Críticas

Indignación

La (des)educación de Cameron Post

The Miseducation of Cameron Post. Desiree Akhavan. EUA, 2018.

La(des)educacióndeCameronPostCartelLa directora estadounidense Desiree Akhavan debutó en la dirección de largometrajes con Una chica de Brooklyn (Appropriate Behavior, 2014). El filme, presentado en Sundance, se centraba en el recorrido personal de una joven, Shirin, que debía luchar por su condición de mujer bisexual en una familia de origen persa. Precisamente, la directora, Desiree Akhavan, aunque nacida en Nueva York, es hija de inmigrantes iraníes que buscaron un lugar de acogida tras la Revolución Islámica de 1979.

Con La (des)educación de Cameron Post estamos ante el segundo largometraje de la realizadora. Fue presentado en el último Festival de Valladolid, obteniendo la Espiga de Plata.

Cameron, nuestra protagonista, es una adolescente que vive con su tía, tras el repentino e inesperado fallecimiento de sus padres en un accidente de tráfico. Con dieciséis años, es una chica alegre y optimista. Tras mantener una relación íntima con una amiga de la escuela y el subsiguiente descubrimiento de su orientación sexual, al enterarse su familia, evangelista, decide internarla en un centro. Pero no hablamos de un colegio o residencia cualquiera, no, señor. Se trata de un lugar de reforma cristiana para corregir la conducta sexual de los gais y las lesbianas. Vamos, un centro sectario e integrista que considera a la homosexualidad un pecado, una aberración contra dios y contra la naturaleza. El lugar en concreto se denomina “La Promesa de Dios” y pretende modificar conductas mediante una fortísima presión en el ánimo, pensamiento y creencias de seres humanos, todavía en pleno desarrollo y de fácil manipulación.

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Parece surrealista que la legislación, o más bien los políticos que promulgan las leyes, permitan esos centros de adoctrinamiento del diferente. Porque aquí, lo más liviano que observamos son actitudes contrarias a derechos fundamentales. Y nos referimos a temas tan importantes y delicados como la protección del menor, la libertad de creencias, de expresión, la no discriminación por razón de sexo, raza o religión… Pero estamos en la gran América, en Estados Unidos, finales del siglo pasado. Y creemos que, por desgracia, no nos equivocamos demasiado si suponemos que la vergüenza, la afrenta y el bochorno siguen su curso en el siglo que transitamos. Precisamente, hace unas pocas semanas nos ocupamos de analizar otra película estadounidense, Identidad borrada (Boy Erased, 2018). Del director Joel Edgerton y también situada en la tierra elegida por el altísimo, se centra en las miserias que debe atravesar su protagonista, un chico de dieciocho años internado también para su reconversión, al entrar igualmente en confrontación su naturaleza homosexual con la intransigencia de los progenitores. Un fanatismo cuyo máximo incitador son las religiones, cualquiera de ellas. Ya señalamos entonces que en Estados Unidos la homosexualidad llegó a estar penalizada a nivel federal hasta el 2003.

La realizadora Desiree Akhavan, en La (des)educación de Cameron Post, consigue elaborar una impactante historia sobre lo que ocurre entre aquellas paredes, en donde se intenta manipular conciencias en nombre del dios de turno. Por supuesto, con conocimiento, autorización y mandato de unos padres o tutores que, aunque ausentes en el filme, se presumen reaccionarios e incapaces de entender que cada cual debe desarrollar sus propios instintos e identidad de género, además de la propia sexualidad. Y ello aunque la elección o inclinación escogida no sea del agrado de los mayores.

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La película está cuidada en todos sus detalles. Cuenta con unas interpretaciones muy atinadas, tanto de la joven protagonista, de Cameron, caracterizada por Chloë Grace Moretz, como la de sus compañeros de encierro. Una joven que sabe combinar su aturdimiento en silencio, sin entender gran cosa entre la soledad y el desconsuelo. Y también se encuentran muy bien identificados los mayores de edad, aquellos iluminados que pretender imponer sus creencias particulares al resto de la sociedad, caiga quien caiga. Además, recurriendo a métodos que, cuanto menos, podríamos calificar de bochornosos y despreciables. También destaca la atrayente fotografía de Ashley Connor, un encuadre muy cuidado y una banda sonora que acompaña de la mano al filme en su temática y en la situación vital de los adolescentes muy gratamente; en ocasiones de forma diegética, lo que además de tener el mérito de no ralentizar, añade sentimiento e identificación con el delicado momento que atraviesan los menores. Por otra parte, el largometraje, con mucho tacto, sabe rodearse de ciertos momentos que, por irónicos o absurdos, se tornan hasta inauditos y llevan irremediablemente a la carcajada. Como estarán leyendo, la obra de Desiree Akhavan la hemos encontrado muy acertada. Y atina tanto en lo que decide mostrar, como en lo abandonado en elipsis o fuera de campo.

Maldito destino puede esperar a nuestros jóvenes protagonistas, tanto si se dejan arrastrar por la rueda de la intolerancia como si no lo hacen. La película está basada en una novela de Emily M. Danforth y el centro “La Promesa de Dios” ha sido clonado durante los años venideros. Nuestras víctimas adolescentes en el filme, Cameron, Jane o Adam, por ejemplo, no sabemos si existieron realmente, pero podemos asegurar que versiones muy similares a las mismas siguen internadas en esas cárceles que si no son ilegales, cuanto menos resultan humillantes e inmorales. 

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En el largometraje destaca el fiel retrato que se hace de lo que podría ser el día a día de estos chicos y chicas en un centro de similares características. Hablamos de sesiones particulares con el/la sicólogo integrista, especializado en hundir a los jóvenes en pleno crecimiento; reuniones en pequeños grupos para vomitar toda la supuesta inmundicia que les arrastra hacia esas viles inclinaciones; rezos colectivos e incluso icebergs, mapas que deben rellenarse con las peores inclinaciones, influencias y experiencias; y si no existen, pues se inventan. Un papel que debe colgarse junto a la cama de cada interno, no vayamos a permitir intimidades.

Odios e intransigencias por no aceptar que los demás piensen o actúen de forma distinta. Mentes sin espacio en el que reflexionar y de paso respetar, aceptar o, cuanto menos, solidarizarse con el minoritario. Y se intenta alienar, precisamente, a los más débiles en etapas de inseguridades y descubrimiento del universo. Es lo mismo, ya pueden procurarlo por los medios que tengan a su alcance, que no dudamos que serán infinitos. La libertad, el libre pensamiento y el desarrollo de la propia naturaleza no podrá pararse por muchos rezos o cruces que se interpongan en el camino. El filme acaba con una larga escena final, con cámara fija, mientras se transmite una mezcla de aires de libertad y de congoja. Se trata, en definitiva, de una obra que por todo lo anterior nos atrevemos a recomendar. Esperamos que la saboreen, se indignen y si además sirve para denunciar casos similares, el esfuerzo del equipo cinematográfico habrá valido de verdad la pena para remover conciencias y cambiar legislaciones. Y cómo no, tampoco queremos callarnos, aquí tampoco, reivindicando una verdadera educación en igualdad y respeto desde la infancia. Otro gallo nos cantaría.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

La (des)educación de Cameron Post (The Miseducation of Cameron Post),  EUA, 2018.

Dirección: Desiree Akhavan
Duración: 90 minutos
Guion: Desiree Akhavan, Cecilia Frugiuele (Novela: Emily M. Danforth)
Producción: Beachside Films / Parkville Pictures
Fotografía: Ashley Connor
Música: Julian Wass
Reparto: Chloë Grace Moretz, Sasha Lane, Forrest Goodluck, John Gallagher Jr., Jennifer Ehle, Quinn Shephard, Dalton Harrod, Christopher Dylan White, Emily Skeggs, Isaac Jin Solstein, Steven Hauck, McCabe Slye, Melanie Ehrlich, Alexandra Imbrosci-Viera, Seamus Boyle, Billy Brannigan, Kim Emerson, Kat Gonzalez, Joyce Hausermann, Spencer List, Rebeca Martinez, Billy Thomas Myott, Francesca Noel, Tanis Parenteau, Michalina Scorzelli

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