Críticas

Retorno al pasado

Nieve Negra

Martín Hodara. Argentina, 2016.

Cartel de la película Nieve negraNieve negra (2016), dirigida por Martín Hodara, se abre con una corta escena, a modo de prólogo, en la que vemos a un niño, caminando hacia delante, llevando una escopeta de caza y caminando con paso firme y decidido. Una voz over (superpuesta) dice su nombre, ¡Juan! El muchacho se gira. Corte. La escena siguiente se desarrolla en el interior de un avión. Marcos (Leonardo Sbaraglia) acaricia a su esposa, Laura (Laia Costa), que está acostada sobre él. Pronto intuimos que los primeros compases de la historia que se nos ha presentado, sin revelarnos nada de su nudo dramático, están relacionados con los personajes que acabamos de conocer. Por lo tanto, el viaje va a ser catártico, introspectivo y acerca de los demonios larvados enfocados con el misterio que las primeras imágenes nos causan. Sin apenas pestañear y en pleno vuelo la película nos encamina a descubrir, tarde o temprano, qué le pasó a Juan, la gran incógnita, y por qué regresa Marcos a la casilla de salida del juego.

El largometraje, un thriller de corte tradicional, se adentra en una zona, en este caso, desabrida, sobre un tema bastante común desde que el cine es cine. La familia. Para bien o para mal, de tratamiento calmado o tempestuoso, a su alrededor se teje, en plan cómico o dramático, todo un amplio catálogo de situaciones de muy variada índole. En Nieve negra se apuesta por el suspense (¿qué pasó?) y el arreglo o destrucción total de una relación entre dos hermanos separados por la distancia, la emoción y los rescoldos de una herida sin restañar. El filme se decanta por el género dramático y centra todo el poderío de la historia en una tragedia ofuscada por las cuentas pendientes de los dos personajes principales, Marcos y Alejandro (Ricardo Darín), cuya interacción es uno de los pilares del filme.

El tono con el que el director, Martín Hodara, y su guionista, Leonel D’Agostino, describen a la familia es sombrío y hostil. Con lo cual, y sin poseer muchos datos, imaginamos que, por el motivo que sea, hay piezas o asuntos feos que no cicatrizaron en su momento y provocan una atmósfera situada en el filo de la navaja. Las miradas entre Marcos y Salvador son abruptas y beligerantes. Los ojos de Salvador, penetrantes y hoscos, pronostican un clima cargado de rabia y rencor. Emociones muy consecuentes con una trama de raíz shakesperiana, que más que diluirse, aumentan. Un crecimiento, además, pautado por los convenientes flashbacks, colocados a intervalos progresivos, de tal manera que el público puede ir recomponiendo la historia, a la vez que el choque y la violencia entre los hermanos se engrandece.

El planteamiento de Nieve negra tiene referencias al western clásico. Es la llegada de un intruso, acompañado de su esposa, a una zona inhóspita, el sur de la Argentina, en un ambiente frío y desolador. A Marcos lo mueven ambiciones materialistas, pero su personaje, acomplejado y errático, se convierte en una figura arquetípica, pese a su condición de extraño, por cuanto lleva huido emocionalmente de un territorio con malos presagios y de las señas de identidad por razones inconfesables. Así las cosas, no hay nada como introducir el siempre socorrido efecto de la herencia para volver a poner en contacto a dos seres que no se han dirigido la palabra durante 30 años. Y como el reencuentro ha sido gélido y enconado, y están solos, en medio de la nada, sin ningún tipo de coartadas, salvo la presencia de Laura, el personaje bisagra, cuya misión es ver, oír y callar, la tensión es tirante, opresiva y cortante.

Más si cabe, porque los tres personajes tienen que mantener la compostura y cierto civismo en una casa, sin ningún tipo de lujo, en la que tienen que convivir con el habitual antagonismo de reproches y gestos airados. Mientras, se va desgranando el oscuro y turbio secreto que guarda la casa. Porque tanto la vivienda como el paisaje amenazante que les rodea se convierten, sin sacarle mucho provecho, en personajes simbólicos. La granja, porque esconde (nunca mejor dicho) detalles, en forma de dibujos (muy importantes como signos narrativos) que enlazan con el pasado, y porque la nieve no es un detalle poético. En esta tesitura, de convivencia permanente y antipática, de fricción constante, el largometraje se desliza, con guion sumiso y que hace rato ha renunciado a ser retorcido, a los choques y desenlaces previsibles, aparcando a destapar la caja de los truenos para otra ocasión. Los sucesivos flashbacks cada vez despejan las incógnitas y el progresivo desvelamiento, ortodoxamente editado, de las inquietantes pistas, colocan el clímax en puro juego de artificio de apagada potencia y nula perversión psicológica.

Los giros de la trama, dramáticamente intuitivos, carecen de shock, pese al tabú, y el golpe de efecto se diluye como un azucarillo en el agua. Sin la conmoción requerida y el sobresalto abducido por la superficialidad, la vulgaridad e impostura miran hacia el melodrama rural de tenue alcance. Porque si bien, en el último bloque, aparecen otros personajes importados de las crónicas de corruptelas y arbitrariedades administrativas, como Sepia (Federico Luppi), un hombre caciquil y sin prejuicios, que hace y deshace con una autoridad de pandereta, no logran, por otra parte, culminar con éxito una película, Nieve negra, lastrada por el carácter un tanto benevolente con las zonas oscuras del relato.

La animadversión, el choque de temperamentos, la culpa, la redención, la avaricia, el perdón, el ajuste de cuentas, la dureza de la infancia por culpa de un padre tirano y severo, y los asuntos de familia, aunque sean negros, se limpian en el propio entorno, son parte de una temática que galopa buscando su sitio y espacio, pero en vez de recurrir a los traumas tenebrosos y cargos de conciencia, se dirime a favor del starsystem, con las dos estrellas aupadas a un cuadrilátero y a ver quién pega más fuerte. A Nieve negra le sobra algo de glamour del elenco actoral, y los personajes femeninos parecen puestos con chinchetas. Y le falta animalidad.

Tráiler:

Ficha técnica:

Nieve Negra ,  Argentina, 2016.

Dirección: Martín Hodara
Duración: 91 minutos
Guion: Martín Hodara y Leonel D'Agostino
Producción: Axel Kuscheavatzky, Pablo Bossi, Adolfo Blanco y María Luisa Gutiérrez
Fotografía: Arnau Valls Colomer
Música: Zacarías M. de la Riva
Reparto: Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Laia Costa, Dolores Fonzi y Federico Luppi

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