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Luck

Cartel de la serie Luck

Luck, la serie de HBO, creada por David Milch (Deadwood) y producida por Michael Mann (Fuego contra fuego, Colateral), que no pasó de una única temporada debido a las muertes accidentales de tres caballos en distintas etapas de su rodaje, parecía venir a extender el prontuario de embellecimiento anatómico en la representación de los equinos con el que arrastra la historia del arte, tanto de Oriente como Occidente. Pero lo que tenemos en su lugar es un adentramiento a la noción del azar como factor que rige las vidas de todos aquellos que, por uno u otro motivo, se acercan a los hipódromos a vivir esas carreras de 2.500 metros con la vana esperanza de manipular sus destinos personales, algo que el mismo título de la serie se encarga de relativizar, indicando en manos de quién se encuentra realmente esa capacidad. Pero para alguien como quien esto escribe, a quien le cuesta una enormidad asumir ese contrato a largo plazo que representan las series televisivas, nada de esto tendría demasiado atractivo si el que se encargara de mover estos hilos no fuera Michael Mann, uno de  los mejores cineastas norteamericanos en actividad, cuya probada maestría en materia de vértigo narrativo y sus logradas catarsis audiovisuales añaden una nueva capa de sentido a ese lustroso historial de representación plástica de los caballos, sin desinteresarse por ello de las pequeñas batallas épicas que emprenden sus personajes.

Imagen de la serie de TV LuckLas historias de Luck tienen lugar en el circuito de carreras de Santa Anita, en California. El personaje principal es Chester “Ace” Bernstein (Dustin Hoffman, adusto y certero, transmitiendo más por omisión que por desbordes actorales), un representante del crimen organizado de Los Ángeles proveniente del mundo de las apuestas y que acaba de cumplir una condena de tres años de prisión, entregado a su suerte por sus antiguos empleadores, que no dudaron en soltarle la mano cuando cayó detenido por encubrir grandes cantidades de drogas en nombre de la organización. La adquisición de un pura sangre representará una oportunidad en su nueva etapa en libertad, no solo para introducir el negocio de los casinos en el circuito de carreras de Los Ángeles, sino también para tomar revancha contra aquellos que lo perjudicaron, haciéndoles creer que podrán formar parte de sus nuevos emprendimientos. Al mismo tiempo, tenemos a Walter Smith (Nick Nolte, cada vez más magnético con su silenciosa entrada en la vejez), quien parece contar con una última carta para expiar culpas por la muerte de un antiguo caballo a través de su cría, de la que mantiene a resguardo su procedencia, mientras se prepara para lanzarla al circuito de competición oficial con una extrovertida y diestra jockey irlandesa (Kerry Condon), en la subtrama de mayor vuelo melodramático de la serie, merced a toda la carga de misterio sobre su pasado, que destila el enorme cuerpo de barril de roble y la aguardentosa voz de Nolte. Tenemos también a un particular cuarteto de apostadores, encabezado por un postrado e irascible Marcus (Kevin Dunn), que se alza con un premio de más de dos millones de dólares, merced a las brillantes estrategias de apuesta de Jerry (Jason Gedrick), un personaje de sesgo trágico que ve dilapidar montañas de dinero que obtiene en el hipódromo en sus compulsivas incursiones nocturnas en las mesas de póker contra un adversario al que nunca logra derrotar. Y también esta Leon (Tom Payne), un joven y entusiasta jockey principiante que debe lidiar con constantes problemas de peso, y la indiferencia de un brillante entrenador latino, Turo Escalante (John Ortiz), sumado a la especulación de su agente, el tartamudo Joey (Richard Kind).

Luck, la serieEs probable que la intensidad alcanzada en el clímax del episodio piloto dirigido por Michael Mann no vuelva a verse igualada en los restantes ocho episodios de la serie, pero hay que reconocer que Luck tampoco cede a la tentación de una puesta en escena grandilocuente de las carreras (que no carecen de belleza, claridad y emoción) ni mistifica en demasía las particularidades del mundo de las apuestas, evitando cualquier muestrario molesto de conocimiento de causa que acompaña a tantas ficciones basadas en pequeños universos desconocidos para el común de los mortales, un acierto en su austeridad que permite centrarse en las motivaciones de cada personaje y que alcanza sus mejores momentos en todas aquellas secuencias a modo de epílogo, donde Ace y su compañero Gus (el gran Dennis Farina) conversan distendidamente como dos grandes amigos. Esta confianza depositada en los gestos de nobleza de sus personajes, maniatados a los avatares del azar y las consecuencias de sus propias malas decisiones, hacen de Luck una gran ficción sobre la amistad más que una meticulosa reconstrucción del submundo de las apuestas.

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