Críticas

Una realidad sin tregua

La hija de un ladrón

Belén Funes. España, 2019.

Póster de La hija de un ladrónEl cine de contenido social es todo un clásico de la filmografía española. Directores comprometidos nunca han faltado en nuestra historia fílmica, incluso disfrazados de género, en tiempos en los que la crítica dependía del camuflaje que burlaba a la censura. Todo cambia, claro, hasta las miserias, pero ahí están, muchas veces olvidadas, casi invisibles, a causa del individualismo feroz y la falta de empatía, grandes males del siglo XXI. Por suerte están las ficciones que, a base de buenas historias, recuerdan esas esquinas ignoradas de nuestro día a día.

Belén Funes debuta en el largometraje con La hija de un ladrón (2019), enorme filme construido a partir de lo pequeño, de pedazos de vida conectados por el agobio de la rutina, de la supervivencia, de vivir el momento, puesto que es imposible plantear un futuro para los personajes que pululan por esta devastadora película.

La hija de un ladrón comienza a fuego, invitando al espectador a la vida de Sara, luchadora incansable, a pesar de la insípida realidad. Sueña con estabilidad, con cierta normalidad que los encontronazos con el día a día impiden. Madre soltera, la falta de compromiso del padre de su hijo dificulta el deseo de una familia que siempre se le ha negado. Su hermano pequeño rebota por el sistema en centros tutelados y, para colmo, su problemático padre sale de la cárcel y reaparece en su vida. Como siempre, ella tiene fe en la redención de la errática figura paterna, pero la decepción es la constante en la relación.

Funes se desmarca como una directora valiente, audaz e inteligente, capaz de construir un mundo propio a partir de la observación implacable de la vida de barrio. Sara permanece en el límite, en las fronteras de la marginalidad que ignoramos como conjunto, auténtica selva de hormigón, de sálvese quien pueda. Aún así, la directora no pierde la fe y presenta un retrato humano de miserias, pero también de emociones a flor de piel, de sueños, aunque rotos en mil pedazos.

Los protagonistas de La hija de un ladrón

Aún a pesar de los batacazos, Sara no se resigna, no da su brazo a torcer, pelea contra molinos si es necesario, en ese viaje a ninguna parte que es la búsqueda de la felicidad.

Sería sencillo caer en el tremendismo, en el drama impenitente de lágrima fácil y efectismo oportunista. La situación invita a ello, y otro realizador menos hábil hubiese elegido estos trillados caminos de intensidad impostada. Sin embargo, Belén Funes se aferra con fuerza inquebrantable a la sobriedad visual y la sencillez narrativa. Armada con un ojo que roza las formas del documental, sin tropezar en la indiferencia, se las apaña para controlar la película, dibujando una pared de observador para el público sin perder un ápice de emoción.

Hay mucho de silencio, de plomiza melancolía, de rutina que estrangula. Funes pasa una buena parte de la película construyendo, de manera casi obsesiva, el entorno de Sara, cosmos creíble, extirpado de esas miles de historias anónimas de las que la protagonista se convierte en voz. Los personajes de Funes viven (sobreviven, más bien), mientras la cámara deja hacer, sin presiones. De manera natural, estamos dentro de la película, arropados por los silencios de los personajes para los que las palabras sirven de poco. La procesión va por dentro, se dice. Soledad, mucho gris en el alma de La hija de un ladrón. Es imposible no caer rendido ante la humanidad que destila la película, al mismo tiempo que se evita cualquier atisbo de panfleto en el mensaje. Todo se entiende a la perfección, sin necesidad de incidir de manera insidiosa en algo tan palpable, algo que se mete en las entrañas del público.

Por supuesto, en esta demostración de sentimientos, es necesario un equipo de actores que den sentido a la noción de realidad y cercanía que pretende el filme. Greta Fernández está inconmensurable en el papel protagonista. Hace suya a Sara hasta un punto doloroso, de conexión total con el espectador. La templanza con la que maneja el espectro emocional al que hace frente el personaje es asombroso. Si con su carrera despegando es capaz de ofrecer recitales, como el que vemos en La hija de un ladrón, el futuro de esta joven actriz está más que garantizado.

Greta Fernández

Como contrapartida, tenemos al veterano Eduard Fernández. Sobran las presentaciones, claro. Deja otro papel lleno de matices, agridulce, un tipo que tiene en él mismo a su peor enemigo. Las buenas intenciones y el ansia por el cambio descarrilan cuando los viejos hábitos reaparecen.

La hija de un ladrón es algo más que un retrato urbano, de barrio, dosis de realidad implacable. Abarca con sensibilidad el relato acerca de la soledad, de la pérdida, de lo cara que es la alegría en el margen, sobre lágrimas y almas que sangran con intimidad apabullante. Pequeña, pero universal, La hija de un ladrón está hecha con el corazón y las tripas, pero sin dejarse llevar, se hace gigante con cada paso recorrido. Es de esas películas que duran en la cabeza mucho más que su tiempo de proyección.

Cine que huye del ruido, del que apuesta por la sinceridad, por el compromiso, por la certeza de que con poco se puede contar mucho. Pocas veces se ve en una primera película tanto oficio, tanta verdad en el ojo que mira, tanta conexión entre ficción, creador y público. Devastadora, de las que hacen jirones el alma, de las que abofetean la conciencia, de las que no dejan lugar a los «y comieron perdices». No se la pierdan.

Tráiler:

Ficha técnica:

La hija de un ladrón ,  España, 2019.

Dirección: Belén Funes
Duración: 102 minutos
Guion: Belén Funes, Marçal Cebrian
Producción: Distribuida por B-Team Pictures. B-Team Pictures, Oberón Cinematográfica
Fotografía: Neus Ollé
Reparto: Greta Fernández, Eduard Fernández, Àlex Monner, Frank Feys, Borja Espinosa, Adela Silvestre, Anna Alarcón, Gerard Oms, Anabel Moreno

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