Críticas

Menos Marvel y más Melvin: Las antípodas de Hollywood

El Vengador Tóxico

The Toxic Avenger. Michael Herz, Lloyd Kaufman . Estados Unidos, 1984.

Revisionar es de sabios. Me doy cuenta cuando vuelvo a ver por segunda vez El Vengador Tóxico (The Toxic Avenger, Michael Herz, Lloyd Kaufman, 1984), esta vez con una mirada más profunda y con una panorámica más amplia con respecto al mundo cinematográfico que se expone y que se oculta. La primera de ellas, no por eso menos gratificante, pero sí en una sesión nocturna adolescente, con la inofensiva intención de echarse unas risas con el compañero de clase con el que mantengo el oscuro secreto, y la firme creencia, de que las películas de Serie B son buenas.

Uno siempre intenta ponerse al día con el cine actual. Ya sea por temas profesionales o cinéfilos, siempre intentamos descubrir aquella exótica película que prevemos será la que reviente taquilla o la que se convierta en la obra maestra de nuestro tiempo, pero rara vez, al menos en mi caso, echo la vista atrás para rescatar esas películas que por algún motivo trazan nuevos caminos en tu mente y que mantienen un vínculo de cariño inesperado, y que en muchas ocasiones, se guardan bajo llave por ese temeroso y siniestro pensamiento de creer que si vuelves a destaparla, la magia que hizo hechizarte en su momento desaparecerá. ¿Cuántas veces ha ocurrido que aquella película que tanto os gustaba, con el paso de los años y en un segundo visionado ha ido perdiendo ese sentimiento que tanto os unía? Pues bien, afortunadamente hoy no es el caso, y quedo tremendamente impactado con la vigencia que tiene El Vengador Tóxico en la contemporaneidad. La similitud es pasmosa después de más de treinta años. Y qué mejor momento para reivindicar esta marginada cinta que los días que nos acontecen, donde el mundo de los superhéroes con sus vigorosos protagonistas, los espasmódicos planos de acción y la recubierta digital, recargada de efectos especiales, han secuestrado nuestras carteleras.

El protagonista de esta historia no pega ni con cola en los parámetros del superhéroe actual, y aunque su estructura molecular podría pasar perfectamente por una rareza mutante de los X-Men, bien es cierto que se mantiene alejado de los imperiosos días de la Marvel, de lo cual, dicho sea de paso, estoy enormemente agradecido. No siento la necesidad de hacer un reencuentro, sino una reivindicación de un filme que, para ser sinceros, si no fuera por Internet seguiría enterrado en los márgenes del séptimo arte. Obscena, repugnante, con un presupuesto ajustado y políticamente incorrecta, no es plato de buen gusto, o lo que es lo mismo: pura carne de cañón para lo que denominamos Serie B. Es hora de ensuciar ese marco audiovisual tan estético, correcto y homogéneo, es hora de sacar la basura.

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Melvin es un acomplejado pero feliz joven que trabaja como limpiador en un gimnasio en la localidad de Tromaville (Vease aquí la extraña coincidencia entre el nombre de la localidad y el de la  productora). Vive con su madre, y podríamos decir sin miedo a equivocarnos que pertenece a ese desgraciado status social de chico marginado. Acosado por una pandilla de jóvenes, Melvin decide lanzarse desde la ventana de su gimnasio con la mala suerte de caer en unos cubos con material radiactivo. Eso será un antes y un después en la vida del protagonista, pues se ha convertido en un deformado mutante con super fuerza, siendo así el único que puede acabar con la escoria de la ciudad y la corrupción política que está infestando la ciudad de residuos contaminantes.

Menudo disparate. Supongo que algo así saldría de la boca de los creadores de El Vengador Tóxico al ver el resultado final, lo que no imagino es la cara que debieron poner los de Troma (Compañía de producción independiente ligada al cine de las Series B y Z con películas de alto contenido erótico y violento), mientras veían cómo su extraña creación mutaba y mutaba, al igual que su protagonista, hasta convertirse en prácticamente un icono del cine de culto de los ochenta, y es que esta cinta resulta tan particular que si viéramos en ella a un unicornio de tres ojos con peluca interpretando a Pavarotti, pasaría (entre otras de las singulares escenas) totalmente inadvertida. En 79 minutos vemos de todo, ¡incluso una historia de amor! Vale, sí, entre un horrible mutante radioactivo y una atractiva chica ciega, ¡pero es lo más creíble de la historia! Ya dicen eso de que el amor es… pues eso, ¿Qué mejor que una chica ciega para reafirmar la frase?

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Pero, ¡alto!, tampoco disparemos a quemarropa, no todo lo que pasa en Tromaville se reduce a violentas peleas callejeras con personajes variopintos, o a ese macabro entretenimiento juvenil de atropellar y asesinar con el auto a la primera persona que visualizan tras el volante mientras conducen hasta los topes de alcohol y drogas, detrás de todo este desvarío psicotrónico hay una temática nada despreciable y de un valor cívico interesante. Es más, me doy cuenta de que la juventud de los ochenta, así como la nuestra, tiene nexos de comportamiento muy similares. No, si al final, depende cómo lo mires, resultará que lo que parecía un mal viaje con LSD de cuatro locos acaba siendo hasta visionario. Fijaros, sino, en el cómico y exagerado retrato que se hace de la juventud; chicos jóvenes preocupadísimos por no encontrarse un gramo de grasa en sus esculturales cuerpos, chicos y chicas que se pasan todo el día en el gym derrochando energía y derramando sudor para el dios Narciso, para que su pedestal del culto al cuerpo siga dominando sus mentes mientras se mantienen ocupados e ignorantes de los verdaderos problemas sociales. O la utilización del exhibicionismo y el sexo esporádico y sin demasiado sentido que denota hedonismo juvenil por los cuatro costados. Y como colofón, esa estúpida y obsesiva manía de fotografiar o grabar cualquier acontecimiento que ocurre alrededor, con intenciones de disfrute y goce personal, sin pensar en las consecuencias ajenas. La realidad es que, en una época en donde reina Instagram y las redes sociales, estas anecdóticas puntualizaciones me han resultado no menos que curiosas.

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Los trapicheos del Estado con la contaminación y la corrupción de la política también son objetivo para Toxie (nombre dado a Melvin después de su transformación), que está tremendamente involucrado en limpiar los callejones de escoria y de reventar esas cloacas corrosivas que huelen a putrefacción gubernamental. El cuidado del planeta y nuestra responsabilidad con el medio ambiente tintan el filme de una temática ecologista.

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No es casualidad que cuando unimos las palabras Serie B, Gore y película de culto, surja como uno de los mejores representantes esta extraña y bizarra criatura de las profundidades de las cavernas, a modo de icono y estandarte de un cine que pasa inadvertido para la mayoría del mundo, que se mantiene alejado de la luz por su incorrección y castigado por su mal comportamiento, por no atenerse a la normas, porque no atiende a razones morales, por eso su exhibición en la pantalla grande coincidía con la franja horaria de la medianoche, la misma hora en la que las brujas salen a invadir el cielo, los adultos se van a dormir y los adolescentes  trasnochábamos para descubrir un mundo oculto, libre y apasionante, a oscuras y entre las cuatro paredes de nuestra habitación, como una especie de ritual prohibido.

 

 

Ficha técnica:

El Vengador Tóxico (The Toxic Avenger),  Estados Unidos, 1984.

Dirección: Michael Herz, Lloyd Kaufman
Duración: 79 min. minutos
Guion: Joe Ritter
Producción: Troma Films
Fotografía: Lloyd Kaufman, James A. Lebovitz
Música: Mark Hoffman, Dean Summers
Reparto: Andree Maranda, Mitchell Cohen, Jennifer Baptist, Cindy Manion, Robert Prichard, Gary Schneider, Mark Torgi

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