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El oscuro cine de oro mexicano

Los primeros pasos en la oscuridad

Dentro del cine mexicano existe un pequeño cajón donde están guardadas algunas de las obras más memorables en la ideología popular del mexicano. Si bien no suelen considerarse dentro del cine de arte ni cohesionan algún movimiento filosófico o estético, han moldeado las noches de insomnio y terror de varias generaciones, tanto por sus contenidos como por algunas escenas inolvidables. El cine de horror mexicano es una carretera por la que se pueden seguir las tendencias experimentales de algunos creativos cineastas, que buscaron romper ciertos límites de forma y contenido para proveer de nuevas versiones de historias populares y de guiones libres de ataduras históricas o académicas.

Aunque suele considerarse a Juan Bustillo Oro como el padre del cine de horror mexicano, en realidad podemos rastrear los primeros pasos en esta oscura senda, tan lejos como hasta la década de los 30, con Ramón Peón, un polifacético personaje nacido en La Habana, pero que se desarrolló como cineasta en México. Peón incursionó en el cine como camarógrafo en los Estados Unidos y luego llegó a México, en 1931, como asistente de Antonio Moreno en la película Santa. En 1933 debuta como director en la primera cinta de horror mexicana, La llorona”, con guion de Carlos Noriega Hope y Fernando de Fuentes, basado en la historia de Guzmán Aguilera, y esta, a su vez, inspirada en la leyenda popular de la llorona. A partir de este momento, queda inaugurada la línea del horror mexicano en el cine, con películas como El fantasma del convento (1934), de Fernando de Fuentes, en la que después de un accidente vial, dos hombres y una mujer llegan, en medio de la noche, a un misterioso convento para encontrarse con una extraña orden de sacerdotes silenciosos y un destino aún más extraño. Otra más de esa generación es El baúl macabro (1936), de Miguel Zacarías, donde un científico busca curar a su esposa, extrayendo la vida a diversas víctimas a través de la tortura.

El padre macabro

Juan Bustillo Oro (1904-1989), cineasta mexicano con una prolífica carrera de más de 60 películas, presenta, en 1934, Dos monjes, una especie de melodrama sombrío marcado por una estética casi expresionista, y que entre claroscuros muestra la historia de un monje con un comportamiento bastante errático. Con un largo flashback salpicado de miradas al presente, llegamos a conocer su tormentoso pasado, para concluir con un final redentor. Bustillo Oro abre la puerta al género de horror con otros dos filmes de gran relevancia, El misterio del rostro pálido (1935) y Nostradamus (1937), ambas siguiendo un estilo de claroscuros que enmarcan una narrativa teatral. Aunque aún no se logran discernir líneas específicas dentro del género, la introducción de la temática macabra que ronda los temas de la muerte y de la locura serán así introducidos en el cine mexicano, que entonces parecía determinado a establecer una identidad nacional en el mundo moderno, por medio de melodramas y filmes de tipo “western-costumbristas”.

El gran Chano y los superhéroes mexicanos

Entre los años 50 y 60, destaca el cineasta Santiago Eduardo Urueta Sierra (1904-1979), mejor conocido como Chano Urueta. Excéntrico director, actor y escritor, hijo de un diplomático que inició su carrera en Hollywood, donde su primer título, El Destino, estaba protagonizada por el famoso Emilio “El Indio” Fernández y quedó inconclusa gracias a que la actriz Mona Rico huyó con el actor John Barrymore. Su filmografía incluye 117 películas con temas varios, pero destaca su incursión en la temática de lo macabro con dos filmes tempranos: Profanación (1933), en la que un collar perteneciente a un emperador azteca es desenterrado y, con él, la maldición que acabará con un matrimonio; y El signo de la muerte (1939), un thriller hilado alrededor de una leyenda impresa en un antiguo códice azteca, por la que varios asesinatos son vinculados a un ritual de sacrificio al dios Quetzalcóatl. Curiosamente, este filme es coprotagonizado por un muy temprano Cantinflas, quien hace el papel de un despistado ayudante del profesor de museo.

Pero lo que en realidad marcó el curso del cine de horror en manos de Chano Urueta, y que sin duda es la mayor aportación al cine de la época, es la integración de los luchadores al género de los sobrenatural y de lo macabro. Si bien los luchadores, de alguna forma, eran concebidos en ese entonces como una suerte de superhéroes con sello nacional, su primera incursión como tal en el cine fue con La bestia magnífica (1952). En este drama se retrata el duro camino del luchador de aquel entonces, con las vicisitudes de la vida mexicana, a través de la vida de dos amigos que sueñan con dejar la pobreza, convirtiéndose en luchadores. Sin embargo, la famosa actriz checa Miroslava Stern resulta ser el eje de desestabilización, al posicionarse con malicia entre ellos. Más adelante, inicia una serie de cintas con el célebre luchador Blue Demon, con Blue Demon, el demonio azul (1965), una película en tres episodios, donde un científico sin escrúpulos prueba una droga en un luchador que hace emerger la naturaleza animal de cualquier hombre, transformándolo así en hombre lobo para cometer varios crímenes. Ante su imposibilidad para resolverlo, el caso es entregado por la policía a Blue Demon, un misterioso personaje, especie de superhéroe, que termina con los enemigos en medio de un espectacular despliegue de habilidades en el cuadrilátero.

Blue Demon
Blue Demon

A esta le siguieron Blue Demon contra el poder satánico (1966), Blue Demon contra las diabólicas y Blue Demon contra los cerebros infernales (ambas de 1968). En esta muestra de lucha libre y valores morales, el famoso luchador libera al mundo de vampiros, hombres lobo y otros monstruos. A la par con el desarrollo de este subgénero, otros de sus filmes tratan la temática de lo sobrenatural y el horror, como La Bruja (1954), en la que un científico decide tomar venganza de la compañía farmacéutica que asesinó a su hija. Se aprovecha de una fórmula que transforma a una bruja en una mujer hermosa para que enamore a uno de sus ejecutivos. Otra más es la trilogía que inicia con El jinete sin cabeza (1957), protagonizada por Luis Aguilar, y a la que le siguen La marca de Satanás (1962) y La cabeza de Pancho Villa (1963), las tres con una estilo a caballo entre el western y el horror, pero en un contexto costumbrista méxico-americano.

Otro cineasta relevante en la transición de los luchadores y la época de oro es Fernando Méndez, con su Ladrón de cadáveres (1956), donde un ranchero se hace pasar por luchador para tratar de atrapar a un científico, el cual ha estado experimentando con la prolongación de la vida, trepanando a sus víctimas e intercambiando sus cerebros por el de animales. Su mayor éxito vendrá después con El vampiro (1957), protagonizada por Germán Robles, que resulta una rara mezcla del horror del mito de Drácula con la típica película costumbrista mexicana. En esta, Marta viaja a una hacienda en medio de la Sierra Negra para visitar a su tía enferma, en el camino sufre algunos contratiempos, por los que tiene que seguir su viaje en una carreta que transporta una misteriosa caja proveniente de Hungría. Al llegar a la hacienda, su tía ha muerto, y toda la comunidad queda a merced de los vampiros que invaden la zona. Debido a su éxito, un año después entrega la secuela, que pasó casi inadvertida. Como dato curioso, cabe mencionar que, en esta película, aparecen por primera vez los famosos y legendarios colmillos de vampiro, casi un año antes de que lo hiciera el gran Christopher Lee. Méndez termina este ciclo con dos entregas de mucho menor éxito y trascendencia, Misterios de ultratumba (1959), El grito de la muerte y Los diablos del terror (ambas de 1959).

El clímax del espanto con el maestro del guion de terror

Hasta el viento tiene miedo
Hasta el viento tiene miedo

En 1968, el estreno de Hasta el viento tiene miedo marca un parteaguas en el género del cine de horror mexicano. Su director, Carlos Enrique Taboada Walter (1929-1967), cineasta mexicano e hijo de dos famosos actores, inicia su carrera como argumentista y director de programas de televisión. Posteriormente, y luego de un receso de cinco años, regresa como escritor de guiones, lo que se verá claramente reflejado en la congruencia narrativa de sus películas. Taboada escribió, en 1959, una serie de guiones para diversos cineastas basados en el mítico profeta Nostradamus: La maldición de Nostradamus, Nostradamus y el destructor de monstruos, Nostradamus, el genio de las tinieblas, La sangre de Nostradamus y El testamento del vampiro, todas ellas con enorme originalidad argumentativa, con personajes profundos, vueltas de tuerca y cambios de ritmo para generar tensión. En 1962, escribe el guion de El espejo de la bruja, dirigida por Chano Urueta, un thriller de horror sobrenatural perfectamente elaborado. Sara, una bruja que trabaja en una casa como empleada doméstica, embruja un espejo para mostrar el futuro, en el ve que Eduardo, el patrón de la casa, planea asesinar a su esposa Elena para escaparse con otra mujer. Luego de no poder evitar el asesinato, la bruja decide vengar la muerte de su antigua patrona con recursos propios de la magia mas elaborada.

Finalmente, Taboada incursiona en la dirección con La recta final (1964), una película más bien dentro del drama e intriga, a la que le seguirá su célebre Hasta el viento tiene miedo (1968). Una obra catalogada como horror gótico, protagonizada por Marga López y Maricruz Olivier, que narra los hechos ocurridos dentro de un prestigioso internado de señoritas, donde un grupo de chicas pasará las vacaciones encerradas como castigo, para descubrir, a través de visiones y pesadillas, a un fantasma que, poco a poco, las lleva a hacer un descubrimiento fatal y terrorífico acerca del pasado del lugar. El guion es perfecto, equilibrado y coherente, el ritmo va in crescendo, lo que genera tensión constante. La cinematografía, en general, es absolutamente envolvente, gracias a su moderna estética acorde a la época y al montaje que facilita la acumulación de tensión, que se descarga en algunos planos ya clásicos, que han quedado en la memoria colectiva de varias generaciones. Llama la atención la capacidad de generar una espiral de emoción que va de la periferia al centro, ya que, a pesar de que no se expone, el espectro siempre está presente en el subconsciente del espectador. El final es congruente y revelador, descarga la tensión y, lejos de engolosinarse por tener al espectador en sus manos, Taboada permite que la historia se resuelva por sí misma, lo que hace sentir, finalmente, la liberación desde la butaca.

La película sigue siendo transmitida por televisión año tras año y sigue asustando y dejando sin dormir a nuevas generaciones de jóvenes, a tal grado, que en 2007 se realizó una nueva versión dirigida por Gustavo Moheno, que lamentablemente cayó en todas las trampas que ofrecen los remakes; los personajes ya no eran actuales y sus adaptaciones aligeraron demasiado su peso, se aflojó la historia y el ritmo resultó irregular y simplón, y lo peor, lejos de aprovechar el guion para construir el subconsciente del espectador, se tuvo que recurrir a la vieja técnica del sobresalto para general alguna emoción.

El libro de piedra
El libro de piedra

Taboada entrega, en 1969, otra obra magnífica de terror gótico, El libro de piedra, una clara muestra de la capacidad argumentativa en los guiones del cineasta. Aquí, una prestigiada institutriz es llamada para cuidar a Silvia, una niña que recién se ha mudado a una enorme casona junto con su padre y su madrastra. Desde su llegada, la institutriz es informada de que Silvia dice tener un amigo imaginario llamado Hugo, que resulta ser la materialización de la estatua de un niño con un libro que se encuentra en medio del enorme jardín. En la mansión comienzan a suceder eventos bastante extraños, y la tensión va creciendo conforme Silvia les informa que Hugo era un antiguo mago muy poderoso y malvado que fue encerrado en la estatua. Justo cuando la institutriz va descubriendo que todos los hechos relatados por la pequeña verdaderamente corresponden a eventos sucedidos en el paso de la propiedad, llega la tragedia, y la venganza de Hugo se hace patente en toda su expresión. Este filme muestra su grandeza narrativa, ya que, a pesar de mostrarnos algunas de las escenas más aterradoras del cine de horror mexicano, como los pies del niño Hugo descalzo por debajo de la cortina o su cara inocente-malvada en medio de la oscuridad del jardín, en la película, en general, destaca la austeridad visual en relación con lo paranormal, la tensión y el terror son absolutamente psicológicos y creados a través del guion. Los personajes por sí mismos construyen la obra y el final es absolutamente aterrador, ya que, en una sola imagen, Taboada destruye toda esperanza. Una obra genial, que sigue causando pesadillas en miles de mexicanos.

Se puede decir que Más negro que la noche (1975) es la incursión de Taboada en el subgénero del slasher. Luego de la muerte de la tía Susana, su sobrina Ofelia hereda su vieja mansión con la única condición de cuidar para siempre a Becker, el gato de su difunta tía. Ofelia se muda a la casa con sus tres mejores amigas, y en pleno disfrute de su juventud, encuentran muerto al gato en el sótano. Luego de esto, trágicos y terribles eventos comienzan a suceder en la casa, lo que lleva al terror y al límite de locura a las cuatro jóvenes. Una película mucho menos creativa en el guion, que más bien sirve para ir plantando las condiciones para desarrollar un suspenso de tipo persecución y algunas célebres escenas de sobresalto repetitivo con algo de sangre explícita.

Finalmente, Taboada culmina su tetralogía de terror ya entrados los años 80, con la película Veneno para las hadas (1984), mucho más madura desde la óptica cinematográfica, protagonizada por dos niñas, una de ellas Verónica, huérfana muy pobre y que presume ser bruja y tener poderes sobrenaturales para congraciarse con Flavia, su amiga rica y de familia amorosa. En unas vacaciones, Verónica dice estar preparando un veneno para las hadas, enemigas naturales de las brujas. El poder que la chica ejerce en su amiga Flavia es tal, que la lleva a cumplir todas sus demandas, involucrando a las niñas en una serie de eventos catastróficos que culminan con la muerte en la hoguera de la verdadera bruja. Una película cuidada y bella, en la que Taboada aprovecha el guion para llevar al espectador a una especie de angustia emocional, a través en una estructura de planos con una interesantísima cámara, ya que al ser dos niñas las protagonistas, esta siempre se ubica a la altura de los ojos de ellas, es curioso cómo los adultos rara vez pueden verse en el cuadro, siempre se les ve desde el fuera de campo, como cuando uno es niño.

La oveja negra

Finalmente, es imprescindible mencionar la obra de Juan López Moctezuma, un excéntrico cineasta mexicano que trabajó más para la televisión, pero que, como director, cuenta con cinco remarcables obras, todas ellas en el género del terror gótico. La mansión de la locura (1973), basada en cuento de Allan Poe, narra los hechos dentro de un asilo de ancianos, que es tomado por uno de los pacientes en absoluta demencia. Aquí, todas las fantasías se hacen realidad. La locura desborda la pantalla y el surrealismo es patente en la narrativa y en la estética. Mary, Mary, Bloody Mary (1975), donde Mary es una artista norteamericana que vive en México y descubre ser una especie de vampiro que vive de la sangre de sus víctimas, todas ellas asesinadas a sangre fría. Otros títulos menos relevantes son El alimento del miedo (1994) y Matar a un extraño (1983). Sin embargo, su obra más relevante, por la temática y las peligrosas aguas en las que incursionan sus protagonistas, es sin duda Alucarda, la hija de las tinieblas (1978), que narra la historia de dos huérfanas que en un convento van estrechando su amistad, mientras descubren que están sufriendo una posesión demoníaca que las lleva a terribles actos y que además despierta deseos sexuales entre ellas. Todo esto bajo el hábito religioso y con la mirada endemoniada tan característica de la fotografía en López Moctezuma.

Alucarda, hija de las tinieblas
Alucarda, hija de las tinieblas

Aunque esta última película descuida terriblemente detalles de la cinematografía en general, todo por obsesionarse en llevar al límite la tentativa de afrenta a la iglesia desde adentro de sí misma. El cineasta no tiene reparo en tocar temas de homosexualidad y deseo entre religiosas, así como la muerte y la locura como escape del mal que habita en el ser humano. En general la obra de López Moctezuma se caracteriza por andar en los linderos del surrealismo, entra dentro del género giallo, aprovechando todos los recursos para mostrar la sexualidad desinhibida de la mano con la muerte y el horror sobrenatural. Aunque son evidentes los vacíos en sus guiones, así como los descuidos de continuidad y la deficiente calidad y sobreactuación de sus actores, sus películas son disfrutables y encomiables por abrir una brecha difícil de encontrar en el autocensurado cine mexicano.

El declive

En los años 70 y 80 sobreviene la decadencia del género de terror en el cine mexicano. En general, se procuran historias superficiales con guiones flojos y repetitivos, enfocándose más en la sorpresa visual que en la generación de tensión, habitando el confort de lo convencional y lo seguro. Surge así el cine serie B, con una decadente e interminable lista de películas, de las que solo veremos resurgir el género como una especie de ficción-horror, con obras memorables como Cronos (1992), de Guillermo del Toro, en donde se rescata la presencia de un guion que genera tensión por sí mismo, y que se basa en su estética enfocada en aislar al espectador de su mundo real, para internarlo en el universo del director, muy al estilo de Taboada.

Referencias:

Cine de Terror Fantástico y de Ciencia Ficción. Documental coproducción, Imcine y Canal 22. México, 7 de enero de 2015

Horror Films of México. Wikipedia.

Mexican Horror Movies. Documental Mondo Macabro, 2008.

Una respuesta a «El oscuro cine de oro mexicano»

  1. Muy interesante la información y las referencias de este cine mexicano; por ahí yo agregaría Santa Sangre (1989) de Jodorowsky una rareza inclasificable de terror, que ha resultado todo un portento de cine de culto en un época en donde el cine mexicano estaba en franca decadencia.

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