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Solos ante el cine: Cuando se apagan las luces y empiezan los sueños

Título: Solos ante el cine: Cuando se apagan las luces y empiezan los sueños

Autor/es: Pedro García Cueto

Editorial: Anaya Multimedia.

Año: 2020

El poeta, narrador y ensayista Pedro García Cueto ha publicado el libro que a todo cinéfilo le hubiera gustado escribir. En las páginas de Solos ante el cine: Cuando se apagan las luces y empiezan los sueños ha reunido una serie de textos, de procedencia y extensión diversas, que se aproximan al séptimo arte desde diferentes perspectivas. Es cierto que cada cinéfilo tiene filias y fobias ligeramente distintas y, por tanto, cada cual construiría su libro de una manera diferente, pero no menos cierto es que todos los realizadores y películas convocados en este volumen resultan imprescindibles.

El libro, dedicado a Mariano García Vera, se abre con un prólogo de Sol de Diego en el que se nos ofrecen las claves de lectura del volumen, que se divide en cinco partes bien diferenciadas: “El universo de Visconti”, “Cine negro: la soledad en un mundo opresivo”, “Una mirada a grandes directores”, “Otros grandes directores” y “El cine a través de un genio”. En realidad, Solos ante el cine, que trata de rastrear el tema de la soledad a lo largo de una serie de hitos del séptimo arte, se ha organizado de una forma simétrica, ya que tanto la primera como la última parte se centran en la filmografía de un director, Luchino Visconti y Orson Welles, respectivamente, en tanto que las tres partes centrales son mucho más misceláneas, pues se ocupan de algunos clásicos del cine negro y de una serie de directores esenciales.

Sin duda, García Cueto reserva para el principio y para el final los trabajos más extensos y minuciosos. Así, en la primera parte, “El universo de Visconti”, hay dos ensayos más breves sobre La caída de los dioses (La caduta degli dei, 1969) y sobre El inocente (L’innocente, 1976), pero le dedica un exhaustivo estudio a Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), donde establece relaciones y comparaciones entre la novela de Mann y la trasposición cinematográfica de Visconti. Estamos ante uno de esos raros casos en que, partiendo de una novela que se puede considerar una obra maestra, alguien la lleva a otro medio y la convierte también en otra obra maestra. En cierto modo, “Muerte en Venecia. El clasicismo de Thomas Mann y de Luchino Visconti: de la novela al cine” es el capítulo que da fondo y sentido a todo el volumen, y en el que García Cueto despliega todas sus dotes de investigador y de cinéfilo.

La segunda parte, “Cine negro: la soledad en un mundo opresivo”, es la más breve de todo el libro, y, en ella, el autor ofrece cuatro textos (los dos últimos muy breves, casi presentados a modo de ficha) dedicados a dos clásicos del cine negro y a dos títulos del neonoir: Deseos humanos (Human Desire, Fritz Lang, 1954) y Laura (Otto Preminger, 1944), frente a Chinatown (Roman Polanski, 1974) y Un largo adiós (The Long Goodbye, Robert Altman, 1973). Cierra esta parte, que apenas ocupa diez páginas de texto, con una pequeña conclusión donde García Cueto convoca a escritores y directores, si bien muestra una clara debilidad por la mirada que Dana Andrews le dedica a Gene Tierney en Laura.

En lo que respecta a la tercera parte, titulada “Una mirada a grandes directores”, constituye el corazón o centro de Solos ante el cine, pues allí convoca, en ensayos de extensión media, a cuatro grandes directores y se centra en algunos títulos imprescindibles de su filmografía: en “Fritz Lang: la soledad de una sociedad mezquina”, analiza La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1944) y Perversidad (Scarlet Street, 1945); en “Billy Wilder: la soledad del americano medio” se centra en El apartamento (The Apartment, 1960); en “Martin Scorsese: la mirada herida a la soledad de América” no podían faltar Taxi Driver (1976) y Toro salvaje (Raging Bull, 1980); y, por último, en “David Lean: un recorrido por sus obras maestras”, habla sobre El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) y Doctor Zhivago (1965).

Algo más breves son los textos de la cuarta parte, “Otros grandes directores”. Allí nos encontramos “El mundo onírico de Luis Buñuel”, “Víctor Erice, una poética del silencio en el cine”, “La melancolía del cine de José Luis Garci”, “La nostalgia en el cine de François Truffaut”, “El cine de Antonioni. La soledad de sus personajes”, “Bertolucci y el cine. Una radiografía de la soledad en El último tango en París”, “La dolce vita: la obra maestra de Federico Fellini. Aquellos personajes solitarios en la antigua Roma” y un magnífico ensayo, algo más extenso, titulado “Pier Paolo Pasolini: la importancia del lenguaje cinematográfico y la soledad de su universo interior”, en el que que se traza un repaso por su filmografía esencial, si bien se detiene un poco más en dos de sus obras maestras: El evangelio según San Mateo (Il vangelo secondo Matteo, 1964) y Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975).

Al igual que ocurría en la primera parte, la quinta parte, “El cine a través de un genio”, se centra en la obra de un solo director. En este caso, el realizador convocado es Orson Welles y se estudian diferentes aspectos técnicos de su obra, como la utilización de diferentes planos, el montaje e incluso elementos como la luz y el sonido. Solos ante el cine se cierra con una “Conclusión” del autor y un epílogo, titulado “En compañía de Pedro G. Cueto”, que firma David Zurdo. En estas palabras finales de Pedro García Cueto creo que podemos encontrar la mejor clave de lectura de este libro cinéfilo: “Mi intención ha sido profundizar en un cine que he amado, encontrando en estos personajes espejos de seres solitarios que reafirman la soledad del espectador, que mira la pantalla para inventar otras vidas y salir de la absurda realidad. / El amor por el cine está detrás de este libro, mi entusiasmo por el séptimo arte y por tantas películas que podrían estar presentes, pero he querido seleccionar las que más me han marcado como cinéfilo a lo largo de los años. Detrás de los personajes de estas películas, está también el niño que siempre fui y que creció con el cine para tener siempre ilusión en la vida”.

Estas palabras adquieren especial relevancia en un momento como este, ya que, a causa de la crisis provocada por el coronavirus, hace casi dos meses que no podemos ir a una sala de cine, y, cuando regresemos, tendrá que ser en un ejercicio pleno de soledad. En estos días extraños de aislamiento y distopía, no deberíamos olvidar nunca las palabras de Luis Eduardo Aute, un artista total que se marchó de este mundo cuando los cines permanecían cerrados y todos nosotros confinados: “Cine, cine, cine, / más cine por favor, / que todo en la vida es cine / y los sueños, / cine son”.

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