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El cine de Yorgos Lanthimos

Fatídica ficción

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La Real Academia de la Lengua define a la palabra distopía como “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Estamos ante un sustantivo que hace referencia a lo infame y en el mundo anglosajón es descrito, según el diccionario de Oxford o de Cambridge, como un lugar o estado imaginario en donde todo es indeseable o malo, destacando en universo degradado o totalitario. Es la idea de una sociedad en donde las personas no congenian entre ellas y no son felices (dystopia). El término estuvo sin reconocer por nuestros académicos hasta hace bien poco, y su origen se atribuye al filósofo, político y economista inglés, John Stuart Mill, que lo utilizó en un discurso parlamentario en 1868.

En el mundo del cine, es entendido como lugares, ya sean sociedades, gobiernos o microcosmos de cualquier naturaleza, que se caracterizan por su hostilidad e idiosincrasia adversa. En general, se considera que los ejemplos se refieren a situaciones futuras, pero nada impide que en la ficción cinematográfica se sitúe lo indeseable en el aquí y ahora. Y no solo es posible, sino que, por desgracia, esos universos indeseables están ocurriendo en el presente. Las guerras, las crisis económicas, las lamentables consecuencias del fenómeno migratorio, los regímenes despóticos, el insaciable deseo de poder económico o el implacable terrorismo han provocado que no hablemos de futuro. Las distopías están ya entre nosotros y parece que han llegado para asentarse. El terror, el hambre, la esclavitud o el claro predominio de unas naciones o individuos sobre otros son situaciones que no hay que salir a buscarlas para dar con ellas. Esos infiernos amenazantes y de escalofrío que originan violencia, opresión y desesperanza están resurgiendo con fuerza en tiempos actuales, y el cine no ha hecho más que retratarlos, ya sea con un carácter ficcional mayor o menor. La obra del realizador griego Yorgos Lanthimos, nacido en Atenas en 1973, es buena muestra de ello. Con solo cinco largometrajes oficialmente reconocidos, los ejemplos de estados y sentimientos anómalos y abyectos son constantes en toda su filmografía.

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Con su primera película, Kinétta (2005), Lanthimos nos coloca en una población griega  situada en la costa, de carácter turístico. Pero al autor no le interesan alegrías vacacionales y, huyendo de cualquier atisbo de felicidad, se recrea en una época invernal en la que domina el vacío existencial. Con tres personajes principales, un policía de paisano, un dependiente de una tienda de fotografía y una empleada de hotel, le basta para destilar un panorama de desolación inmensa. El abandono del entorno y la soledad de sus criaturas se van imponiendo en un largometraje que, a pesar de la modestia en recursos, acierta en plena diana del absurdo. Recreaciones estúpidas y turbadoras, lentitud en ritmo y movimientos, además de la falta de comunicación, nos ubica en un mundo por el que no nos gustaría transitar, pero seguramente se encuentra apenas a treinta kilómetros. La extrañeza, inquietud y necesidad de que el espectador se involucre y reflexione sobre lo que en realidad está observando ya aparece en el estreno en largometrajes del autor griego. Todavía no había explotado la crisis económica y el malestar social en Grecia, pero Lanthimos, con Kinétta, ya se anticipa y nos ofrece lo que podemos tomar como una especie de premonición de lo que estaba por llegar. Con cámara en mano, escenas que juegan con la falta de enfoque y una pálida fotografía, la perplejidad únicamente acababa de comenzar.

En Canino (Kynodontas, 2009), su siguiente filme, un progenitor encierra a sus hijos en la vivienda familiar, sin dejarles siquiera imaginar que existe un mundo exterior. Dentro de ella, han de seguirse normas insólitas, y la violencia utilizada, además de la absoluta ausencia de albedrío, llaman poderosamente la atención. En realidad, no necesitamos ahondar demasiado para percatarnos que estamos ante la reproducción de un régimen totalitario dentro de una vulgar familia burguesa, conformada por los padres y tres hijos. Se trata de una mirada a la seguridad frente a la libertad, como argumento y modelo de conducta típico de gobiernos autoritarios. Refleja una metáfora aplicable no únicamente a la dictadura de los coroneles griegos, sino a todas ellas. El pensamiento único, despótico y hasta machista se impone en la vida diaria de los “inocentes” retoños, sometidos en la ignorancia, pero no estúpidos. Con esta película Lanthimos ya consiguió  que los amantes del cine no le perdieran de vista, en especial los interesados por prismas diferentes a lo que nos acostumbra la avasalladora propuesta comercial. El director griego obtuvo visibilidad al lograr un galardón en el Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard. Canino se contempla como otra obra en que Lanthimos nos introduce en una sociedad en la que reina la distopía. Y no es necesario recurrir a la ciencia ficción o a remotos e inciertos futuros. Se trata, ni más ni menos, que de cierta reproducción de una forma de estado autoritaria, con plena abolición de derechos y libertades, un líder absoluto que lo decide todo (el padre) y que cuenta con sus colaboradores (la madre). Nos enfrentamos a ese modelo que impone la censura, restringe medios de comunicación y persigue con dureza cualquier disidencia.

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Con su tercer largometraje, Alps (2011), Lanthimos nos introduce en una organización clandestina dedicada a “suplir” a seres queridos recién fallecidos. Una falacia que reconforta a unos y enriquece a otros, envuelta en una sociedad enferma, a la deriva, angustiada y sin referentes. Como pueden imaginarse, la referida organización, que adopta el nombre del título del filme, se caracteriza también por sus rasgos autoritarios. Como simple muestra, podemos fijarnos en la anécdota del mote seleccionado por el jefe del clan, Mont Blanc, la cima más elevada de la cadena montañosa en la que se ubica. Un símbolo evidente del poderío ostentado. El realizador griego, todavía rodando en su propia tierra, vuelve a descolocar con provocación y a mostrar un universo que casi con seguridad se está desarrollando en nuestras propias ciudades. Y volvemos a utilizar la violencia frente a aquellos del grupo que pretenden saltarse la desmesura de las reglas establecidas, tanto por el líder como por sus discípulos. Individuos que se significan como seres solitarios y que reproducen las más bajas inclinaciones de los humanos.

En el 2015, Yorgos Lanthimos se presentó en Cannes con su nueva película, Langosta (The Lobster), obteniendo el Premio del Jurado en la Sección Oficial. El argumento es así de simple y de disparatado: o consigues vivir en pareja o la regulación vigente obliga a que te conviertas en un animal; eso sí, el que cada uno elija. Nueva entrega de otra distopía totalitaria, que esta vez va un poco más lejos: lo indeseable lo acapara no solo el régimen político vigente, sino también su antítesis revolucionaria. En ambas, destacan sus estrictas y alucinantes reglas, además de la extrema virulencia de las penas por incumplimiento. La falta de libertades, el intento de establecer un pensamiento único, el adocenamiento y la ausencia de intimidad caracterizan a las dos. La autoridad, los líderes, los cómplices y las víctimas siguen apareciendo. Lúcida parodia sobre los regímenes, denomínese como se quiera, que no respetan la separación de poderes, sobre todos los reinantes o gobernantes que no son elegidos democráticamente, ademas de transgredir la igualdad ante la ley o primar la seguridad a la libertad. Las normas prohibitivas llueven y el uso de la violencia es mimetizado y reproducido por sus miembros. Con esta película, el realizador griego tuvo la oportunidad, con una potente financiación, de rodar fuera de su país y de contar con un reparto de estrellas internacionales, entre las que se encontraban Colin Farrell y Rachel Weisz.

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Se acaba de estrenar comercialmente el último largometraje de Lanthimos, El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017). Aquí repite su experiencia internacional y vuelve a contratar al mismo actor protagonista de Langosta, Colin Farrell. Además, tiene la suerte de contar con Nicole Kidman para interpretar a la actriz principal. El filme también se presentó en el Festival de Cannes en la Sección Oficial, y obtuvo, compartido, el premio al Mejor Guion, precisamente la faceta que consideramos más débil de la película. Volvemos a estar en un posible hoy y ahora, en una gran urbe en donde residen y trabajan Steven y Anna, el primero cirujano cardíaco y la segunda oftalmóloga, junto con sus dos hijos menores. Inspirándose en la tragedia griega del sacrificio de Ifigenia, nos movemos por el domicilio de los personajes, por el hospital en donde trabajan, por las calles de la ciudad, y desde el primer instante, la inquietud y el desasosiego nos corroe. ¿Qué está pasando? ¿Qué relación existe entre Steven y un joven llamado Martin? ¿Hasta qué límite nos pueden arrastrar nuestras acciones, culpas y castigos? Otra vez, en este caso con demasiadas interrogantes no asociadas a ninguna respuesta, Lanthimos regresa a un mundo de escalofrío que no es el mañana, puede suceder hoy mismo. Ahora, no nos enfrentamos exactamente a una sociedad totalitaria, pero sí a una voluntad todopoderosa, un Dios omnipotente o su emisario, cuyos designios se muestran insalvables. Una sucesión de acontecimientos inauditos y penosos van salpicando a la familia protagonista, con la misma fatalidad y desmesura que ocupa toda la obra del director.

Son muchos los temas  que de forma obsesiva se repiten en la filmografía de Yorgos Lanthimos. Entre ellos, podríamos destacar la soledad en compañía, conflictos con el sexo o el inevitable sometimiento a la autoridad. Todo su universo está mostrado de forma satírica, sin despreciar la parodia o el humor negro, hasta tocar un surrealismo que resulta provocador. Formalmente, se apoya en colores fríos y en una cámara que no duda, sobre todo en sus últimas obras, en mostrarse muy fija hasta apabullar, intentando guardar la simetría. Y no nos olvidamos de destacar un elemento muy presente en todo su cine: la violencia, verbal o física, en campo o fuera de él. Sus actrices y actores, en  ese entorno, recrean a sus personajes como dirigidos por hilos, con movimientos mecánicos. Se pasean y sufren su existencia de forma autómata y estupefacta. La espontaneidad no parece que vaya con ellos, se muestran calculadores y no enseñan con facilidad sus sentimientos, si es que los tienen.

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Es imposible no fijarse en la influencia y similitudes entre el cine de Yorgos Lanthimos y el del austriaco Michael Haneke. Ambos tienen predilección por la cámara fija para subrayar los lados más retorcidos del espíritu humano. Además, la violencia envuelve todas sus propuestas, en unos mundos apocalípticos que bien pueden desarrollarse en microcosmos burgueses. Así, la falta de libertad del universo de Lanthimos ya nos envolvió en el mundo hanekiano de  Funny Games (1997) o 71 fragmentos de una cronología del azar (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994); o situaciones extraordinarias como en la ya citada Funny Games, en El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989) o en  El tiempo del lobo (Le Temps du loup-, 2003); y también nos acordamos de La cinta blanca (Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte, 2009), cuando de padres controladores estamos hablando. Obcecación por el azar, el destino, la fatalidad, la angustia, el fracaso o el sinsentido la encontramos en el universo de ambos autores. Y ante ello, la voluntad de dejar margen al espectador para que reflexione acerca del alcance de lo que está viendo. Fijeza por el destino, el azar, la fatalidad, la angustia o el sinsentido, rodea a los dos realizadores.

La distopía en el cine actual, no solamente en el mundo del director Yorgos Lanthimos, se está convirtiendo en una tendencia que no debería ser analizada como mero azar, sino como manifestación de una sociedad aturdida que se está alejando de sus raíces. Y mientras tanto, sin encontrar otros sustitutos en el camino. No extraña la aparición, tanto en pantalla como en la realidad no ficcional, de nuevos suburbios voluntarios y fortificados en búsqueda de su orden y seguridad. Al mismo tiempo, no se renuncia al uso de la violencia frente al que pretenda alterar esa forma de vida que aspira a erigirse como la única posible. Y como funesto resultado, las desigualdades, miserias, el sufrimiento y el sometimiento de buena parte de la humanidad. Ahora, ya mismo, no en una “representación ficticia de una sociedad futura”, como se atreve a definir la RAE al universo de las distopías.

 

BIBLIOGRAFÍA 

  • HERNÁNDEZ LES, Juan A., 2013. Michael Haneke. La disparidad de lo trágico. Madrid: EDICIONES JC.
  • IMBERT, Gérard, 2010. Cine e imaginarios sociales. El cine posmoderno como experiencia de los límites (1990-2010). Madrid: Ediciones Cátedra.
  • MARZÁBAL, Íñigo, AROCENA, Carmen (eds.), 2016. Películas para la educación. Aprender viendo cine, aprender a ver cine. Madrid: Ediciones Cátedra.
  • ORELLANA, Juan, 2015. Cine e ideología. Barcelona: Editorial Stella Maris.
  • PÉREZ GONZÁLEZ, Sergio y SUSÍN BETRÁN, Raúl (Coordinadores), 2015. Violencia y derecho a través del cine. Valencia: TIRANT LO BLANCH.

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