Viñetas y celuloide 

Fritz el gato

Asesinemos al protagonista de cada crítica, el juicio final sobre la cuestión de si ver la película merece más o menos la pena. Se trata de una pregunta honesta, necesaria, un poco vergonzosa y, sobre todo, fatídica en lo que se refiere al significado original de la palabra, aquel fato (la palabra no es española) que podemos traducir con destino, movimiento hacia o desde el filme (con menos palabras y con más simplicidad, se trataría del destino de la película de ser vista o de ser rechazada, según el juicio que exprese el crítico). Fritz es, rotundamente, una buena película, divertida, satírica, distante del politically correct y capaz de mofarse de todos, tanto del racismo como de las minorías, tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, en un juego que pone de manifiesto una sensación de caos total que nos ofrece a un protagonista negativo, pero de aquella negatividad innocua, hija de una visión del mundo (una ideología instintiva) que antepone el sujeto al grupo, subrayando así la importancia (siempre para el protagonista) de liberar los impulsos más basilares, como el sexo. Película de animación, entonces, hecha (e ideada) para adultos, basada en los cómics de una de las figuras más importantes del underground estadounidense, Robert Crumb.

Si la película funciona, entonces, esto se debe a la capacidad por parte de Bakshi (el director) de ir más allá de la celda que el mundo de la animación se había creado y en la que parecía imposible crecer, so pena de no querer dejar que los huesos se deformaran, creando así un monstruo. Fritz representa así a la libertad violenta que estalla en medio de la censura, aquel tipo de producto que quiere romper con los esquemas ya conocidos e introducir un punto de vista diferente, haciendo que el espectador se ponga (sea puesto) ante una ventana a la que asomarse para ver las posibilidades que el cine otorga, en especial manera, el cine de animación. Esta necesidad de destrucción no se dirige hacia sí mismos, en un acto de nihilismo, sino contra unas reglas que parecen impedir (censurar) que el medio hable de determinados temas (la adicción a la droga, por ejemplo) y que enseñe lo que tiene que permanecer escondido (el sexo femenino o el sexo masculino); necesidad, entonces, de darle a un público maduro un producto capaz de hacerle reír, aquel tipo de risa no inocente que desencadena aquellos gritos de rebelión en contra de una estructura que huye de temáticas que podrían causar cierto malestar (pero que no por esto debería verse prohibida su discusión).

Fritz es entonces un personaje (un gato antropomorfo) amoral, cuya única necesidad es la de satisfacerse. Demistificación (destrucción) de los iconos Disney, con su perfección, su candidez y su inocencia, efectos estos de una visión positiva a toda costa, como si el mundo estuviera dividido en un blanco (los buenos) y un negro (los malos), y como si el bien siempre tuviera que ganar. Y aquí, otra vez, es donde encontramos la genialidad de esta película (como también de los tebeos en los que se basa), la falta de una demarcación perfecta entre los que quieren el bien y los que quieren el mal; si de personajes hablamos, entonces estos personajes son como Fritz, en parte amorales, si bien lo único que los diferencia de nuestro protagonista es una pizca de visión ideológica y cierta falta de aquel cinismo un poco egoísta. Estamos en un mundo horrible, terrible, divertido e indisciplinado, no muy distante del mundo en el que vivimos, espejo deformante, sí, pero atado a nuestra realidad, ya que la parodia y la sátira (ambas de carácter cínico, en nuestro caso) se basan en una lectura salvaje de la realidad.

Dilema (dilema verdadero, no falso, no postizo): ¿qué pasa cuando el subproducto se ve despreciado por el creador del protoproducto? De hecho, Fritz es una obra amada por su director (el susodicho Bakshi), pero odiada completamente por quien le habría dado vida al gato en los cómics (el ya mencionado Robert Crumb). ¿Tiene sentido, entonces, decir que una película es buena si el creador del material sobre el que esta está producida afirma rotundamente que lo que él siente es asco y vergüenza? Dilema, como acabamos de ver, que no se puede resolver fácilmente. ¿Quién tiene razón? Crumb, por ser el padre del personaje, o Bakshi, por ser el padrastro del gato? Resulta casi imposible llegar a un resultado claro, ya que ambos autores tienen derecho a proteger su obra en relación con la del otro. Crumb, justamente, defiende su autoría, mientras que Bakshi, por su parte, reivindica su visión. Quizás estemos aquí ante una cuestión más amplia; quizás el único juez (como si de un juicio tuviéramos que hablar) sea el público, cuya elección (amar a uno y odiar al otro, amar a ambos u odiar a los dos) sería lo que, más allá de cualquier necesidad artística y crítica, podría poner la palabra “fin” a esta diatriba. Fritz, de todas formas, está muerto: lo ha matado Crumb en la última aventura del gato, para que nadie pudiera usarlo en el futuro. Fritz ha muerto, ¡qué viva Fritz!

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