Investigamos 

De la codicia al equilibrio. Individuo, cine y naturaleza.

(…) Un poder maligno que recorre la tierra, arruinando los cuerpos de hombres y mujeres y atrayendo a las naciones a la destrucción mediante visiones de una riqueza no ganada y la oportunidad de esclavizar y explotar el trabajo.
Upton Sinclar, ¡Petróleo!, 1926

¿Es posible ser humano y estar en equilibrio con lo que te rodea, sin desear más de lo que ese equilibrio te proporciona?, ¿es posible estar a salvo de los que siempre quieren un poco más? El cine ha profundizado en esas cuestiones mediante la descripción y el análisis de personajes que buscan, pierden o destruyen el equilibrio. La crisis ecológica global que comenzó a gestarse con la revolución industrial y que se ha acelerado de forma vertiginosa a principios del siglo XXI va abriéndose paso en nuestras perezosas conciencias que oscilan, como ante cualquier crisis grave, entre la negación, el pánico y una irresponsable procrastinación global. Extraordinarios documentales como The Cove (Louie Psihoyos, 2009), Home (Yann Arthus-Bertrand, 2009) o Demain (Cyril Dion, Mélanie Laurent, 2015) han contribuido a crear esa conciencia.  Mientras tanto, la gran aportación del cine de ficción ha sido, más que el diagnóstico del planeta enfermo, el diagnóstico de un primate de apariencia frágil, en cuyo cerebro anida una variación que le lleva al delirio de creerse dueño de las cosas y las personas. El cine, como en general la ficción, logra ese diagnóstico de forma caótica, indirecta y, a menudo, involuntaria, pero ese es el camino del arte. Son películas que nos hacen preguntarnos cuánto hay en nosotros de ese Fitzcarraldo empeñado en arrastrar por la selva (más bien empeñado en convencer a otros de que lo hagan) un buque de vapor, porque está convencido de que, si llega a hacerlo flotar en cierto río, accederá a la explotación del caucho, se hará rico y podrá traer a Caruso a cantar en la selva. Esa mezcla de insatisfacción y delirio se llama codicia y podría acabar con nosotros. El cine que se pregunta cómo son las personas que se dejan llevar por ella y cómo son las que consiguen estar en paz con ella, nunca ha sido tan necesario.

El trabajo de Werner Herzog, a veces, me resulta irritante por su fascinación por los tipos desmesurados y obsesivos, con un punto delirante (a él podría aplicarse  lo que dijo Guillermo Piro sobre Cèline: libros sobre locos escritos por un loco, de una loca belleza). Su relación de amor/odio con Klaus Kinski, representante perfecto de ese tipo, tanto en el cine como en la vida, escapa a mi comprensión y solo le encuentro interés como estudio práctico del narcisismo. Sin embargo, tengo que reconocer que un repaso a su filmografía muestra que Herzog ha explorado la relación individuo/naturaleza de forma más compleja e interesante que cualquier otro cineasta que yo conozca, porque lo ha hecho desde ángulos muy diferentes; un examen de su temática proporciona incluso un esquema  para entender cómo el cine, en su conjunto, ha indagado en esa relación.

– La posición depredadora, representada por personajes que nunca tienen bastante y que establecen una relación de dominio con la naturaleza y con las personas. El citado Fitzcarraldo (Fitzcarraldo, Werner Herzog, 1982) y también Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972).

– La posición opuesta, a la que podríamos llamar naïf, basada en una idealización racionalista de la naturaleza y de la relación con ella. Se busca un equilibrio con una vida natural, a la que se idealiza como pura por contraposición a la vida humana artificial. Está representada por Timothy Treadwell, el protagonista de Grizzly Man (Werner Herzog, 2005), alguien que probablemente sería un desconocido si no hubiese sido devorado por los osos a los que tanto amaba, si su omnipresente cámara no hubiese grabado su muerte y si alguien como Herzog no hubiese encontrado en ello otra historia de desmesura digna de ser contada. Pero, en este caso, se trata de una desmesura de amor y de inconsciencia, no de codicia.

– En tercer lugar está la posición de los personajes que han logrado un equilibrio con la naturaleza, a base de entenderla, de someterse a sus reglas, de no dejarse llevar por delirios de  acumulación y mantenerse en el deseo de vivir dentro de unos límites sostenibles. Está representada en el cine de Werner Herzog por las gentes de la taiga en Happy People, un año en la taiga (Werner Herzog, Dmitri Vasyukob, 2010).

Si tomo este esquema y lo aplico a las películas que abordan la relación individuo/naturaleza y que más me hayan impactado, encuentro que casi todas se pueden incluir en alguna de las tres posiciones y que eso permite un análisis de lo que el cine aporta a nuestra comprensión.

La posición depredadora está muy bien descrita, además de en las películas de Herzog citadas, en Pozos de ambición (There Will Be Blood, Paul Thomas Anderson, 2007), basada en la novela ¡Petróleo!, de Upton Sinclair, en la que un extraordinario Daniel Day-Lewis da vida a Daniel Plainview, un minero que encuentra petróleo, con un infalible instinto para dar con las riquezas que esconde el subsuelo y un instinto aún más certero para detectar las debilidades de la gente y usarlas en su beneficio. El retrato de cómo el camino que sigue para lograr objetivos, que va conquistando uno tras otro, es al mismo tiempo un camino hacia la soledad más absoluta, es muy esclarecedor. En esta línea Icíar Bollaín en También la lluvia (2010) propone una interesante reflexión metanarrativa: el rodaje de una película sobre el carácter codicioso de Cristóbal Colón, rodada en Colombia para abaratar costes de producción, confronta al equipo de rodaje con la situación actual de la gente del pueblo y el problema del agua, causado por la codicia de políticos y multinacionales. Le basta una escena genial, rodada en el jardín de la casa en la que el equipo de rodaje está leyendo el guion, concretamente, la parte en la que Colón (Karra Elejalde) toma posesión de las tierras que ha descubierto, ante la mirada curiosa de los camareros que sirven el buffet –todos ellos indígenas– para mostrar el absurdo y el patetismo de apropiarse de la tierra en nombre de una entelequia como una corona, representada por una bandera que, en la escena, es la sombrilla de la piscina.

También las películas que han seguido la estela de El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad, 1899) como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) y la propia Aguirre antes citada, a la que podemos considerar inspirada en la novela de Conrad. A menudo se hace una lectura que no comparto, según la cual lo que se describe son los abismos del alma humana cuando, alejándose de la civilización, se desliza hacia el salvajismo. Se olvida en este lectura que se trata de obras críticas con el imperialismo, en la que los personajes principales no pretenden, inicialmente, alejarse de la civilización, sino precisamente en nombre de esta, apropiarse sin freno de recursos que pertenecen naturalmente a otra forma de civilización. El trastorno y el delirio aparecen como consecuencia de no entender un orden, el de la naturaleza y el de las culturas que viven en ella y, aún así, no renunciar a una fantasía de dominio. Es el salvajismo de la civilización llevado a su codicioso extremo, no el salvajismo del hombre despojado de civilización. «La conquista de la tierra, en su mayor parte, no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros» (Marlow, en El corazón de las tinieblas).

La segunda posición, que podríamos llamar “ingenua”, se basa en atribuir a la Naturaleza una bondad esencial que tiene un efecto curativo en el alma humana de forma cuasi mágica: basta la inmersión sin barreras en lo natural para que se produzca el efecto. Estaría conectada a una especie de culpa civilizatoria: entregarnos desnudos a la voluntad de la Naturaleza para que perdone –o castigue– nuestros muchos pecados contra ella. De ahí el carácter mítico de Grizzly Man: el hombre ingenuo es devorado por los osos a los que se acercó para, salvándolos a ellos, salvarse a sí mismo. Otra dramática historia real es la que vivió Christopher McCandless, narrada por Jon Krakauer en Into the Wild (1977) y llevada al cine por Sean Penn en Hacia rutas salvajes (Into the Wild, 2007). McCandless se adentró en los bosques de Alaska sin preparación y sin equipo, tras abandonar su coche y quemar su dinero, guiado solo por la fe en la vida natural. Incapaz de matar para alimentarse, murió solo, tras casi cuatro meses viviendo su sueño de libertad.

Con un planteamiento muy original, la estupenda Lázaro feliz (Lazzaro felice, Alice Rohrwacher, 2018) mostraba la existencia idílica de Lázaro en una comunión con la naturaleza que resultaba, paradójicamente, de una gran estafa. La propietaria de una extensa finca rural que quedó aislada por un derrumbe mantiene a los campesinos que vivían en ella aislados del resto del mundo y en un estado de sumisión feudal. Lázaro, a quien todos consideran un pobre tonto, es feliz en su pobreza, en su disposición a ayudar y en su vínculo con la naturaleza que le rodea y a la que él entiende como nadie. Un estado de felicidad frágil, porque la pequeña comunidad en la que vive y de la que él, en última instancia depende, viven sometidos a la codicia del poderoso, a la que intentan arañar, desde su propia humilde codicia, todo lo que pueden.

La tercera posición sería la del equilibrio. En la filmografía de Herzog está representada por Happy People: un año en la taiga, antes citada,  en la que asistimos a lo largo de un año a una detallada lección de supervivencia. Son gente de una feroz autosuficiencia que fabrican sus propios esquíes; para ello recorren el bosque hasta encontrar el árbol perfecto del que extraen una única y perfecta tabla que luego ablandan, endurecen, curvan y secan en un largo proceso inventado muchas generaciones atrás. Herzog muestra con admiración y respeto lo que implica una vida feliz en la naturaleza: conocer bien los límites dentro de los cuales esa felicidad es posible. Uno de ellos dice: “… la codicia es el peor rasgo de un cazador”. Cómo no recordar entonces a otro habitante de la taiga, Dersu ( Dersu Uzala, Akira Kurosawa, 1975), basada en el libro de mismo título que escribió Vladimir Arsenyev sobre sus viajes juntos y su amistad. Es interesante que la relación  de Dersu, de conocimiento y respeto con el medio natural que le rodea,  no nace de una conciencia ecológica moderna, sino de un tradicional animismo: «Cuando el fuego se enfada, el bosque arde durante días (…) Fuego, agua, viento, tres hombres poderosos».

Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972) muestra la posibilidad de que alguien perteneciente a una cultura urbana adquiera  las habilidades para sobrevivir en equilibrio en un medio natural a base de un largo aprendizaje. El contacto de Jeremiah con el animismo de los pueblos originarios es también parte de ello. Llega a los bosques con una actitud más bien ingenua: “Se llamaba Jeremiah Johnson y cuentan que quería ser un hombre de la montaña”, es toda la presentación que necesitamos. El resto del film está dedicado a contarnos cómo eso de ser un hombre de la montaña es un proceso bastante más complicado de lo que el pobre Jeremiah suponía y que tiene mucho de iniciático. 

Creo que estas tres posiciones ante el medio natural –codicia, ingenuidad y equilibrio– son humanas y siempre posibles. Como decía el cazador de la taiga, se puede vivir en equilibrio y deslizarse hacia la codicia; como aprendió Jeremiah, se puede partir de la ingenuidad y aprender el equilibrio. En su forma indirecta y emocional, el cine lleva mucho tiempo contribuyendo a la reflexión sobre la crisis ecológica con un retrato, a veces idealizado o romántico, pero en el fondo certero, de los que la protagonizan, que somos todos.

2 respuesta a “De la codicia al equilibrio. Individuo, cine y naturaleza.”

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