimiento con un estilo inconfundible. A pesar de la caída ocasional en el mero ejercicio de estilo, Sin City (estrenada en 2005) ofrecía un espectáculo visual de primer orden, tan sucio y perverso como elegante, tal y como vimos en la maravillosa obra original de Miller.

El éxito de crítica y público animó a Miller al siguiente paso lógico: dirigir su propia película. Para Sin City, aunque aparece en los créditos como director, comparte protagonismo con dos pesos pesados como Tarantino y Rodriguez. Llegaba el momento del vuelo en solitario, aprovechando la ocasión para la reverencia a todo un clásico del noveno arte.

The Spirit, confuso homenaje

Will Eisner es, en muchos aspectos, el creador de la forma de entender el cómic hoy en día. En su momento, gracias a su obra artística y teórica, marcó el camino a seguir de las generaciones siguientes. El sentido del ritmo, la composición de página, el diseño de los personajes, la expresividad a partir del uso de elementos técnicos extraidos del cine… son tantas las aportaciones de este genio que se necesita una tesis doctoral para hacer justicia de su legado. Miller, cómo no, encontró gran parte de su inspiración en las páginas de The Spirit, la obra cumbre de Eisner.

The Spirit, dirigida por Frank MillerEl problema de la película dirigida por Miller es su fe ciega en las posibilidades del estilo marcado por Sin City, su anterior cinta. Lleva a su terreno la obra de Eisner, y acaba por exceso con cualquier parecido con la original. Todos los males de Sin City como espectáculo efectista se multiplican hasta el ridículo en una obra que demuestra la inexperiencia de Miller tras la cámara, huérfano sin la ayuda de Rodriguez. La falta total de emoción, supeditada al estilo, acabaron con cualquier atisbo de humanidad en la propuesta, reducida al aburrido, por repetición, juego de luces y sombras.

El varapalo de crítica y público certificó la falta de interés de la cinta, que parecía más una oda onanista de Frank Miller hacia sí mismo que una película con un mínimo de seriedad.

Desde entonces, por múltiples razones, Miller ha abandonado su producción cinematográfica. Los notorios problemas de salud le han mantenido apartado incluso del mundo del cómic, al que ha vuelto, como indicábamos en la introducción, no exento de la polémica que, por múltiples razones, siempre acompaña a este legendario escritor y dibujante. Eso sí, no es el final de la relación de Miller con el mundo del cine, puesto que Zack Snyder se inspiró en su breve novela gráfica 300 como base para el espectáculo exagerado y bastante reaccionario del mismo nombre. Esto queda para futuras entregas, querido lector o lectora. Hoy toca hablar de Miller, de su obra, de su tambaleante genio y de sus momentos de triunfo y estrepitosas caídas en el mundo del celuloide. Quizá no sea su elemento natural, pero no se puede dudar de la valentía de un tipo poco dado a la condescendencia.

 

Santiago Negro

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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