Críticas

I always wanted to be a gangster

Uno de los nuestros

Otros títulos: Buenos muchachos.

Goodfellas. Martin Scorsese. EUA, 1990.

Uno de los topoi (o, en su forma moderna, cliché) de nuestras culturas, especialmente la occidental, se refiere a la cuestión de la lucha entre el bien y el mal, y a cómo el primero tiene que vencer, mientras que el segundo, sucumbir. No se trata de algo nuevo, sino de algo que parece formar parte de nuestra visión del mundo desde que nacemos, aquel factor de justicia que, probablemente, sea un detalle biológico de nuestra conformación. Que se hable de ADN o menos, lo importante es darnos cuenta de que ya en el mundo griego (el mundo clásico) se hablaba de seguir el orden divino, lo cual se traducía en la presencia de una estructura que podríamos llamar legal. El malo tiene que perder, no porque no sabe cómo ganar, sino porque el andamiaje universal de la ley (divina o menos, alguien la podría llamar el karma) prohíbe que llegue a su triunfo. Idea, esta, que vemos reiterada en las películas de Hollywood (y no solo), ya que el bueno vence y el malo, por ser malo, cae hasta el infierno del fracaso global.

Parece entonces que la historia que se narra en Goodfellas está ligada (estrechamente atada) a la normalidad de las películas de gánsteres, ya que podemos ver cómo la proliferación del mal llega a su clímax muy temprano para después derrumbarse al suelo y dejar una serie de manchas sangrientas por el camino. Efectivamente, se podría afirmar rotunda y explícitamente que la película de Scorsese nada nuevo añade, y que si de moraleja tenemos que hablar, esta sería simplemente que “el crimen no paga”. Nada más ni nada menos, lo cual (creo que toda persona estará de acuerdo) no indicaría que estamos ante una obra de gran importancia. La técnica podría ser esmerada, grandiosa, los actores impecables, la música un caos armonioso, pero si, dejada la sala de cine (o apagado nuestro ordenador, televisor o cualquier objeto capaz de reproducir un vídeo), nos encontramos como si nada hubiéramos aprendido (moral, ética o culturalmente), lo que queda es solo una cuestión de haber disfrutado, o menos, de un producto. Nada negativo, en este caso, pero no nos ayudaría a entender la razón por la cual la película de Scorsese es una obra de arte, objeto imprescindible de cualquier amante del arte cinematográfico.

Si de moraleja tenemos que hablar, es necesario profundizar un poco más y controlar qué tipo de historia es la que se nos cuenta. Mejor, qué tipo de cuento es el que nos narra el protagonista con la sangre medio irlandesa y medio siciliana, Henry (Ray Liotta), quien nos describe las diferentes acciones criminales que lleva a cabo con sus dos compañeros, sus dos mejores amigos, el completamente siciliano Tommy (Joe Pesci) y el completamente irlandés Jimmy (De Niro). Aquí, quizás, es donde encontramos la llave de toda la obra, en el hecho de ser esta una larga narración comentada por su principal actor. Henry Hill no parece, efectivamente, tener lo que podríamos llamar remordimiento, y si sus manos están menos manchadas de sangre (nunca lo vemos matar a nadie, mientras que Tommy y Jimmy no tienen problemas en relación a quitarles la vida a los que les provocan fastidio), no por esto podemos definirlo un ciudadano modelo, un pobre inocente que, por cuestiones de la vida, se ha encontrado en un contexto que lo ha extraviado. Hill es malo, y en esta maldad parece estar bien.

El vacío moral al que nos enfrentamos se define así por la presencia de dos factores fundamentales: por un lado está la cuestión de la ética, o sea la presencia de un código entre los personajes (el código de la familia y de la amistad, el código del clan) que no nos permite hablar de una situación de anarquía desesperada. Por otro lado, está el detalle más desestabilizador, lo que nos lleva a preguntarnos si la cuestión del bien en tanto modelo universal de orden efectivamente funciona: el otro factor es la capacidad de saber administrarse, de saber cómo moverse, cómo estructurar nuestra propia vida y nuestras propias acciones. Si Hill pierde su estatus de gánster (pero, de verdad lo era, o, ¿solo se trataba de un pobre diablo que vivía en un mundo más allá de sus reales posibilidades?), esto se debe a que no ha sabido usar su inteligencia. Si acaba siendo un schnook (un idiota) quizás se deba a que él siempre lo había sido.

¿Qué define entonces esta película? ¿Cuál es la sensación que deja en el espectador, aquella moraleja ante la cual tenemos que enfrentarnos? De hecho, la cuestión es muy sencilla, si bien pone de manifiesto un problema moral. La vida de Hill es una vida cinematográfica, una de aquellas vidas que nos gusta contar. Su ascenso en el mundo criminal y su terrible caída se funden para regalarnos, a través de los ojos de Scorsese, unas dos horas de pura belleza, dejándonos incapaces de dejar nuestro asiento, mientras seguimos con los ojos pegados a la pantalla. Nosotros, los que vivimos una vida sencilla, somos simples schnooks, sin una vida interesante para que se convierta en un cuento digno de ser llevado a los libros, o al cine. El crimen, entonces, paga, y bastante bien.

Ficha técnica:

Uno de los nuestros  / Buenos muchachos (Goodfellas),  EUA, 1990.

Dirección: Martin Scorsese
Duración: 146 minutos
Guion: Nicholas Pileggi, Martin Scorsese
Producción: Irwin Winkler, Barbara De Fina, Bruce S. Putin
Fotografía: Michael Ballhaus
Música: Pete Townshend
Reparto: Robert De Niro, Joe Pesci, Ray Liotta, Lorraine Bracco, Paul Sorvino

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