Críticas

Corrupción a la criolla

Nadie sabe para quién trabaja

Harold Trompetero. Colombia, 2017.

Cartel de Nadie sabe para quien trabajaSi uno se preguntara cuál es el tema más tratado en Latinoamérica durante 2017, pienso que el de la corrupción estaría, lejos, en el primer lugar. Casi ningún país escapó al efecto pernicioso de la organización brasileña de construcción Odebrecht. Según lo denunciado en diciembre de 2016 por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos,  realizó por años todo tipo de corruptelas y sobornos a funcionarios de al menos 12 países, para obtener beneficios en proyectos públicos, la mayor parte de ellos en la región. Esto se hizo por medio del clásico truco de crear unas cuentas paralelas, denominadas en este caso con el eufemismo de “relaciones estratégicas”, para disimular los artilugios. Naturalmente, para ello se contó con el inteligente y malicioso trabajo de diversos funcionarios, como Concepción Andrade, joven empleada de la empresa, quien cuando fue despedida tuvo el cuidado de escaparse con los registros de tales cuentas que había ayudado a contabilizar, para entregarlos a la justicia, ayudando a destapar la olla podrida. Es que en asuntos de malicia y de mentiras, más tarde que temprano se van a saber las cosas, pues como “nadie sabe para quién trabaja”, la red de engaños que se ha tejido se va a reventar y a va ser revelada por las mismas personas que la han ido formando, cuando ocurren los inevitables desencantos, manipulaciones y traiciones que resultan en todas estas tramas.

Cuenta el director de Nadie sabe para quién trabaja, Harold Trompetero, que decidió con su equipo de trabajo aprovechar el flagelo de la corrupción, que azota también a Colombia, reflexionando al estudiarlo “que está en el día a día del ciudadano, que es parte de su idiosincrasia, que no es exclusiva de las altas esferas políticas, que nace en las esquinas, en los barrios”. Por ello se decidieron a armar una historia de abogados, contadores, médicos y personajes vividores del rebusque, que se valen de todos los medios a su alcance para manipular las circunstancias de los procedimientos y de los procesos, con el fin de obtener ganancias, con las clásicas premisas de que el fin justifica los medios, de que todos tienen su precio y de que hay muchos tontos esperando a ser desplumados por los maliciosos e inteligentes.

NAdie sabe para quién trabaja, fotograma

Harold Trompetero, es publicista y escritor prestigioso. Ha incursionado en el cine con persistente regularidad y con éxito, habiendo dirigido, desde 2000, unos quince largometrajes. Acá ha logrado un buen producto, cuyos mejores atributos aparentes son el buen diseño, el humor, la refinada actuación de los protagonistas y el acertado respaldo musical. Pero al observar con mayor cuidado, estamos ante una especie de novela negra cinematográfica, donde se exploran con humor, sin que se sienta dolor, muchos de los oscuros rincones del comportamiento criminal que mantiene atrapada parte importante de la realidad latinoamericana en la mediocridad, en la deshonestidad y en la decepción. La deshonestidad, en el fondo, se manifiesta en la manipulación que hace imposible que las personas sean realmente dueñas de sus acciones, ya que hay fuerzas ocultas operando, dando lugar a resultados inesperados. En esta película se escenifican luminosamente los distintos aspectos de la deshonestidad.

El primero de ellos es el secreto. Casi todos sus personajes tienen mundos ocultos que se van descubriendo inesperadamente, causando sorpresas, dando lugar a giros y a fingimientos que los atrapan en redes de mentiras cada vez más endebles, obligando a mayores manipulaciones de los demás y de la realidad, de manera que el propio personaje se vuelve fábula y confabulación. El segundo aspecto es el de la agenda oculta, esa trama que se arma con malicia, buscando objetivos ventajosos, de tal manera que los demás hagan parte de la misma, pero sin darse cuenta de que son instrumentos de una confabulación diseñada por alguien. Para atraerlos a la trama, los demás reciben pequeños o grandes regalos que cambian sus puntos de atención y no les dejan percibir los riesgos y los engaños. Un tercer aspecto es el de las promesas que se hacen, sin real intención de cumplir, que en realidad no se cumplirán, pero que generan ilusión en el otro, que ve en ellas una salida a un problema o una fuente de riquezas o de bienestar. El que promete utiliza metáforas, gestos, sonrisas, encantamientos, ejemplos y anécdotas para engañar e ilusionar. El que escucha se deja llevar a un mundo nuevo y cae en la trampa, de hecho, se resiste a creer que ha sido engañado cuando empieza a ver evidencias de que nada bueno va a suceder; incluso, tiende a volverse sumiso esclavo del manipulador. Un cuarto aspecto es el de la negociación y la apuesta. El manipulador se convierte en un apostador, en un jugador que asume riesgos imposibles, muy peligrosos, pero le intoxican las mieles de la posible recompensa, hasta el punto de que extiende su red de ludopatía a los que lo rodean, atrayéndolos con pedazos del tesoro y estimulando sus egos.

NAdie sabe para quién trabaja

Con didáctica maestría, mucho humor y excelente uso de imágenes y escenas dobles que reflejan las imaginaciones del protagonista, Trompetero nos enseña toda una compleja red de eventos marcados por todos los anteriores aspectos de la deshonestidad y el engaño, a través de las vivencias de Arturo, una simbiosis de tinterillo, investigador privado, abogado y funcionario que tiene una mediocre oficina de asesorías. Cuando estaba a punto de cerrar su negocio por falta de clientes, recibe una seguidilla de desprevenidos personajes, ansiosos de caer en sus redes para resolver diversas situaciones. Ve entonces Arturo la ocasión de enriquecerse y entra a ejercer sus habilidades de manipulador al mejor estilo de los personajes de las novelas picarescas, sin realmente sospechar de que, en cada artimaña corrupta, él es, a la vez, sujeto y objeto, ya que nadie sabe para quién trabaja en el mundo de los engaños y de la deshonestidad. Es esta una parábola de la corrupción a la criolla, de esa picaresca que ha invadido tantos sectores de nuestra realidad, que, por divertida que sea, no deja de ser maligna y perniciosa. Apropiadamente está escenificada en Bogotá, sede del gobierno centralista de Colombia y ciudad de grandes complejidades y vivencias, donde vive gente de todo el país, ansiosa por un mundo mejor, caldo fértil para estos fenómenos, donde todo puede suceder.

Tráiler:

Ficha técnica:

Nadie sabe para quién trabaja ,  Colombia, 2017.

Dirección: Harold Trompetero
Duración: 90 minutos
Guion: Alejandro Matallana, Harold Trompetero
Producción: Trompetero Producciones S.A.S.
Reparto: Jessica Cediel, Robinson Diaz, Adolfo Aguilar, Claudio Cataño, Diego Camargo, Francisco Bolivar, Primo Rojas, Diego Mateus, Hernán Mendez, Javier Quintero

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