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Gabriel Figueroa y el paisaje mexicano

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El México del imaginario popular

Debido al peso artístico del máximo exponente y creador de imágenes cinematográficas en México, Gabriel Figueroa, cuando pensamos en cine mexicano, vienen a nuestra mente escenas compartidas por casi cualquier espectador familiarizado con las películas de la época dorada.

Su mirada única y contundente, y el distintivo estilo fotográfico que lo caracterizaban, fueron elementos imprescindibles para impulsar la industria cinematográfica de México en sus mejores y más prolíficos años, aquellos que se conocen como la Edad de Oro, iniciando aproximadamente en 1936 con la cinta Allá en el rancho grande de Fernando Fuentes, hasta –simbólicamente- la trágica muerte del ídolo del cine mexicano Pedro Infante, en 1957. Allá en el rancho grande fue la película que catapultó la carrera Figueroa, que incluso le valió un reconocimiento por su fotografía en el Festival de Cine de Venecia.

La fotografía de Gabriel Figueroa nos transporta hacia un México mágico, plagado de figuras y estereotipos que se han grabado en la conciencia colectiva del pueblo mexicano. Ha contribuido de gran forma a fundar su ideología nacional, además de plasmar una imagen del país hacia el exterior. Así como pinta a México en las cintas en las que colaboró como fotógrafo, es como se le reconoce y caracteriza al internacionalmente. Arquetipos como la mujer buena y abnegada, que cae rendida ante el típico charro mexicano, la madre fuerte y dominante, los paisajes rurales de enorme belleza, el costumbrismo, el pueblo y sus canciones, el indígena sumiso y pobre, entre muchos otros, se han convertido en una serie de etiquetas ahora tan comunes, pero que en su momento fueron creadas a partir de un ideal del estado erigido tras la revolución, y que sirvieron para unificar el pensamiento del nuevo México.

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A través de esta retórica nacionalista y posrevolucionaria, Figueroa, con la motivación central en la creación de un estilo propio, con un sello artístico personal y a la vez nacional, de la mano de los muralistas y artistas mexicanos, entre los que destacan, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y por supuesto Diego Rivera, desarrollan un proyecto de construcción y definición de la cultura mexicana, con una clara participación del estado como promotor.

La doctora Ceri Heggins, investigadora y especialista en el trabajo de Figueroa, plasma claramente en su libro Nuevas Perspectivas (Porrúa, 2008):

“Ya que la cinematografía es precisamente el control y la creación de espacio a través de la elección de lentes, el emplazamiento de la cámara y la luz, de ahí se infiere que el trabajo de Figueroa, por definición, expresa los conceptos culturales de clase, raza, poder e identidad… la centralidad del trabajo de Figueroa …lo ubica como el punto de referencia para las imágenes cinemáticas de nación, a lo largo del siglo xx”.

Su técnica fotográfica

A los diecisiete años, Gabriel Figueroa alternaba sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música, con las clases de arte en la Academia de San Carlos, y en los Estudios Eduardo Guerreo para aprender fotografía. Sin embargo por cuestiones económicas se ve obligado a abandonar sus lecciones y ponerse a trabajar. En un principio ingresó como ayudante en un estudio de fotografías instantáneas, para más adelante servir de asistente del fotógrafo José Guadalupe Velasco, el primero en utilizar luz artificial, creando retratos estilizados y teatrales. Los procesos de iluminación y de impresión fascinaron al aprendiz, y fueron determinantes en el rumbo que tomó su destino a partir de entonces.

Más adelante, Figueroa consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos, con quien fuera definitivamente, su mentor y más grande influencia en el desarrollo de su arte cinematográfico, Greff Toland, director de fotografía del filme Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941).

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Figueroa perfeccionó con esmero la técnica, y debido a su excepcional conducción de la lente, incluso un solo cuadro sacado de contexto, puede considerarse una obra de arte en sí. Es decir, si descontextualizamos las imágenes de las películas en las que se hallan insertas, podemos observar que poseen voz propia, que son arte puro y que hechizan al espectador al transmitir una microhistoria dentro de un todo. A través de un alto contraste, del uso del claroscuro, así como de un manejo impecable y aventurero de la luz, y esos osados acercamientos a los rostros de los protagonistas, su fotografía se hace inconfundible. Se vale de contraposiciones, escorzos, de cielos profundos habitados por nubes amenazantes, de la perfección tonal: blancos bien logrados, y negros pronunciados, para penetrar hondamente en la conciencia del espectador con la idea de un México imaginado por él mismo.

Así su trabajo se distingue fácilmente, sus vistas expresan motivos y encierran leyendas, plasma en sus paisajes rurales una topografía reconstruida, manipulada por la tecnología para crear un entorno mítico y bello.

Ceri Huggings explica que el oscurecimiento del cielo, comúnmente utilizado por él en sus películas, lo logra “mediante la utilización de filtros rojos y la manipulación del negativo… así enfatiza el predominio de la topografía natural, para producir una fragilidad en los personajes”.

Figueroa experimentó con distintos lentes y filtros, además de probar diversos procesos de revelado, para llegar al resultado que arduamente buscaba. Y resultó fundamental para él, la libertad que le otorgaron los directores con los que trabajó, como Emilio, el Indio Fernández, Roberto Gavaldón o Luis Buñuel, entre otros, para obtener un efecto artístico en cuanto a su fotografía. Sobre todo, sus repetidas colaboraciones con Emilio Fernández le permitieron esa posición de autonomía de creación, ya que entre ellos había un profundo respeto por el trabajo y la obra del otro. Figueroa, definió el estilo visual de las películas, con total control sobre la composición, la iluminación y el emplazamiento de las tomas, perfeccionando su don artístico para dar peso, incluso, a historias no tan buenas. Como lo expresa Carlos Monsiváis, en Las Profecías de la mirada (1993): “Figueroa traduce magníficamente las intuiciones del Indio, equilibra con la fuerza de las imágenes las disparidades del relato y rectifica con la belleza visual el desarreglo de la trama”.

Las influencias artísticas

Para su creación artística, Figueroa partió de importantes influencias, entre las que sin duda se encuentra, el cineasta ruso Sergei Eisenstein, quien durante su visita a México en 1930, dejó como legado la película Viva México, en la que volcó todo su dominio y destreza, dotando de vida a las figuras típicas mexicanas; Eisenstein le dio plasticidad a las imágenes en movimiento del paisaje mexicano, descubriendo aspectos de México y su cultura, a los propios mexicanos. Asimismo, creó un imaginario muy bello y poético, cargado de ideología, que marcó una tendencia a seguir para los realizadores mexicanos que le siguieron.

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Otro de los artistas que influye en la obra de Figueroa, es sin duda, el Dr. Atl (Gerardo Murillo) de quien adopta la perspectiva curvilínea que utilizaba en sus grabados. Así como de la pintura de Diego Velázquez, adopta la fuerza de su trazo; de tal forma que el fotógrafo logra hacer, por así decirlo, un homenaje a la pintura desde el cine.

Por otro lado, su manejo de la iluminación, que remarca el lado oscuro y las sombras alargadas, nos hace recordar, en cierto sentido al Expresionismo alemán, corriente que tuvo un peso en su desarrollo artístico; además de los aportes, por supuesto, de la amistad entablada con los fotógrafo Fregg Toland y con Paul Strand.

El paisaje de Figueroa

Figueroa dota de personalidad propia al paisaje, convirtiéndolo en un personaje más, que participa en los hechos de la historia. El peso de sus imágenes golpea al espectador fuertemente, ya que se despliegan una tras otra, cargadas de un aura tan irreal, como aplastante.

Quizá el aspecto más atrayente de sus paisajes es cómo presenta el cielo: predominan los cielos nublados amenazantes, augurando tormentas y tragedias; como un símbolo de peligro inminente, de acecho del mal.

En los espacios cinemáticos nocturnos que él construye abunda, en repetidas ocasiones, una oscuridad aguda, que genera una fuerte sensación de desamparo y soledad; las noches, iluminadas apenas con la luz de la luna, son una promesa de misterio y desazón. Las líneas que se fugan hacia el infinito, brindan una profundidad de campo perenne, promueven en el espectador una perpetua gama de posibilidades.

Gabriel_Figueroa La Perla

Otro elemento de la naturaleza que logra plasmar con destreza es, por supuesto, el mar. Para la película La Perla (Emilio Fernández, 1945), por ejemplo, la implacable fuerza de las olas, juega un rol crucial dentro del argumento, en el que los pescadores del pueblo dependen de las condiciones del clima y de la calma del mar para salir a pescar su sustento del día. Al inicio de la película, se logra una de las tomas más icónicas y bellas de la fotografía de Figueroa: se trata de la imagen de la playa, con dos mujeres con rebosos blancos, de espaldas a la cámara y con su mirada hacia el horizonte sobre el océano; junto a ellas descansa una barca estancada en la arena, con el anhelo de poder salir a la mar. Pronto la toma se abre y más mujeres se suman al grupo, reflejando esperanzas y preocupaciones compartidas: sin pesca, no hay comida para sus familias. Ese dramatismo que caracteriza a las historias del cine mexicano, es el que se refuerza diestramente a través de las imágenes de Figueroa.

Asimismo, el cielo se ve oscuro y nublado, y sopla un fuerte viento. Figueroa la describe así en Gabriel Figueroa, Una mirada en el centro(México: Miguel Ángel Porrúa, 1993): “Para las primeras escenas del mar tuvimos que esperar varias semanas a que hubiera viento, para que se moviera la tela de los rebozos y no parecieran esculturas. Esto se filmó en Pie de la Cuesta y es la mejor escena de La perla”.

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La escena transcurre en silencio, sólo se escucha el viento y el ruido de las olas rompiendo en la arena, es larga y contemplativa, y el espectador llega a embeber su profunda belleza. Es una imagen de gran fuerza y el manejo de la luz es perfecto, ya que logra la escala de grises completa, es decir, va desde el blanco hasta el negro absoluto pero pasando por cada una de las gamas de gris.

Tiene una composición armónica, se basa en la ley de tercios y la proporción aurea, que implica colocar al elemento de mayor fuerza en uno de los puntos de intersección del cuadrado imaginario trazado dentro del rectángulo de la imagen. El ojo desvía la mirada inmediatamente a uno de esos puntos donde se encuentra el peso de la imagen. Observamos además, como el mismo horizonte no está dividiendo por el centro a la fotografía, sino que se va a uno de los tercios para brindar armonía y equilibrio. Las mujeres que están de espalda al espectador, de diferente estatura, son ese elemento fuerte al que el ojo dirige de inmediato su mirada, y la pequeña barca es el contrapeso de la imagen, es el componente que logra la diagonal, que el ojo buscará en segundo lugar.

Por otro lado, la profundidad de campo está bien lograda, ya que podemos vislumbrar distintos planos, desde el más cercano al espectador, hasta la línea en la que ya se junta el cielo con el mar, el horizonte. Da incluso, en cierto modo, la sensación de que a ellas las podemos hasta tocar, están casi a la mano, plantadas en la tierra. Sin embargo dirigen su mirada hacia el infinito, a lo lejos, y podemos captar así, el punto de fuga y varios planos en foco.

Es una imagen con movimiento, el aire mueve y arruga los rebosos, no están estáticos, lo que envía el mensaje de que la vida les pasa de lado en lo que ellas contemplan el mar. Las nubes en el cielo auguran que algo está por suceder. Las olas del mar truenan con fuerza, reafirmando su grandeza. Y la barca que está estancada en la arena implica la imposibilidad de zarpar, como si se tratara de un deseo contenido, el cual no se logra realizar.

El inicio de la película dice que mucho es lo que sucederá, y así el espectador se adentra en la historia, presintiendo que será testigo de algo especial.

De tal forma que, en los escenarios de Gabriel Figueroa, la irrealidad del paisaje se mezcla con el misticismo, con lo etéreo y onírico, sumergiéndonos así,  en un mundo mágico y encantador, especialmente creado por él para el cine mexicano.

 

Referencias:

Figueroa, Gabriel. La mirada en el centro. México: Miguel Ángel Porrúa, 1993.

Higgins, Ceri. Gabriel Figueroa, nuevas perspectivas. México: Conaculta, 2008.

Carlos Monsiváis, “Las profecías de la mirada”, en Gabriel Figueroa, Una mirada en el centro, eds. Miguel Ángel Porrúa y Luz María Bueno de Porrúa (México: Miguel Ángel Porrúa, 1993)

Saborit, Antonio. Gabriel Figueroa. México: Fundación Televisa, 2007

Una respuesta a “Gabriel Figueroa y el paisaje mexicano”

  1. Hermosos y necesario: dos cualidades que destaco por mi interés y responsabilidad en el cine. Sin Figueroa, un aprendizaje, una instrucción en el arte cinematográfico serían incompletos. Gracias por destacar este valor universal y tan desconocido como importante.
    ¡Gracias! Enhorabuena.

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