Críticas

A bordo de la impostura

Corpus Christi

Boze Cialo. Jan Komasa. Polonia, 2019.

Cartel de la película Corpus ChristieDaniel es un adolescente infractor que se transforma en el Padre Tomasz, sacerdote de un pequeño pueblo. Pasa a cumplir funciones por delegación mientras se enfrenta a la resolución de una tragedia que provocará enfrentamientos en la población. La oportunidad es para la propia revelación en la contribución al conocimiento de la condición humana.

El film nos sitúa frente a la complejidad del ser humano y sus contradicciones en simetría con las sutiles discordancias sociales e institucionales, algunas de las cuales son alcanzadas por los dardos de un Daniel que hace gala de una refinada inteligencia intuitiva.

El poder opera como refugio y expresión a la vez; es la posibilidad de esconderse en un rol ficticio que genera oportunidades de reivindicación sin dejar de ser uno mismo.

Daniel imparte sus certeros sermones y hace  caer las apariencias; logra dimensionar lo humano en términos de necesidad de reconciliación con uno mismo y los demás, sin importar el grado que el “pecado” alcance en la escala espiritual institucionalizada, y las penas estandarizadas y ritualizadas que le correspondan. La penitencia por pegarle a un hijo puede ser un aporte al vínculo más que un castigo: la madre debe sacarlo a pasear en bicicleta. Es la implantación de un ritual humano y humanizador, lejos de los mecanismos de control institucionalizados por la Iglesia y la política: el Alcalde suele utilizar las bendiciones  como aval de las formas de explotación humana en sus aserraderos.

El pasado es delictivo, pero, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, la conducta de Daniel hace resaltar lo bueno y lo malo del prójimo; es un instrumento que opera generando condiciones que aciertan a poner en tela de juicio la consideración de la maldad como categoría absoluta: hasta un asesino es capaz de realizar buenas obras.

Corpus Christi Fotograma

El propio sistema es la piedra en el zapato y, a la vez, la falla por descuido que despierta la posibilidad de reforma, aunque lo efímero venga dado por la corrección de los errores institucionales, y opere la restauración “normalizadora”.

El protagonista nos lleva de la mano desde una peripecia intuitiva y semicasual hacia una reforma moral que no rompe con la identidad propia, sino que la relanza hacia la vida; el sujeto se acepta a sí mismo y a los demás, mejora su condición desde una postura dadora, no experimentada antes, aunque presente en forma latente. La religión está vista como un factor que puede implantar cierto grado de sensibilización hacia el otro: Daniel es la prueba.

El guion de Mateusz Pacewicz nos lleva de la mano a través de suaves transiciones que nos sumergen de manera clara y sutil en una problemática cuyos antecedentes y alcance irán siendo  develados hacia el final. La historia es sencilla y, dentro de la claridad, se vuelve sutilmente sugerente. Poco a poco nos introduce en el suceso y, sobre el desenlace, nos aclara los orígenes delictivos del personaje central; para esto no necesita apelar a la explicitación de la violencia más allá de lo necesario. Estos sucesos  son relatados sin exhibir el ejercicio directo de la agresión física, no obstante, ocupan el lugar necesario de acuerdo al planteo pretendido. Daniel carga con un profuso prontuario delictivo que, observando su actual comportamiento, nadie podría imaginar. La ausencia de flashbacks lo confina, definitivamente, a un tiempo extradiegético que solo se actualiza verbalmente y sin detalles, al final. El guion y el protagonista, desde su aspecto personal (expresividad), se las ingenian para establecer un clima de calma y altruismo,  bajo el cual subyace la violencia en fuerte alianza con el consumo de estupefacientes.

Boze Cialo

Lo instituido barre sin solución con la oportunidad, aunque esté harto demostrado el fracaso  del sistema, en oposición al respeto por la libertad individual y su utilidad a la hora de las transformaciones.

Finalmente, la norma social triunfa: vuelve a reunir a los criminales en su seno; ya es imposible cualquier tipo de absolución, la violencia se retroalimenta bajo  una normalidad que coloca las cosas en su lugar (cada cual al sitio que se le asignó). Nadie puede escapar a un estigmatizador destino diseñado desde lo terrenal; los instrumentos espirituales están para cambiar al ser humano, aunque no siempre se obtenga el resultado deseado. Romper con los estereotipos es un deber cumplido a medias: el protagonista actúa mientras no se note el espíritu transgresor oculto bajo su falso atuendo religioso.

La puesta en escena juega con los espacios cerrados y abiertos. La naturaleza enmarca la libertad desde amplios planos generales. Es donde el juego se aparta del alcance de lo instituido y permite improvisar en el intento de intervenir en los asuntos que ocasionan angustia al animal humano.

La iglesia es el reducto espiritual que, con el cambio de autoridad,  prescribe la liberación de los más profundos sentimientos: hay permiso para sentir; Daniel así lo solicita desde el poder que le confiere lo que su uniforme representa.

Durante buena parte del tiempo diegético cae lo instituido, y el protagonista es sometido al deseo de cambiar el mundo, aunque sin planes, todo es profundamente intuitivo: el bien está, solo hay que saber hacerlo aflorar.

Nada se explica por flashbacks; hay linealidad, una delicada y sutil progresividad; se generará  el espacio óptimo para un procesamiento de datos facilitador de ulteriores reflexiones. Una película para disfrutar pensándola después.

Boze Cialo- Crítica

La puesta en escena del reformatorio contrasta con la de la iglesia y los espacios naturales. Individuos  apiñados  intentan seguir una falsa disciplina que se emite para complacer al que manda y evitar consecuencias. En la Iglesia, por el contrario, hay una disposición que marca el poder a partir de planos que enfocan a Daniel sobre una tarima frente a sus feligreses, con un despliegue ante cámara que privilegia la expresión de un ejercicio liberador ejecutado desde las propias entrañas, tan maltratadas por el adiestramiento sufrido en prisión. La opresión limita el ser lo que se es.

El rostro del protagonista denota una permanente tristeza no verbalizada y representada mediante primeros planos que explotan las características típicas de expresiones a la medida de las necesidades del film; Bartosz Bielenia no necesita esforzarse para lograr el efecto, el director lo sabe, la cámara lo capta a la perfección.

El guion va a encargarse de dibujarnos a un Daniel persona, su pasado delictivo no es  detallado en imágenes. Es tildado de “escoria” por las fuerzas del orden; el calificativo no afecta al espectador, porque no se ha traducido en cruentas imágenes que lo demuestren. Falta la fuerza de la evidencia. Luego vienen todas las buenas obras y, sobre el final, tenemos una declaración en confesionario que describe todo su prontuario; ya es demasiado tarde: lo hecho por Daniel ha reforzado sus cualidades, y lo demás no interesa.

El film también es una muestra de cómo las costumbres juveniles no obstan a la intervención de la sensibilidad frente a la defensa de las causas justas. El entierro del chofer, culpabilizado por un accidente, es objeto de reivindicación frente al dolor que, en búsqueda de mitigación y contención, se refugia en el prejuicio y construye una ignorancia prefabricada.

En suma, una gran película que, desde una estética delicada, expresa lo más hondo de las miserias de la humanidad sin generar sobresalto alguno; todo lo contrario. ¿Qué más podemos decir?: es la naturaleza humana.

 

Trailer

 

Ficha técnica:

Corpus Christi (Boze Cialo),  Polonia, 2019.

Dirección: Jan Komasa
Duración: 116 minutos
Guion: Mateusz Pacewicz
Producción: Coproducción Polonia-Francia; Aurum Film/ Canal+ Polska
Fotografía: Piotr Sobocinski Jr.
Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine
Reparto: Bartosz Bielenia, Elisa Rycembel, Alekxandra, Konieczna, Tomasz Zietek, Leszek Lichota, Lucasz Simlat, Barbara Kuzaj, Zdzislaw Wardejn

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