Críticas

Delirio de sangre y pintura

Bliss

Joe Begos. EUA, 2019.

Póster promocional de BlissJoe Begos tiene escasa filmografía a sus espaldas, pero hay que reconocer que ha conseguido voz propia y diferenciada en las lides del género fantástico. Bliss es la confirmación de esa promesa, del esbozo de universo personal que habíamos atisbado en sus obras anteriores. Tan simple como atrevida, Begos firma el descenso a los infiernos de la creación, del arte, del exceso como vía de escape.

En Bliss conocemos a una pintora en horas bajas. El genio desaparece y la que sería la obra maestra de su vida languidece a medio terminar en la pared. El bloqueo puede significar el fin de su carrera, así que el agobio y la ansiedad son cada vez más protagonistas de su vida. En la búsqueda de esa chispa, se adentra, sin medida, en un universo de drogas, sexo y mutilación que la llevará a afrontar su obra desde una nueva perspectiva, pero que arrastrará su existencia a un nuevo nivel de depravación.

Esta es la premisa que ofrece Bliss. Apenas 80 minutos en los que Begos desata el alucinógeno encontronazo con la locura, a base de histeria visual y retales de gótico urbano, aprovechando al límite los escasos elementos que conforman la globalidad del filme. El director consigue con muy poco la reflexión acerca de la naturaleza vampírica del arte, capaz de exprimir física y mentalmente al creador, además con cierta esencia gamberra plagada de referencias visuales.

Bliss es un juego inteligente con el entorno visual. En el inicio, plantea la imagen desde lo arenoso y granulado, casi desértico, reflejos diurnos de decadencia urbana, restos de nebulosas correrías nocturnas que impregnan la película incluso antes de tener presencia protagonista. Pero Begos guarda lo mejor para el crepúsculo. La caída de la noche empuja a la protagonista a la demencial carrera de fondo en la que se ve engullida, en la que el tiempo se dilata y se contrae, los espacios parecen mutar por los contrastes de luces sinuosas e hipnóticas, y los sentidos se ven abotargados por sensaciones lanzadas como alfileres a los ojos del espectador.

De la perniciosa calma antes de la tormenta que sirve de rumbo a los primeros compases de la película, Begos aprieta el acelerador hacia el histriónico manejo del montaje, propio de pesadillas y alucinaciones, capaz de volver del revés el estómago del público en su carácter de montaña rusa hiperviolenta y desnaturalizada. El subidón de drogas y adrenalina pocas veces ha tomado forma tan contundente en la pantalla, aderezado por los coqueteos con géneros y formas, que van del cine de exploitation al terror, dejando los desvaríos químicos de Requiem por un sueño (Darren Aranofsky, 2000) en una mala resaca.

Imagen de Bliss

Begos no esconde las cartas, y el nihilismo sádico se amalgama con la metáfora de la naturaleza ambivalente de la creación como pulsiones de vida y muerte. Los compases del rock gótico se apoderan de la escena, recordando los momentos de videoclip vaporoso de la escena inicial de El Ansia (The Hunger, Tony Scott, 1983). La brillante luz artificial parece una extraña broma luminosa en medio de la oscuridad sangrienta que se adueña de la película sin paliativos.

En ciertos tics de Begos podemos ver ecos de otro director del nuevo fantástico de neón, Panos Cosmatos y su Mandy (2018) e, incluso, de Nicolas Winding Refn, a pesar de las cósmicas diferencias en la ejecución y planificación de la secuencia. En todos estos casos, hablamos de directores con tendencia a la ensoñación pesadillesca, a los que se les ama o se les odia (y en mi caso, pueden apostar por lo primero). La nostalgia de club nocturno de los años 80 queda pervertida y desdibujada en su aspecto más sórdido y descarnado, pintado en el carmesí de los litros de sangre derramada. También hay mucho del Abel Ferrara más visceral y limítrofe, el director que, cuando quiere, bordea las fronteras de la psicosis.

La cámara de Begos torna en reflejo de la locura, convulsionada por la decadencia física de la protagonista, magnífica Dora Madison, que coloca todo el peso de la película en sus espaldas. Los espasmos casi esquizofrénicos que se adueñan de la pantalla dejan claras las intenciones del director, que, a pesar del caos anárquico, denota claridad, intenciones, el empeño de dibujar sobre la pantalla el viaje a lo profundo, a ese sueño de la razón que produce monstruos. El espectador, hipnotizado, presa del delirio e, incluso, asqueado por el exceso, podrá reconocer que hay mucho cine en la propuesta de Begos. No especialmente hermoso ni poético (aunque tras la mugre y la sangre hay algunas ínfimas dosis de esas dos cosas), pero sí libre, audaz, honesto y desvergonzado. Es la puesta al día del espíritu punk del Alex Cox de Repo Man (1984), afinado a las exigencias del siglo XXI y llevado al extremo hasta la incomodidad.

Bliss, una orgía sangrienta

Bliss es una fábula sobre el precio de la genialidad, acerca de la pérdida de humanidad, de la oscuridad del alma y la jungla urbana. Es extrema, sensorial, rodada de manera orgánica, en un entorno visual que evoluciona con la propia película y el delirio extasiado de la protagonista. Es, en ocasiones, incluso ridícula, excusadas sus licencias en la irrealidad de la apuesta por lo onírico, como si Bliss fuese, en sí misma, un cerebro aletargado por las drogas, a través de cuyo nervio óptico percibimos la realidad.

Desde luego, no es para estómagos sensibles. Begos deja para el recuerdo la fantasía gore, presentada a través de filtros de neón, estilizada, pero presentada con toda la brutalidad impenitente que exige. Por mi parte, aplaudo películas que son, al mismo tiempo, tan deudoras de otros pioneros como ejemplos de autoría desvergonzada. Begos será de los que den de hablar. Para bien o para mal, eso será a disposición del público.

Tráiler:

 

Ficha técnica:

Bliss ,  EUA, 2019.

Dirección: Joe Begos
Duración: 80 minutos
Guion: Joe Begos
Producción: Channel 83 Films
Fotografía: Mike Testin
Música: Steve Moore
Reparto: Dora Madison, Tru Collins, Rhys Wakefield, George Wendt, Abraham Benrubi, Chris Mckenna, Graham Skipper, Jeremy Gardner

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