Críticas

Gary Cooper, que estás en los cielos

El manantial

The Fountainhead. King Vidor. EUA, 1949.

ElmanantialCartelEl manantial se inicia con su protagonista, un arquitecto llamado Howard Roark, en el momento en el que es expulsado de la academia en donde completa su formación. ¿La razón? Sus ideas innovadoras, una concepción artística que no respeta a los grandes clásicos de la arquitectura, que es, precisamente,  justo lo contrario de lo que quiere  “la gente”. Una osadía que, en ningún caso, puede fomentarse. En la siguiente escena, vemos a Roark junto a un compañero, que alardea de los éxitos que ya está obteniendo. Le aconseja que debería someterse al academicismo imperante, si lo que pretende es sobrevivir de la profesión. En la tercera escena, Roark acude al estudio de un arquitecto ya maduro, destruido por los constantes fracasos que ha ido acumulando desde su juventud, en el intento por llevar a la práctica sus genialidades artísticas. Howard Roark le pide colaborar con él y, tras conseguir su aceptación para que comience inmediatamente, Roark se retira con delicadeza y al final de la estancia, se da la vuelta. Es la primera vez, en lo que llevamos de largometraje, en la que King Vidor nos permite ver su rostro, y también será la primera oportunidad en la que nuestro joven arquitecto podrá buscar su realización personal en el desarrollo de su profesión. 

El realizador King Vidor, como vemos, se preocupa de que en las tres escenas iniciales veamos al protagonista, ¿al héroe?, de espaldas, que observemos su cuerpo, pero no su rostro. Está interpretado por uno de los actores más queridos y reconocidos, por Gary Cooper. Encarna a un hombre incorruptible y sumido en la oscuridad, con las alas desgarradas, en su enésimo esfuerzo por emprender el vuelo. Por ello, el maestro Vidor pone las cosas en su sitio desde el primer fotograma y únicamente nos permite ver el cuerpo de Roark a contraluz. El objetivo solo se abrirá en el momento en el que se pueden vislumbrar ciertas condiciones necesarias para que tenga la oportunidad de desarrollar su razón, su intelecto, su alma, en definitiva. Se trata de uno de los muchos ejemplos de la excelente y profunda puesta en escena, llevada adelante por Vidor en El manantial.

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Estamos ante una obra maestra que brilla no solo por el lado técnico. Lo hace en todas sus facetas: por sus encuadres, sus luces y sombras, la cuidada selección de los cuadros, las inmensas interpretaciones, el ritmo y agilidad…Además, con la habilidad de hacer aparecer como fácil lo difícil y meditado, lo nunca dejado al azar. El espectador, sin darse cuenta, se enfrenta a complejas estructuras que fluyen con lógica, naturales, como la corriente que sugiere el título del filme. Un fotograma sigue a otro, una escena a la siguiente; y siempre es la mejor que podrías esperar, sin forzar pensamientos, sensaciones o situaciones. Con fluidez y sapiencia narrativa, la película se erige en un pedestal, tanto por su radical identidad cinematográfica como en su coherencia ideológica. 

La obra está basada en una novela de Ayn Rand, publicada en 1943. Fue la propia escritora la que se encargó de elaborar el guion del filme, en un trabajo magnífico que consiguió desprenderse de lo accesorio y hacer hincapié en lo esencial. Básicamente, la trama se centra en la trayectoria del arquitecto Howard Roark, un individuo con una personalidad radical, al que solo le interesa la creación, la satisfacción en la producción de su propio trabajo, de acuerdo con sus propios ideales y convicciones. Es Gary Cooper, ya lo hemos mencionado. Un actor que con una simple mueca nos traslada del limbo a la felicidad. A su alrededor, encontraremos dos personajes que sienten la belleza, pero su posición en sus escalas de valores difiere. El primero, Gail Wynand, un millonario que dirige el diario más influyente de la ciudad de Nueva York. Otra soberbia interpretación, en esta ocasión por Raymond Masey, un hombre hecho a sí mismo y que es consciente de que el poder, y con el poder el dinero, únicamente pueden conseguirse dando a la masa lo que quiere, aunque se haga recurriendo a las más burdas manipulaciones. Y el segundo, peón del engranaje principal, es una mujer, Dominique Francon, interpretada por Patricia Neal. Otro admirable retrato de una joven y rica mujer que trabaja, no con demasiada convicción, como crítica de arte en el periódico de Gail, en el Banner. Frustrada, insatisfecha y atormentada por no encontrar honestidad y belleza en este mundo.

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Entre las mejores bazas de la obra se encuentran las relaciones entre estos tres personajes. Unos contactos que se magnifican, tanto por los agudos y sinceros diálogos que mantienen como por los encuadres en los que se muestran. Y resulta imposible no sentir el magnetismo de las miradas, esas que se sostienen, en primer plano, un segundo, dos, tres…; y en contraplano otro instante, sostenido y sostenido. Sirva como muestra el encuentro en la cantera entre Roark y Dominique. Un choque visual que no necesita de palabras: atracción, curiosidad, sensualidad y sexualidad. Una colisión óptica que revuelve a sus protagonistas y también al espectador. 

Nos encontramos en una película de arquitectos y no se sentirán defraudados si lo que buscan es que quede constancia de ello. Cualquier ocasión es buena para exhibir proyectos de edificios o ya consolidados. Rascacielos, gasolineras, tiendas, hogares privados o fábricas irán componiendo cada una de las imágenes: como fondo, en fotograma, como cuadros, bocetos, realidades… Apoyándose en una fotografía excelente, se intenta otorgar sentido a los espacios con la iluminación, con las formas, con el atrezo, en las líneas rectas, también curvas, que separan zonas con juegos de luces. 

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Howard Roark se perfila como el hombre honesto e idealista por excelencia. Su creación artística, además de grandiosa, es diferente y él lo sabe. Va a lo suyo. No le interesa lo que piensen los otros, tampoco pierde el tiempo en ello. Lo únicamente importante para Roark es la magnitud de su obra, la satisfacción que ello le produce. Todo lo demás carece de valor. En su genialidad, es mostrado por Vidor casi siempre en plano contrapicado, en lo alto, inalcanzable frente a la mayoría de seres humanos, borregos, serviles, manejables y sin criterios propios. Con Howard Roark estamos, ni más ni menos, que frente al superhombre que anheló Friedrich Nietzsche. Ese ser idealista, de gran fuerza e independencia, superior al resto de humanos, dispuesto a “jugar” con su trabajo sin responsabilidades morales. Un ser heroico “que se sabe como destino”.

Dejamos para el último lugar la que consideraríamos principal cuestión filosófica y sociológica que aborda el filme: la confrontación entre individualidad y colectividad. ¿Tiene que estar el ser humano al servicio de la sociedad? ¿Su trabajo puede ser incautado en beneficio de todos? ¿Los individuos somos libres para decidir a quién, cómo y cuándo vendemos el producto de nuestro trabajo? Dejando de lado la confusión que se produce en el largometraje con el delito de daños y lo que ahora llamamos derechos de autor, ¿puede una persona vivir solo para sí misma, “con su integridad como única bandera”, con una honestidad que no incluye el “deseo de satisfacer a sus hermanos”? En definitiva, el individualismo como principio rector frente a la subordinación del ser humano al interés colectivo. Y sí, con la mediocridad y el miedo de las religiones a los avances científicos, la humanidad todavía estaría en el medievo, quemando en la hoguera a cualquier nuevo descubridor (ya lo subraya Roark en su discurso final); pero también somos conscientes de que estamos metidos en pleno siglo XXI, en un periodo en el que el capitalismo liberal más obsceno, apoyado en su principio de individualidad, ha ido obteniendo, sin apenas cortapisa alguna, todo lo que desea. Y casualmente, nunca encuentra su límite. Atrás quedaron utopías sobre solidaridad, dignidad humana, intimidad o libertad. Pero  a pesar de todo, el filme de King Vidor se sostiene plenamente el 2020. Prueba evidente de su inmensidad.

Tráiler:

Ficha técnica:

El manantial (The Fountainhead),  EUA, 1949.

Dirección: King Vidor
Duración: 114 minutos
Guion: Ayn Rand (Novela de Ayn Rand)
Producción: Warner Bros. Pictures
Fotografía: Robert Burks
Música: Max Steiner
Reparto: Gary Cooper, Patricia Neal, Raymond Massey, Kent Smith, Robert Douglas, Henry Hull, Ray Collins, Moroni Olsen, Jerome Cowan, Paul Harvey, Harry Woods, Paul Stanton Morris Ankrum, John Doucette

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