Críticas

Del amor y otras enfermedades mentales

Una madre

Diógenes Cuevas. Colombia, 2020.

Una Madre - CartelPocas películas latinoamericanas se atreven y se arriesgan a meterse a fondo con las enfermedades mentales y sus consecuencias para la familia, prefieren temas más “ligeros” o la cruda realidad, parece que no hemos encontrado un punto intermedio. Entre tantas cintas colombianas que van a festivales y regresan con leones, conchas y demás, pocas son tan profundas y desgarradoras como Una madre (2022), el debut en la pantalla grande del realizador Diógenes Cuevas, que es la que debería estar en todos los festivales del mundo representando a su país. Es de valientes adentrarse en el mundo del Alzheimer con tanta valentía y amor, mostrar lo difícil de esa enfermedad y la lucha de los que están observando y haciendo lo mejor que pueden.

Tras la muerte de su padre, Alejandro (José Restrepo) decide ir a sacar a Dora (Marcela Valencia), su madre, de un manicomio rural, donde se encuentra encerrada hace años. Al llegar, encuentra que el lugar se sostiene con lo poco que puede, como muchos lugares similares que han sido olvidados por el gobierno colombiano y el resto del mundo. Ante la negativa de la Madre Socorro (Eva Bianco), la directora del lugar, Alejandro decide crear una distracción y escaparse con Dora sin un permiso ni nada más que lo que lleva puesto.

Una Madre - Fotograma

Con la única claridad de alejarse del manicomio, Alejandro empieza a vagar por las carreteras de Antioquia con su madre, así es que comienza a conocer quién es ella, sin revelarle su verdadera identidad y descubriendo en sí mismo muchas similitudes con ella, mientras trata de reestablecer un vínculo que el tiempo y la enfermedad mental de Dora han ido borrando, ese que se niega a desaparecer.

Ambos huyen de la justicia y también de una familia resquebrajada, de la que solo quedan ellos dos como la memoria de lo que algún día fue, así como miles de familias campesinas han huido de la guerra y la violencia con lo que llevan puesto. También los persigue el pasado, el fantasma del padre, los vacíos emocionales y las heridas profundas que no terminan de cerrar.

La cinta transita varios géneros en el proceso, aunque es un drama familiar tiene toques de suspenso cuando madre e hijo logran un asilo temporal en una casa de campo, que termina siendo una pesadilla para Dora. Es como si nunca pudieran terminar de huir, como si cada día trajera una desgracia nueva, para dos personas que solo quieren reconstruir el amor de las cenizas que le quedan, ese amor que jamás se borra y que Dora lleva al fondo de su mente.

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Además de una gran historia, bien estructurada y contada desde el amor y también desde el dolor, las actuaciones de los protagonistas son desgarradoras. Marcela Valencia es una institución actoral que ha demostrado constantemente ser impecable en todos los roles que asume, y esta cinta no es la excepción. Su personaje tiene todas las características y actitudes de una persona con Alzheimer, sin exagerar ni restringirse. Desnuda su cuerpo y su alma mientras nos invita a recorrer los laberintos de una mente perdida, tratando de encontrarle sentido a lo que lo rodea. Y José Restrepo, para mí, es una gran revelación. Aunque ya tiene un recorrido en cine, televisión y teatro, en esta cinta brilla con una luz nueva, dándole la talla a Valencia y regalándonos un personaje profundo, dolido, contenido y real. Ambos intérpretes hacen escenas poderosas con personajes que llegan a la médula del espectador, al origen de los sentimientos mismos y a las lágrimas.

Pero la cinta no es perfecta, aunque suene como si lo fuera. El relato intimista podría ser agotador para el espectador desprevenido, y para algunos puede sentirse sobreactuada o muy melodramática; en el último acto, el ritmo tiende a caer un poco, pero creo que, como todo en el arte, va en los gustos. Sin importar la opinión, esta es una cinta que despierta sentimientos y mueve las fibras, algo clave cuando se tocan estos temas. El espectador necesariamente debe tomar partido y ponerse en la posición de Alejandro, para cuestionarse sobre todas las acciones que realiza, especialmente al final, que podría llamarlo como un gancho al hígado: poderoso, conmovedor y profundo. Sin duda, Cuevas logra un debut extraordinario y es un talento para tener muy en cuenta.

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Me atrevería a decir que esta cinta le da la talla a El padre (The Father, Florian Zeller, 2020) y la complementa. Por supuesto, guardando las distancias. Mientras que en la primera, Anthony Hopkins es un hombre de clase alta sufriendo Alzheimer, en Una madre vemos lo que sería la “versión pobre”, cómo sobrevive la gente sin recursos en un país donde la salud de calidad es un lujo, en un road trip, donde no importa el destino, sino el recorrido, es un viaje físico y emocional para ambos y que, a su paso, revela un país con profundos conflictos sociales y culturales.

Esta exploración, aunque dolorosa, es más que necesaria en el cine y es una temática universal, a estas alturas creo que no hay nadie que no conozca o que no tenga una persona padeciendo una enfermedad mental en su familia. Porque no todo tiene que ser “pornomiseria” ni violencia en la cinematografía de un país tan cansado de la guerra como Colombia. Siempre hay formas de contar historias con muchas lecturas, sin tener que ser evidentes o recalcitrantes, y esta cinta es uno de esos ejemplos.

Trailer:

 

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Ficha técnica:

Una madre ,  Colombia, 2020.

Dirección: Diógenes Cuevas
Duración: 83 minutos
Guion: Diógenes Cuevas
Producción: Alejandro Ríos Aristizábal, Fernando Ríos Aristizábal, Federico Eibuszyc, Jhonny Hendrix, Rocío Rincón, Barbara Sarasola-Day
Fotografía: Roman Kasseroller
Música: Álvaro Morales
Reparto: Marcela Valencia, José Restrepo, Eva Bianco, Santiago Caranza, Alberto Cardeño, Cristina Zuleta, Juan Carlos Ruíz, Victoria Valencia

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