Críticas

Resarcimiento utópico

La muerte y la doncella

Death and the Maiden. Roman Polanski. Reino Unido, 1994.

LamuerteyladoncellaCartelYa ha transcurrido un cuarto de siglo desde el estreno de esta estremecedora película de Roman Polanski. Un recorrido espeluznante de dolor, venganza, memoria y crueldad. Estamos ante una adaptación de la obra de teatro del autor chileno Ariel Dorfman, escrita en 1990. Fue llevada a escena al año siguiente en el Royal Court Theater de Londres. También se representó en Broadway, meses después, con la dirección de Mike Nichols y contando con un reparto de lujo: Glenn Close, Richard Dreyfuss y Gene Hackman. Polanski, en su versión cinematográfica, se inspiró en el filme de Akira Kurosawa, Rashomon (1950). Su intención era que ninguna de las versiones que se pudieran observar sobre los hechos relatados se impusiera sobre las otras. 

Paulina Lorca y Gerardo Escobar son un matrimonio sin hijos, de mediana edad. Están interpretados por Sigourney Weaver y Stuart Wilson. Viven en una casa solitaria en la costa, en un país sudamericano que no se especifica. Pero acontecimientos e incluso el póster del poeta Pablo Neruda colgado en una de las paredes de las dependencias nos hace pensar en los años de dictadura de Augusto Pinochet en Chile, aunque las fechas no coincidan con total exactitud. El realizador polaco, si bien mantiene el presente de su obra en épocas próximas a su realización, sitúa el pasado que se intenta recrear, no precisamente por gusto, a finales de la década de los setenta del siglo pasado.

Al inicio del filme, Paulina espera en solitario a su marido para cenar, mientras escucha en la radio su probable o casi inminente nombramiento como presidente de una comisión. Gerardo es abogado y el cargo consiste en la dirección de un grupo de trabajo. Su labor deberá centrarse en la investigación de los delitos de sangre cometidos por la dictadura que se apoderó ilegalmente del gobierno de la nación, no hace demasiado tiempo. Paulina se presenta con una personalidad nerviosa, inquieta. Escucha con escepticismo la noticia y se mueve como un gato por su casa, deslizándose entre los muebles. Tiene hambre, cena, bebe vino, deambula con desasosiego. También lee. Hay tormenta y no funciona la electricidad. Sin luz, a oscuras y en silencio, van transcurriendo los minutos. Hasta que, sobresaltada, escucha un ruido. Un coche se acerca. Sin demora, se parapeta tras la puerta de la vivienda, acompañada de una pistola.

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Polanski juega con una puesta en escena casi teatral. Al director le bastan cuatro paredes, un decorado construido expresamente, para que la angustia se convierta en pavor. El suspense va transformándose en una terrorífica agonía, cubierta de sudor, sexo, sangre y violencia. El autor no necesita más golpes de efecto que esa oscuridad  sobrevenida en una noche tormentosa y unas magníficas interpretaciones. Sigourney Weaver es una gran actriz y Polanski consigue sacar lo mejor de ella. Lo hace en un papel que debe exponer el máximo rencor, aunque sin olvidarse de cierta contención. También el actor Ben Kinsley ofrece lo máximo de sí mismo, en su papel de falso culpable, o no, ustedes mismos dirán. Es el doctor Roberto Miranda. Un doctor en medicina que lee a Nietzsche y escucha a Schubert. Y también tiene mujer y hasta dos hijos.

Roman Polanski encierra en esa casa a tres personajes que se suponen civilizados, con estudios, incluso poseedores de un futuro profesional muy prometedor. Del doctor Miranda, desconocemos si se trata de un médico de reconocido prestigio. Pero Gerardo Escobar, el marido de Paulina, es un abogado que además de su inminente presidencia en la comisión referida, se postula con muchas cartas para convertirse en nuevo ministro de Justicia. Y Paulina, por su parte, encarna a una mujer con estudios universitarios, inacabados por causas sobrevenidas. El director junta a una víctima, a un abogado, defensor en este caso, y a un presunto culpable de delitos tan graves como violaciones o complicidad en torturas y detenciones ilegales.

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Apenas se sale de la vivienda, acaso para ponerse de acuerdo el matrimonio Escobar sobre la forma de actuar con el inesperado invitado. Y decimos inesperado porque pisa una casa en la que no se le había perdido nada. Desemboca en la misma tras una serie de acontecimientos circunstanciales que actuarán como la ley de Murphy. Por ejemplo, ruedas pinchadas, deshinchadas u olvidadas.

Nos interesa especialmente la relación entre Paulina y Gerardo. Un matrimonio que ha sobrevivido con demasiados silencios y traumas ocultos o insospechados; o acaso, heridas profundas a las que no se quiso o no se pudo mirar de frente. Y poco falta para que a los seres humanos, a la mínima que sufran carencia de cariño y compañía, además de ser víctimas de violencia física, fisiológica y sicológica, terminen comportándose como animales maltratados. Sí, como perros abandonados, aquellos que adoptamos con tantas cicatrices tan difíciles de sanar. 

Polanski, con La muerte y la doncella, nos ofrece un largometraje soberbio. Se trata de una obra circular, que se abre y cierra con la escucha en un auditorio a un cuarteto interpretando una misma obra: el de cuerda nº 14 en re menor, D. 810, más conocido con el del mismo título de la película, obra de Franz Schubert. Su tema central es la de una joven enferma que se encuentra ante la inminencia de su final. Una composición y un autor amado y odiado hasta lo más inimaginable.

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Por otra parte, también nos ha llamado la atención el papel que desempeña Gerardo Escobar. Aunque creemos que Stuart Wilson, el actor británico que lo interpreta, realiza la actuación menos sobresaliente de las tres, podemos entender que haya sido dirigido hacia el desconcierto. Y no está de más ese sobresalto ante tantas novedades llegadas juntas al mismo tiempo. Lo mejor y lo peor alcanzado de forma simultánea. La gloria y la miseria. El dos por uno. Estamos ante un letrado que, por supuesto, sabe sacar su lado humanista cuando todo el panorama se muestra de espaldas. El derecho a un juicio justo, al juez predeterminado por ley, a una defensa en condiciones, a la presunción de inocencia y tantos, tantos derechos penalistas que deben cumplirse por cualquier juzgador y ante cualquier presunto culpable. Todo lo que no verán ustedes en La muerte y la doncella. Verdugos y víctimas… A veces el destino es muy cruel y nos hace difícil encontrar las diferencias.

Lluvia, oscuridad, sexo implícito, brutalidad, venganza… Y la verdad, esa verdad que muchas veces se confunde con justicia y que en esta película no encontrarán. Tampoco la segunda. En realidad, para poco sirven ambas cuando la redención debe buscarse por otros caminos totalmente diferentes. Aunque, aparentemente, se pueda volver  a escuchar a Schubert y a su cuarteto de cuerda.

  

Tráiler:

Ficha técnica:

La muerte y la doncella (Death and the Maiden),  Reino Unido, 1994.

Dirección: Roman Polanski
Duración: 103 minutos
Guion: Ariel Dorfman, Rafael Iglesias
Producción: Coproducción Reino Unido-Francia; Capitol Films / Flach Film / Canal+ / TF1 Films Production
Fotografía: Tonino Delli Colli
Música: Wojciech Kilar
Reparto: Sigourney Weaver, Ben Kingsley, Stuart Wilson, Karen Strassman, Carlos Moreno, Krystia Mova

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