Críticas

¿En defensa del ocio?

Elena

Andrey Zvyagintsev. Rusia, 2011.

Elana aficheHistoria de diferencias sociales de clase, dilema que nos posiciona frente a la volatilidad de una razón esquiva a la aprehensión. Se escurre entre los dedos en medio de la delicadeza cinematográfica; lentos y sutiles movimientos de cámara acentúan diferencias contextuales. Modales antagónicos y derechos contrapuestos son ofrecidos a la distinción. Mundos que rivalizan desde idiosincrasias egocéntricas matizadas por características típicas de una percepción de la justicia social distorsionada por la clase. La posición denota el enfoque,  aunque en el fondo, es la misma, ambas partes se consideran con derecho a reclamar. Lógicas del dar y recibir contrapuestas se unen en la misma raíz.

Una mirada astuta que deja solo al espectador y reparte por igual las tendencias. Svyagintsev toma distancia, tanto de los pobres holgazanes, sentados en la irresponsabilidad, como del autoritarismo egocéntrico e insensible, que no brinda segundas oportunidades, y se rige por un racionalismo moral impenetrable al pedido de quienes se supone son sus afectos.

En medio de esta situación juega Elena. Se trata de una enfermera jubilada casada con un anciano y autoritario hombre adinerado. La relación parece más de empleada doméstica y patrón que de matrimonio. Ella le solicita dinero para pagar la universidad de su nieto, y así, evitar que sea reclutado por el ejército, él negará la ayuda. Se configura el nudo del problema.

La procedencia del dinero es algo que no interesa, no sabemos cómo lo obtiene Vladimir, pero sí se plantea la exigencia desde la irresponsabilidad. Los “desposeídos” son presentados como demandantes desde la mala planificación familiar y la holgazanería exigente. Las lógicas se contraponen ante la responsabilidad social. La victimización del pobre se diluye, aun así, el egoísmo del hombre rico es enfrentado, su devenir, en base a decisiones racionales, parece no alcanzar como atenuante.

Elena fotograma

Drama silencioso, lo afectivo depara sorpresas. La fidelidad sentimental trastabilla por contraste en la aparición de Katerina. Los sentimientos se intercambian, lo aparente cede paso a intenciones verdaderas, comprendemos más acerca de la pareja. El disimulo se mimetiza al interior de puestas en escena donde Elena parece ser parte de espacios interiores; la cámara la sigue sigilosamente. Los recorridos hogareños son registrados con suaves paneos y lentos travelling. Todo parece muy natural, son los movimientos habituales, y la intención de mostrar lo que sobra frente a lo que falta. El apartamento de Vladimir luce amplio, grandes espacios vacíos cobijan la funcionalidad y el orden. No así, la locación de la familia del hijo de Elena, viven hacinados, tanto por las estrechas dimensiones del hogar, como por acumulativo efecto de voluntades sin deseos de trabajar. Lo pequeño luce mucho más pequeño cuando contiene más gente.

La calma, como concepto, se vuelve abarcativa de dos realidades que la sostienen, tanto desde la vagancia y el alcoholismo, como de la pulcritud, el orden y el raciocinio. Al principio, y al final, sigue siendo lo mismo, sea cual sea la posición que se adopte; el paisaje exterior continua en la monotonía de una calma presagiada desde el prolongado plano inicial. Las ramas de un árbol, un pájaro negro de mal augurio posado; está amaneciendo en medio de las fijezas de un orden interior que la cámara registra en planos dilatados. El paso del tiempo concibe el mismo escenario, más breve y sin el pájaro. Pese al cambio, nada ha cambiado; el espacio vital pasó transitoriamente a manos ajenas que se repiten en cotidianeidades rutinarias. El filme se toma su tiempo para explicar una historia tan gráfica como ordinaria.

Elena escena

Las oportunidades son solo chances de proseguir por un tiempo más, dilatar situaciones que podrán volver a repetirse sin autónoma solución; la gente seguirá funcionando igual. El eterno retorno se anuncia en la llegada del futuro hijo en medio de una lógica inmediatista que solo es consciente de los problemas, más no de sus causas.

La inconsciencia de una vida parasitaria cobra dimensiones expansivas. En medio de una ambientación descomprimida, en términos, tanto de amplitud espacial, como de habilidad para falsear los hechos, Elena sabrá sostener lo que más le importa en el mundo: su hijo y nietos. Nadezhda Markina participa sin reproches, elude el thriller con solvencia, la tensión nunca se materializa, el increscendo es tempranamente abortado por sucesos breves, indicadores de sorpresas tan inmediatas como posibles. El producto es deudor de lo cotidiano como posibilidad no necesariamente sospechada.

Todo lo que puede ser elimina el suspenso, porque es esperable, por tanto, se desintegra su capacidad de generar sorpresa. Lo inesperado no tiene cabida, la gradualidad de la acción se conjuga en la idea de alguien fiable, que se comporta de manera razonable según la experiencia cotidiana del espectador.

Una película de la vida, sin llegar a impactar deleita, ni siquiera inquieta; los ingredientes del thriller están minimizados, desactivados desde la cotidianidad. Las fuerzas de lo esperable son trasmitidas desde estereotipos de pensamiento que guardan espacio, posibles virajes que terminan configurándose en medio de lo que parecían afectos legítimos. El suspenso no existe, todo se resuelve en la gradualidad narrativa, los lentos movimientos de cámara desafían la atención;  pasamos de una serie de hipótesis iniciales, muy firmes, a un viraje no declarado. Se manifestará en términos de último recurso para denotar una capacidad de acción inesperada por alguien que ofrecía una comprensión basada en bondades no confirmadas. En ese sentido, la labor de Markina despunta una sumisión a la espera del resultado de la siembra. La cosecha se hará carne en decisiones inesperadas; es la decepción que se obtiene cuando los servicios perseguían otros fines. Noticias que llegan, un vuelco instantáneo, no hay proceso previo y gradual que desarrolle tensiones, se conforman mojones que determinan acciones resueltas en el momento, tan posibles como poco originales.

Elena plano

Un drama tan controlado como el llanto de Elena. El embate de la circunstancia naturaliza reacciones acordes a tomas de partido esperables. El conflicto queda oculto en el disimulo de lágrimas que apuntan a la impresión; la cámara sabe explotar perfiles furtivos donde la protagonista parece también ocultarse a nuestros ojos. La multiplicación  de la sutileza, en imágenes duplicadas, refuerza la intención; lleva el cinismo al límite: Katerina no sospechará.

La secuencia final propone escenas que operan sentido desde la contigüidad espacial. Sasha en la terraza escupe hacia abajo (gesto que ya vimos en su padre), Sergey bebe cerveza sentado en el sofá, jóvenes juegan un partido de fútbol en la calle, un bebé acostado sobre la cama intenta pararse; el ocio conecta generaciones en una identificación que  presagia más de lo mismo, de manifiesto, y en plena “reproducción”.

Filme que, merecidamente, se llevó el Premio Especial del Jurado en Cannes 2011 (Un Certain Regard). Obra que perturba desde la objetividad del planteo, nos remite a una asunción personal, nos deja solos ante el dilema: ¿cómo entender la diferencias de clases en el siglo XXI?

 

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Ficha técnica:

Elena ,  Rusia, 2011.

Dirección: Andrey Zvyagintsev
Duración: 105 minutos
Guion: Oleg Negin, Andrey Zvyagintsev
Producción: Non-Stop Productions
Fotografía: Mikhail Krichman
Música: Philip Glass
Reparto: Nadezhda Markina, Elena Lyadova, Aleksey Rozin, Andrey Smirnov, Evgeniya Konushkina, Igor Ogurtsov, Vasily Michkov, Aleksey Maslodudov, Ivan Mulin, Yuriy Borisov

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