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Alien: Al encuentro del horror

En el espacio nadie puede oír tus gritos. Así rezaba el cartel promocional de una película de ciencia ficción que, en 1979, cambiaría nuestra concepción del género. Alien proponía un descarado viraje de las concepciones del género al combinarlo con elementos de terror y elevar la estética de la película a obra de arte. La inspirada visión de Ridley Scott dejó para la posteridad un clásico atemporal y dio inicio a una mitología que aún colea.

Giger, diseñador de Alien

La historia de la génesis de Alien (Ridley Scott, 1979) da para su propia película aparte. Lo que prometía ser una producción de bajo presupuesto se transformó, paso a paso, en la ambiciosa obra que finalmente pudo disfrutar el espectador. Su criatura, desde el momento del estreno, se hizo un hueco en las pesadillas de los espectadores de todo el mundo. Pero, por supuesto, el icono tiene un origen.

Alien se gestó en la cabeza de un inquieto estudiante de cine, absoluto fan de la ciencia ficción, que había probado suerte con la producción de Dark Star (John Carpenter, 1974). Aquel loco experimento, mezcla delirante de aventura espacial y comedia, puso en el candelero a los valientes que, con presupuesto ínfimo e imaginación desbordante, lograron sacar el invento adelante. Nuestro protagonista, Dan O’ Bannon, junto a su compinche John Carpenter (también destinado a grandes cosas en el fantástico) llamaban la atención con su descaro. En ese momento, O’ Bannon se plantea una nueva historia basada en los conceptos que habían funcionado en Dark Star, pero con un giro más oscuro y orientado hacia el terror. Se planta la semilla de Memories, nombre del proyecto que, con los años, derivaría en Alien.

La puesta en escena de O’Bannon para Dark Star hace que otro visionario pose su mirada en él. Alejandro Jorodowsky se encontraba a mediados de los 70 en plena vorágine creativa para sacar adelante la mastodóntica versión de Dune, la seminal novela de Frank Herbert. O’Bannon se traslada a París para participar en el delirio de Jorodowsky, en otra de esas historias de cine que son dignas de recordar (y, por supuesto, en EL ESPECTADOR IMAGINARIO lo hicimos, y aquí puedes leer al respecto).

Necronomicon, el libro de ilutraciones de GigerDune quedó para la historia como la mayor película jamás filmada, pero, a pesar del desastre, O’Bannon entró en contacto con otros artistas tan imaginativos como él mismo. En especial, H. R. Giger y Jean Giraud Moebius, encargados del arte conceptual de Dune, dejan impronta en el americano. A las toneladas de cómics, relatos y películas como Forbidden Planet (Fred M. Wilcox, 1956) o The Thing from Another World (Howard Hawks, 1951) se añadía el imaginario de estos dos artistas europeos, que conformarían un cosmos tan apabullante que a día de hoy tiene ecos en cualquier producción de corte fantástico.

Como comentaba al principio, los primeros pasos de Alien darían para varios artículos. Así que nos adelantaremos en el tiempo, al momento en el que la película se pone en marcha tras mil tribulaciones y cambios. O’Bannon no tiene dudas: H.R. Giger ha de estar en la producción.

Y es Giger, el extraño y perturbador artista e ilustrador suizo, el que muta en protagonista de esta historia. Puesto que la chispa que desata este texto en la presencia de Lovecraft, es la llegada de Giger el hecho que pone la puntilla, si hablamos de la influencia del de Providence en la oscura alma de Alien.

H.P Lovecraft cambió la concepción de la ciencia ficción y el horror con apenas un puñado de cuentos. Salíamos de las mansiones mohosas, los cementerios y los sótanos, y sentíamos en nuestras carnes la caída del velo, el vistazo al abismo que despojaba de cordura al insensato que osaba adentrarse en los secretos susurrados tras la aparente normalidad de la civilización humana. En esos relatos, Lovecraft lanzaba contra el lector un horror tan visceral como existencialista, en el que el ser humano quedaba reducido a una mota de polvo insignificante en el universo aterrador e infinito, refugio de dioses terribles y criaturas casi todopoderosas, despojando de toda épica la realidad del hombre moderno. En su letargo, los monstruos que pululan por nuestras pesadillas sueñan con el regreso a sus tronos y ciudades olvidadas, subyugando a la humanidad.

Giger centró casi toda su obra en la revisión del imaginario lovecraftiano. Algo monumental y complicado, puesto que si algo caracteriza a las criaturas del escritor americano es su falta de forma o, por lo menos la imposibilidad de descripción de su horror innombrable. Sin embargo, el suizo creó todo un universo malsano, casi abrazando la Nueva Carne que directores como David Cronenberg o, en un sentido más iconoclasta, Clive Barker, traducirían en imágenes cinematográficas. La carne y el hueso se fundían con la máquina, el erotismo enfermizo de cuerpos deformes que apenas podían definirse como humanos producía estampas infernales, y la imaginería cristiana mutaba en ironía despiadada e impía.

O´Bannon se presentó en la producción de Alien con un ejemplar de Necronomicon, el libro de ilustraciones de Giger, que adoptaba el nombre del abominable volumen mágico de las historias de Lovecraf. Nadie tuvo dudas. Giger se convertía en el padre visual de la criatura. Las imágenes imposibles del de Providence, sugerencias de horrores que no pueden ser procesados por la mente humana, tomaban forma de ser salvaje, instintivo, metáfora de un universo despiadado y sin sentido donde solo reina el caos.

Alien es la vuelta de tuerca definitiva de los relatos de Lovecraft. Si en los Mitos de Cthulhu lo que encontramos es un puñado de seres extraterrestres varados en el planeta Tierra a la espera de recuperar su gloria antigua, en la película de Scott vemos cómo es el ser humano que sale al encuentro de esos dioses terribles. La épica de la exploración espacial es arrancada de cuajo. El ser humano, que se cree señor del universo, recibe una lección de humildad en forma de sacrificio de sangre, al más puro estilo de la tragedia griega, pero disfrazada de modernidad.

El ser que invade la nave es una sombra. Se escabulle, inunda de miedo los corazones de los tripulantes de la Nostromo, que se enfrentan a una amenaza desconocida, casi invisible. La presencia del indómito ser llena de dudas su mente, el universo que creían conocer, de repente, es más grande, terrible y perturbador de lo que imaginaban. El horror cambia, crece, se adapta, y el espectador es invitado a compartir ese miedo a lo desconocido. Como en los relatos de Lovecraft, el miedo es una tenaza en el corazón, no algo físico y palpable. No hay descripción posible para lo que se oculta en el angosto espacio de la Nostromo.

Lovecraft elevado a la enésima potencia de manera simple, eficaz, sin artificios, jugando con las emociones del espectador y ofrecido de forma apabullante por un grupo de adelantados a su tiempo, que dieron la vuelta a las formas tradicionales de la ciencia ficción y ofrecieron como resultado algo nunca visto. Obra maestra. Creo que todos estamos de acuerdo en ello, pero no está de más recordarlo.

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