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Las guacamayas se fueron con Diego Rísquez

Diego Rísquez
Diego Rísquez. Foto facilitada por Leonardo Henríquez

Si tuviera que establecer una vara para medir el cine de Diego Rísquez en Venezuela, podría acudir a la filmografía de Leonardo Favio en la Argentina. Si bien ambos provienen de ambientes, formación y de clases sociales diferentes, tienen un sino común que los identifica como realizadores totalmente nacionales. Ver una película de ellos es estar en su país, rodeado de los paisajes naturales o urbanos que identifican el lugar de donde proceden, porque su cine es totalmente iconográfico.

El pasado 13 de enero falleció Diego Rísquez. Debo reconocer que la noticia me movió el piso por varios motivos. Se iba un referente artístico del país donde viví muchos años, se iba el cineasta que ofrecía un imaginario alimentado de lecturas y paisajes avasallantes a los ojos de una extranjera. En sus películas estaba la selva, el río, una fauna colorida y alegre, los ambientes coloniales y unos personajes que cautivaron mi imaginación cuando Venezuela comenzó a seducirme. El Popol Vuh, el Orinoco y sus indios caribes, la historia fabulada de Herrera Luque, los piratas, el hombre de maíz, el niño dorado… también estaba Bolívar, ese personaje que aparecía junto a San Martín en Guayaquil en mis libros de Historia, pero que en Venezuela tenía una asignatura fija en los colegios, la Cátedra Bolivariana.

Bolívar, sinfonía tropikal
Bolívar, sinfonía tropikal

Mis ojos argentinos descubrieron el cine venezolano de la mano de Iván Feo (País Portátil, 1979) y de Diego Rísquez, con su Bolívar, sinfonía tropikal (1981), donde trata al personaje histórico y el siglo XIX de manera simbólica. Pero el filme que me rasgó la retina por la belleza de sus imágenes, por su simbolismo, por esa naturaleza inmensa, desmadrada, inabarcable y atrapante, fue Orinoko, Nuevo Mundo (1984). El Orinoco es inmenso, es hermoso, con un paisaje subyugante, donde no alcanza la mirada para completarlo, donde la sensación es casi mística… En ese entorno, Rísquez dio rienda suelta a los mejores pasajes del Popol Vuh. Allí ubicó a los seres más antiguos de esa tierra, a sus divinidades… y también a sus usurpadores, a los colonizadores, a los piratas, a los extranjeros ávidos de encontrar el Dorado. Las palabras no alcanzan para describir el universo imaginativo de Rísquez, hacen falta los ojos… su mirada de artista plástico le permitió componer puestas en escena magníficas desde puntos de vista muy originales, escogidos con gran sensibilidad.

Rísquez se formó en Europa y tuvo sus inicios de cineasta en el movimiento superochero venezolano. Un movimiento que cobró gran importancia en el país y se irradió fuera de sus fronteras. Pero trascendió los círculos amateurs cuando estrenó Bolívar…, filmada en Super 8, que fue seleccionada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Le siguieron Orinoko… y Amérika, terra incógnita (1988), filmadas en 16mm y copiadas en 35mm (precursoras en el sistema). Amérika… narra, a través de cuadros vivos, la historia de un indio que es trasladado a la corte española, realizando el camino inverso al que estábamos acostumbrados a imaginar. Desde mi punto de vista, de las tres, es Orinoko la que se lleva todas las preseas.

Orinoko, nuevo mundo
Orinoko, nuevo mundo

Este tríptico, como lo denominaba su autor, dio paso a nuevas búsquedas. Porque si de algo se puede jactar Rísquez es de su coherencia en una búsqueda estética, de una continua plasmación de sus obsesiones, del cuidado formal de cada uno de sus planos. Hasta ahí, su cine se apoyaba en narrar historias bellamente ilustradas pero sin diálogos. Imágenes y música nos llevaban de la mano por esos lugares de ensueño, junto a personajes que eran más simbólicos que reales. La falta de diálogos permitía verlos a la distancia, como están en los libros de historia, sin involucrarnos en sus sentimientos ni con sus acciones. Solo atinábamos a prestarnos al viaje que Diego Rísquez nos proponía, un viaje donde nuestros sentidos serían activados a través de la belleza de las imágenes y el fluir de la música.

A las mencionadas, siguió Karibe con tempo (1994), la última de sus películas que vi en Venezuela y en una sala de cine, que es donde debe verse su obra, para admirar el fino trazo artístico de su autor. Con Karibe… sella el uso de la K en los títulos e incorpora por primera vez el diálogo. En alguna entrevista de las varias que hay en la red, Rísquez comenta que temía que los diálogos desmerecieran a sus personajes. Y tenía razón, al menos con Karibe… No creo que sea de las que más orgullo le haya dado.  Podríamos considerarla una etapa intermedia entre aquel maravilloso tríptico y la obra que encararía después, ya que cabalga entre las dos vertientes y no termina de definirse por ninguna. Como tal, es un híbrido que cumple, al menos, bellamente, esa función.

La noticia de la partida de Rísquez me sorprendió sin haber conocido su obra posterior, la de su madurez. De pronto se vinieron encima los años que han pasado desde que partí de Venezuela y siento que he estado viviendo una vida paralela. Me estaba perdiendo las películas de Diego, mientras consumía las de Favio. Por suerte, hoy nada es imposible y pude ver casi todas. Así que me zambullí en un sofá y me presté al viaje que Rísquez me proponía desde Macuto (en realidad, Todasana), donde le dio vida a un pintor que también había segado (y cegado) mi retina cuando vi su obra en el Museo de Bellas Artes. Reverón (2011) comienza con un baile de carnaval en el pueblo costeño. Un grupo de mujeres disfrazadas de Dominó participan del baile y un joven Armando Reverón, vestido de torero, se encuentra obnubilado frente a una de ellas. La música de los tambores agita los cuerpos y los recuerdos. El mar, de fondo, es testigo de una celebración pagana, donde los sentidos se anteponen a la razón… la escena me conmovió hasta las lágrimas, casi podría decir que se sentía el olor del mar. Allí se conocen el pintor y Juanita, su musa y compañera de vida. La cámara sobrevuela al conjunto de negros, indios y blancos que comparten la fiesta, pero Armando y Juanita acaparan nuestra atención. No sé cómo describirlo, no hay desenfoque, no hay planos cercanos, y sin embargo, en esa multitud, filmada en plano general levemente picado, sobresalen ellos dos en primer plano, en plano conjunto… ¿Serán sus miradas? ¿Será algún filtro especial? ¿El foco manipulado sin que nos demos cuenta? ¿Serán estos dos actorazos,  Luigi Sciamanna y Sheila Monterola, al dar piel y carne a los personajes? ¿O será la mano sabia de Diego mostrándonos aquello que quiere que veamos?

Reveron
Reverón

Allí está el castillete, aunque al verdadero se lo haya llevado el deslave. Allí está Armando con su monito, sus pinceles, sus muñecas, aunque no sean los verdaderos. El universo creado por Reverón en su castillete junto al mar, donde era libre y feliz, donde pintó su maravillosa obra, está intacto en la imaginación y en la puesta de Rísquez. Cada rincón habla del pintor, de su entorno construido con sus propias manos, donde recibía a la gente que iba a ver al “pintor loco”. La increíble personificación de Sciamanna, que para nada tiene el físico de Reverón, nos deja con la impresión de que nadie más hubiera podido personificarlo mejor. La ternura con que se narra su vida, con los afectos que se le van escapando, con los fantasmas que lo persiguen, con la sensualidad que pinta… son apenas ejemplos de las sensaciones que despierta esta película del autor venezolano. Descubre al personaje, inspirándose en los tres documentales realizados sobre el pintor en tres décadas diferentes. Esas etapas son las que están representadas en la película… Hermoso homenaje al hombre que descubrió cómo pintar la luz del trópico, “con blanco y mierda”, como él mismo decía… con blanco sobre el marrón de la arpillera, con blanco (varios matices de blanco) para mostrar los cocoteros, el mar y las mujeres, un universo único y elegido.

Antes, Diego Rísquez había filmado la historia de otro personaje histórico, la vida de Manuela Sáenz, la amante de Bolívar. Pero en Venezuela se sabe que no fue solo su amante, fue quien le salvó la vida, una heroína en tiempos en que las mujeres estaban relegadas en sus casas. Manuela Sáenz (2000) pude verla en una copia en blanco y negro, aunque su ficha técnica dice “color” y otras copias desmejoradas aparecen en sepia. El ambiente colonial no se queda en las callejuelas y las casas de esa época. Rísquez elige comenzar su historia en la vejez de Manuela, cuando en Paita, un pueblo costero del Perú, recibe a un joven Melville que quiere que le narre su pasado junto a Bolívar. La película tiene la estética de los melodramas mexicanos de los 50, con una Beatriz Valdés encarnando a la heroína, que se emparenta con la Juana Gallo de María Félix. Hermosa de ver, el filme tiene algunos puntos flojos. Sobre todo, en la composición del personaje de Bolívar, que aparece en varias escenas de descanso como si no hubiera hecho nada en su vida, mientras Manuela atraviesa grandes extensiones para llegar a su encuentro y toma decisiones que debería haber tomado él. Por momentos, suena destemplada en sus parlamentos, viviendo su existencia con sus dos ángeles guardianes, que son sus esclavas. En mi opinión, falta consistencia a ambos personajes, que han sido despojados del simbolismo con que vistió al primer Bolívar y se quedan en un dibujo más realista y dramático.

Hubiera querido unos años más para Diego, para que llevara a la gran pantalla su sueño, Guaicaipuro, otra de sus obsesiones. Pero cerró su carrera con una película cuya historia le cayó en las manos y no pudo resistirse. El malquerido me tiene escuchando los boleros de Felipe Pirela desde que vi este filme. Los años 50 y 60 son recreados en espacios verdaderamente elegidos, para contar la historia de un joven maracucho que triunfa cantando. Y que como tantas historias (como la del Gatica, de Favio) terminan mal. Es que a estos pichones, salidos del barrio y que triunfan, no les está permitido el éxito. Siempre tienen aves carroñeras a su alrededor. Conmovedora historia, protagonizada por Jesús “Chino” Miranda, quien se mete en la piel de Pirela y lo interpreta a cabalidad, cantando sus canciones despechadas, con una voz suave y melancólica, mientras la vida le va cobrando cada paso que avanza.

El malquerido
El malquerido

La obra de Rísquez se caracteriza por una dirección de arte sublime. Cuidada, sensible, efectiva, inspiradora de conceptos, de matices, de sentimientos acerca de la belleza. No hay nada que desentone, no hay nada que haga ruido, nada molesta, por el contrario, sugiere. Las mujeres, en todas sus películas, son seres hermosos, elegantes, con rasgos y la gracia de la mujer del trópico. Las historias son cuentos entretenidos donde hay que llevar algo propio para poder disfrutarlos. Su equipo cinematográfico suele estar integrado por sus colegas, que además, son sus amigos. El fotógrafo Cezary Jaworski, el productor Antonio Llerandi, el músico Alejandro Blanco Uribe y el editor Leonardo Henríquez.

Diego Rísquez se ha ido. Venezuela queda huérfana de quien le prestó su mirada para ofrecerla como filtro ante el espectador.  Una sucesión de imágenes vienen a la mente con solo convocar el nombre de Diego. Su obra, toda, es inspiradora. Ha dejado un legado del cual debe sentirse orgulloso. Nuestros ojos de simples espectadores han recibido la bendición de su particular, sensible, maravillosa mirada.

Filmografía:

2015 El malquerido 

2011 Reverón

2006 Francisco de Miranda

2000 Manuela Sáenz

1994 Karibe con tempo

1988 Amérika, terra incógnita

1984 Orinoko, nuevo mundo

1981 Bolívar, sinfonía tropikal

1979 A propósito del hombre

1978 A propósito de la luz tropical

1977 Poema para ser leído bajo el agua

1976 A propósito de Simón Bolívar

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