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Finales de (vida) película

Para cada espectador, una película es como un sueño o como una pequeña vida vivida en paralelo, tiene comienzo, desarrollo y final. Y se vive como si fuera real. Por eso, al finalizar un filme, es como despertar de ese sueño de apenas noventa minutos. Visto así, los finales de películas pueden considerarse finales de una vida. Y si las vidas retratadas en esos finales también terminan su existencia justo antes de los créditos, estamos ante un doble final.

De esos finales dobles y de esos finales de vidas breves, he elegido cuatro que acuden a mi memoria por haberme conmovido en su oportunidad, quizá porque poseen en su desenlace trágico toda la esencia de su discurso.

Reservoir DogsEl primer final de vida que acude a mi mente es esa maravillosa coreografía que diseñó Quentin Tarantino para clausurar su Reservoir Dogs (1992).

Sus personajes, unos ladrones cuyos sobrenombres responden a colores, visten formalmente de oscuro y usan gafas de sol, se enfrentan en un duelo final, en un ambiente amplio y cerrado. La locación es gris, con rampas de cemento, iluminada por una fuente débil. En realidad, es el galpón de una empresa funeraria, con algunos ataúdes envueltos en nylon que han sido apoyados en las paredes. Nada más adecuado para finalizar con las vidas de estos señores tan coloridos, en un triángulo de disparos que bien puede sugerir un tendido de hilos de una telaraña, sin saber de dónde sale el disparo que mata a quién.

Un grupo de hombres, entre los que hay un policía infiltrado, prepara el robo a un banco. Para ocultar sus identidades, deciden denominarse con colores, frente a la rebelde negación de a quien le ha tocado por nombre Mr Pink/Rosa (Steve Buscemi). Durante el golpe, que nos es escamoteado, algo sale mal y el destino de cada uno está señalado. La maravillosa puesta en escena final termina por poner las cosas en su lugar, a través de un enfrentamiento armado (un verdadero duelo) en el galpón que les sirve de aguantadero.

La triangulación del duelo se da entre Joe (Lawrence Tierney), el mafioso que ha contratado a la banda, que discute con Mr White (Harvey Keitel), porque defiende a quien él cree es el delator, Mr Orange, y el tercero en cuestión es el hijo de Joe, Eddie (Chris Penn). Así, Joe apunta a Mr Orange, Mr White tiene como blanco a Joe y Eddie, a Mr White. Los tres disparan a la vez  y caen al suelo. Padre e hijo han muerto. En un santiamén todos quedan tendidos en el suelo. Mr Pink, que había permanecido escondido tras una escalera al iniciarse la discusión (quizá su sobrenombre denote su cobardía… o su instinto de supervivencia) se apodera del botín y sale por la pesada puerta del galpón. A duras penas Mr White se acerca a Mr Orange, quien entre borbotones de sangre le confiesa ser policía. Quien lo había defendido, le apunta y en un primer plano dramático del matador que llora por la revelación y el costo que ésta ha supuesto, se oye el disparo que mata a Mr Orange. Sobre los créditos se oye en off que Mr Pink es interceptado por la policía.

La camaradería del comienzo se quiebra ante el  develamiento que apura el final. La situación supera a los pocos sobrevivientes, a quienes el destino, finalmente, les dará su merecido.

Reservoir Dogs es una película de bajo presupuesto que ha pasado a ser un clásico, ya que veintitrés años después todavía genera adeptos. Y eso sin mencionar que abrió la puerta a títulos como Pulp Fiction o Kill Bill. Quizá su ultraviolencia, con la respectiva exageración en derroche de sangre, la falta de protagonismo estelar de alguno de sus personajes o la música de los 70 en una película de los 90, sean factores que influyeron para establecer una nueva propuesta en el género policial y darle identidad a un autor que es sinónimo del cine de la década. Lo cierto es que en el espectador se da un fenómeno inusual, porque aunque acompaña expectante el relato dramático, festeja con una sonrisa cada uno de sus excesos.

Fragmento final:

 


 

AvariciaSi en Reservoir Dogs, la puesta en escena prima, sobre todo por la ubicación de los personajes, la angulación de la cámara y la composición de la acción, existe otro final memorable en el cine estadounidense. Se trata de una obra maestra de la cinematografía mundial, de la etapa silente y dirigida por uno de los autores malditos llegado de Europa. Greed (1924), el filme para el cual Erich von Stroheim rodó 96 horas con la finalidad de obtener una película de cuatro que, finalmente, fue reducido por los productores a dos.

Greed es la tragedia de un matrimonio, en el que se inmiscuye una tercera en discordia: la avaricia, que irá cobrándose la felicidad de la pareja. Narra la historia del odontólogo McTeague y su esposa Trina, desde que se conocen. Se casan y viven juntos, aunque cada vez más distantes por el amor que Trina siente por el dinero. Por si faltara algún ingrediente, hace su entrada en la historia el usurero Marcus.

El filme esté lleno de premoniciones oscuras, como la del cortejo fúnebre que pasa frente a la ventana, mientras la pareja celebra su boda. Pero  el desenlace de esta historia de avaricia, envidia y crueldad tiene su mejor momento en el final. Se desarrolla en el Valle de la Muerte, un desierto despiadado, donde McTeague ha logrado escapar con la fortuna de su mujer, una vez que la ha asesinado, y donde es perseguido por Marcus, el usurero, que pretende capturarlo para cobrar el rescate ofrecido por el sheriff.

Si bien McTeague no es un personaje simpático, el espectador toma partido por él, porque es quien hace un esfuerzo por ser feliz, pero las cosas le salen siempre mal. Tan mal, que al final, en ese páramo desasistido de la mano de Dios, debe enfrentarse a su perseguidor, Marcus, y luchar contra él sobre la arena, bajo un sol inclemente. Aunque McTeague logra darle muerte a Marcus, su suerte está echada, pues en los forcejeos de la riña, el usurero ha logrado esposarlo a su brazo. Y ahí, en el desierto, sin agua y con semejante lastre (el cadáver de Marcus) le será imposible vivir mucho tiempo. Ni siquiera podrá esperar la muerte tocando las monedas que han quedado inalcanzables, a unos pocos metros de su cuerpo, brillando sobre la arena.

Greed es un relato de gran carga moral. Sin embargo, su narración nos permite ponernos del lado de McTeague. Lo que no esperamos es una clausura tan lapidaria, que nos deja perplejos, cuando después de dos horas de seguir las vicisitudes del odontólogo, lo vemos vencido, esperando una muerte terrible y sin posibilidad de salvación alguna.

 

Greed completa:

Fragmento final:

 


 

Pais portatilGreed inhabilita cualquier salvación. De la misma manera, aunque en otro sentido, el final elegido por los venezolanos Iván Feo y Antonio Llerandi para narrar la lucha armada de los setenta es también decisorio. La historia de Andrés, un estudiante que, respondiendo el mandato de su generación, ha elegido como forma de lucha la violencia, es narrada a través de largos flashbacks que cuentan las grandezas y miserias de su familia, una estirpe que justifica involucrarse en una pelea por un país mejor.

La violencia es utilizada como única salida a una realidad social y política insostenible. Y la juventud, sostenida por su idealismo, es la única que pone el cuerpo en un enfrentamiento que pretende dar por terminadas las luchas de clases y las contradicciones históricas de la única manera en que lo cree posible: la lucha armada.

País portátil inauguró para mí el cine venezolano. Fue la primera película de ese país que vi en mi larga permanencia en Caracas. Iván Feo y Antonio Llerandi estrenaban su ópera prima en 1979 y uno no podía más que identificarse con ese Andrés interpretado por Iván Feo, que venía de una familia patriarcal provinciana, donde el mandato familiar primaba por sobre la voluntad personal.

La historia de esa familia, inspirada en la novela de Adriano González León, es el gran bagaje que lleva en su mochila Andrés en su pelea contra el imperialismo y la explotación extranjera del bien más preciado que tiene el país, el petróleo. El joven debe realizar su primera acción verdaderamente peligrosa. Lleva con él un maletín lleno de armas a una cita “envenenada”. En una secuencia paralela veremos a su novia caer bajo los balazos de la policía, mientras Andrés, ya llegado a destino, se da cuenta de que es tarde para escapar.

Atrincherado en un apartamento, solo, muerto de miedo y escondido de los policías que lo tienen rodeado, no atina a actuar. Sin embargo, en la locación hay movimiento. En los espejos rotos, se componen las figuras de sus ancestros, los fantasmas de su pasado lo abastecen de armas y le dan valor para enfrentar al enemigo. Vemos a sus familiares caminar por la casa, ayudándole a cargar las armas, aupándolo en la valentía y el coraje. La cámara lenta muestra al joven arrojar una granada. La imagen se congela y se oyen disparos. Por corte vemos el cuadro familiar, donde están los abuelos, los tíos y sus padres. En sepia, todos miran a cámara desde una foto ajada. Al abrirse el cuadro, se incorpora al retrato la figura de Andrés, sonriente y en cuclillas, completando la saga familiar.

Esa economía de planos para narrarnos la muerte del protagonista es uno de los mejores finales que recuerdo. El cierre de la historia de Andrés clausura el éxito de una lucha justa. No la de un ser, sino la de todo un pueblo.

 

País portátil completa:

 


 

Tierra de nadieY si de lucha social y política se trata, podemos pasar al último de los finales conmovedores, concluyentes en el verdadero sentido de la palabra. Ganadora del Oscar 2001, como mejor película extranjera, Tierra de nadie, del bosnio Danis Tanović, sorprendió por su denuncia brutal sobre el papel que cumplen las instituciones humanitarias y las Naciones Unidas en conflictos como el de los Balcanes.

Dos soldados de bandos opuestos, uno serbio y el otro bosnio, conviven en una trinchera. Uno de ellos está recostado sobre una mina lista para explotar en cuanto se mueva. La procesión de funcionarios de las Naciones Unidas que discuten qué hacer para salvar sus conciencias y no al hombre que está en peligro. O al otro, que en un rapto de solidaridad se juega –y pierde- la vida, abriendo la posibilidad de que todos esos funcionarios que se han acercado se queden sin un testigo para poder huir sin consecuencias.

Después de haber asistido a las conversaciones entre los dos hombres, de haber visto la llegada de periodistas y soldados que acuden al lugar para comprobar el hecho y tratar de buscarle una solución, después de sufrir ante la incomprensión de la que es objeto el primero de los dos personajes de la trinchera, vemos que tras una breve conversación, la periodista sube a la camioneta y levanta la ventanilla. En el cristal que va dejando su cara en un segundo plano, se refleja el soldado de los Cascos Azules que se trepa al tanque. Por corte vemos que baja la escotilla. Ambos le cierran, literalmente, toda posibilidad de futuro al hombre que yace en la trinchera.

La cámara muestra la caravana de más de diez automóviles que se alejan del lugar al atardecer, para luego centrarse en picado cenital sobre el cuerpo del hombre atrapado. Con un tilt up lo muestra tendido sobre la tierra marrón, rodeado de ruinas marrones y vestido con un uniforme marrón que será la mortaja que lo cubrirá cuando muera de hambre o intente moverse. Todo el ejército de “humanistas” y “rescatistas” que se asomó a su drama ya está lejos, habiendo cerrado la posibilidad de una verdadera ayuda, ante el no-futuro que se cierne sobre el soldado. Al alejarse hacia el cielo, la cámara lo entierra en su trampa, dejándolo más solo que nunca y condenado para siempre.

 

Tierra de nadie completa:

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

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