Críticas

Peleas hegemónicas

El club de la lucha

Otros títulos: El club de la pelea.

Fight Club. David Fincher. EUA, Alemania, 1999.

La presencia del ser humano en la pantalla se debe a la necesidad de transformarnos en los protagonistas de una historia que “vale la pena contar”. Epifanía bastante rara, esta, una consideración de la que, a lo mejor, no nos hemos dado cuenta: las películas se hacen por los seres humanos para otros seres humanos. Resulta así necesario un análisis que tenga como punto de vista el humano, como si nos fuera imposible salir de nuestra condición existencial y, por esta razón, nos saliera más simple (¿natural?) casar nuestra mirada con nuestra producción. Verdad es que raro sería si alguien decidiera crear una obra solo para un público no humano, como puede ser el público animal (pero, ¿no es el hombre un animal entre tantos?). ¿Qué tipo de obra saldría entonces? Su interpretación, para nosotros, se situaría fuera de nuestro control y, por esta razón, a lo mejor surgiría un rechazo completo, global, casi universal. Se define así una obra de arte, como son algunas de los productos que pertenecen al cine, según su público ideal teórico, más allá de la simple pertenencia a la especie humana sino, más bien, a aquellos rasgos que diferencian los respectivos grupos (sociales y/o culturales) de nuestra raza.

Se debe a este pensamiento el problema al que tuvo que enfrentarse Fight Club durante su estreno. La crítica, no tanto desde un punto de vista técnico sino ideológico, prefirió en su mayoría regalarle un rechazo casi completo, la demostración de que no, de que si bien los artistas pueden producir obras, no por esta razón serán obras de arte, productos que al fin y al cabo permiten cierta cantidad de divertimiento. Pero la obra de Fincher, basada en la novela de Palahniuk, se ha convertido en mucho más que una obra sui generis, única de su especie, sino que ha logrado (justamente) llegar hasta la cima del Olimpo de lo cult, lo extraordinario, lo que hay que ver por lo menos dos veces en una vida (una no sería bastante, ya que hay que saborear una segunda venida). Fight Club encarna así un evangelio laico, una ventana que conduce nuestra mirada hacia una dimensión de nuestra sociedad y psique de la que no queremos hablar.

Efectivamente, la película analiza la situación del hombre moderno, producto de una sociedad y de una cultura que ya no permiten la realización de nuestros sueños (sueños que la sociedad misma nos impone desde que nacemos). Este afán por la felicidad, la libertad, la riqueza, solo se traduce en una serie de quimeras que nos engolfan hasta cierta adicción morbosa. Le toca entonces al co-protagonista (¿antagonista?) Tyler Durden (Brad Pitt) decirle al protagonista sin nombre (Edward Norton) que el mundo no es como la televisión y como nuestros padres nos lo habían pintado. Devastación de una generación a la que le han hecho creer que todo iría bien, que cada uno sería una estrella del cine o de la música, y que el dinero y la felicidad se pueden alcanzar con un poco de esfuerzo, trabajando cinco días cada siete en una empresa de la que no sabemos decir que nos explota porque ellos son malos o porque nosotros somos bobos.

Pero Fight Club es también una historia de amor y de cómo la presencia del ser femenino nos empuja a elegir entre una vida sin responsabilidades, como si fuera un juego eterno, y una vida en la que somos padres, despojándonos así de nuestros trajes infantiles para acceder conscientemente a otra fase más madura de nuestro camino hacia la muerte. Marla (Elena Bonham Carter) representaría por esta razón aquella necesaria distinción entre nuestro deseo de inmortalidad y de eterna juventud, y la capacidad de superar nuestros miedos y aceptar nuestra caducidad. El femenino revela así su carácter fértil, mientras que el masculino de Tyler Durden acaba en una aridez global, aridez que el personaje intenta destruir con la creación de una nueva humanidad, como si el complejo de Dios y el complejo de la fertilidad (la imposibilidad de crear la vida a solas, o lo limitado que es el rol del macho en la procreación) hubieran encontrado su resolución (in)natural.

¿A quién se dirige, entonces, esta película? Si de seres humanos hemos estado hablando al comienzo de este texto, es ahora necesario delimitar aquí el número de seres al que nos referimos cuando hablamos de la importancia no solo técnica, sino ideológica y social de Fight Club. Si una primera afirmación podría ser que se trata de algo que solo un hombre podría entender perfectamente (pero, ¿qué tipo de hombre?), nada impide que el público femenino pueda acercarse y enamorarse de este cuento (¿de amor?) moderno, con su violencia casi vulgar y su necesidad de nihilismo. Bildungsroman contemporáneo, con un protagonista de treinta y más años, la película se revela así el cuento de un crecimiento moral, ético, personal, al cual todos podemos referirnos. Nadie, entonces, es ni será Tyler Durden, ya que todos somos el protagonista sin nombre de nuestra misma historia.

Ficha técnica:

El club de la lucha  / El club de la pelea (Fight Club),  EUA, Alemania, 1999.

Dirección: David Fincher
Duración: 139 minutos
Guion: Jim Uhls (basado en la novela de Chuck Palahniuk)
Producción: Ross Grayson Bell, Ceán Chaffin, Art Linson
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: The Dust Brothers
Reparto: Edward Norton, Brad Pitt, Helena Bonham Carter, Meat Loaf, Jared Leto

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