Críticas

Dilemas éticos

Camille

Boris Lojkine. Francia, 2019.

CamilleCartelCamille Lepage es una joven de veinticinco años. Francesa y fotoperiodista, decide aventurarse en el inicio de su actividad profesional por tierras africanas. Tras unos primeros pasos en Sudán del Sur, traslada su trabajo a la República Centroafricana, un estado que soportó la dominación colonial del país galo hasta 1960. La acción se sitúa en 2013, momentos en que la situación política de esta nación africana se había convertido en polvorín. Tras producirse un golpe de Estado por parte de la coalición rebelde Seleka, la guerra civil y el caos no tardaron en desencadenarse. Surgió la contra, las milicias anti-Balaka frente a los ataques de los Seleka. Una confrontación fratricida que no estaba exenta de componentes religiosos, en esta ocasión a cuenta de musulmanes y cristianos. Una catástrofe humanitaria de machetes a la que no ayudaba la pasividad internacional. La República Centroafricana, a pesar de contar con gran riqueza en productos naturales como petróleo, oro, diamantes, madera o uranio, se encuentra entre los países más pobres del planeta. La ONU lo consideró en 2018 el campeón en esta competición de miserias. Camille es un biopic, una película basada en hechos reales que le sucedieron a su protagonista a lo largo de unos pocos meses.

El filme está dirigido por el francés Boris Lojkine. Empezó su carrera con documentales inspirados en su conocimiento de Vietnam. Pero fue en 2014 cuando recibió reconocimiento internacional con Hope, su primer largometraje de ficción, centrado en la búsqueda del sueño europeo por parte de un camerunés y una nigeriana. En esta ocasión, en Camille busca retratar el espíritu de una mujer idealista. Una profesional que se aventura como free lance, y a pesar de no ser contratada en sus esfuerzos iniciales por medio de comunicación alguna, continúa en el terreno, fotografiando el germen de una lucha abierta. Sin desfallecer, con una dedicación que solo la juventud y su consiguiente inexperiencia, además de inocencia, pueden impulsar. A Camille le cuesta que le tomen en consideración no solo sus compañeros de prensa; también es observada con recelo por los nativos, para quienes es la blanca, la diferente, la que siempre está con la cámara delante de su rostro, la sospechosa y al mismo tiempo, la única que puede aportar repercusión internacional a los hechos.

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Camille Lepage es demasiado joven para haber asimilado las medidas de protección que han asumido la mayoría de reporteros de guerra a fin de sobrellevar su trabajo. Y la regla fundamental es no implicarse, observar los acontecimientos desde fuera y dejar constancia de delitos, aberraciones o violencias sin ser salpicados por su sangre. Ya lo corrobora el periodista británico Robert Fisk en el magnífico documental canadiense This is Not a Movie, del director Yung Chang (2019): hay que ser capaz de registrar el horror y seguidamente, salir a cenar. A pesar de todo, algo une a Camille y a Robert Fisk. Concretamente, la conversión de su profesión como esencial en sus existencias, la primera centrada en el centro de África  y el segundo en Oriente Medio. Y ambos verifican las noticias viviéndolas o con testimonios directos de los afectados, personas con las que deben relacionarse para saber distinguir la realidad de la ficción, los hechos de las noticias falsas. Ambos, en el intento de que masacres inconcebibles tengan su voz propia sin caer en el olvido. 

Boris Lojkine se preocupa de recrear la nación centroafricana con mimo. De forma imponente, acoge su colorido, sometiéndose  al costumbrismo local en la guerra y en la paz. Además, se apoya en un montaje ágil que sabe detenerse en momentos puntuales, cuando toca descansar y reflexionar sobre lo que está pasando y cómo nos afecta. Lojkine intenta, con un formato fotográfico y que asemeja documental, que nos acerquemos, no solamente a la profesión de la protagonista y a sus motivos. También intentará que crucemos el charco para situarnos en el otro lugar de la cámara e intentar comprender el drama local. Sus razones, su evolución, el sentido de la venganza y de la supervivencia a costa del enemigo. El sinsentido de la violencia gratuita. Un microcosmos tribal poblado de seres que siempre han estado al borde del abismo y que parecen tener poco que perder. Tampoco demasiado por ganar. 

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Para Camille, todo cambia con la intervención en el conflicto de las tropas francesas, después de que la ONU pusiera el semáforo en verde. En esta ocasión, la intervención extranjera sí que contó con los parabienes internacionales para internarse en los ríos de putrefacción y miserabilismo en los que había derivado la estancia gala por aquellas tierras. Camille, ante la repercusión pública que dicha intromisión, incursión o auxilio, como ustedes quieran, había obtenido, es contratada por un periódico francés para seguir el conflicto. Es entonces cuando conseguirá implicarse plenamente, tanto física como emocionalmente. Será el momento de su realización. Es su trabajo, es su vida. Es su plenitud. Aunque no entienda, aunque tenga que apoyarse en un sentimiento de gozo al estar rodeada de hermanos humanos en el interior de una guerra que no es la suya. África, ¿por qué África y no Ucrania? ¿Por qué?

De entre lo más interesante de esta película biográfica es el dilema moral que plantea acerca de lo que se puede o se debe fotografiar y/o publicar. ¿Es de recibo que se exhiban las fotos de los africanos muertos, mutilados, cercenados? ¿Qué sentido tiene? ¿Y qué hacer allí sino registrar lo que realmente está ocurriendo? ¿Por qué no el mismo trato para Occidente? Como recordarán, no vieron o han visto, en televisión o en prensa, ningún resto humano de víctimas de atentados en suelo europeo, con afectados de primera categoría. Ni en Niza, ni en París, ni en Londres; ni mucho menos en suelo estadounidense. Camille Lepage, con su cámara, no duda en retratarlo todo. Se encuentra siempre en medio, entre la mugre, la suciedad o los despojos de seres que horas antes eran capaces de respirar. Como afirmaba John Berger, parece que para Camille cada fotografía es un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión completa de la realidad. Una forma de dar luz a injusticias en la sombra y de romper con el único punto de vista que se permite ser difundido. Un compromiso ético que exige libertad y honestidad en la labor del fotoperiodista, en su trabajo por registrar testimonios visuales.

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Camille Lepage está interpretada de manera muy convincente por la actriz Nina Meurisse. Logra conformar con naturalidad esa evolución de la joven iniciática de las primeras escenas hasta la mujer experimentada y comprometida en que se irá convirtiendo a lo largo del largometraje. En ese camino, su actuación se marcará por sucesivos encuentros que harán evolucionar su carácter. Desde la apariencia de ligereza sonriente en sus conatos iniciales por encontrar amistades entre estudiantes locales, hasta la angustia que le acompaña en su recorrido con los contrarrevolucionarios u opositores del régimen surgido del golpe de Estado. Entre incursión de fotografías reales, realizadas por la periodista Lepage, la actriz irá adaptándose con energía y determinación, conformando una actuación que llega a cautivar en su mezcla de inseguridad y firmeza. 

Reflexionábamos en párrafos anteriores sobre dilemas éticos del reportero gráfico. Y es precisamente en ese apartado donde el largometraje desbarra, cayendo en la misma hipocresía que intenta denunciar, o cuanto menos señalar. Porque no tenemos ningún interés en que el final solo nos lo cuenten y no nos lo muestren, edulcorado con la voz en off. Pero después de tanto cadáver africano, de mutilaciones, de machaques a negros pobres que a nadie importa, el director es incapaz de soltar lastre y cae en la misma farsa, la de ciudadanos de distintas categorías. ¿Y qué hace? Pues escapar por la tangente, con una elipsis, en ningún caso, casual. Una doblez que no termina por anular los méritos que, sin duda, posee la obra, pero sí los desdibuja. 

 Tráiler:

 

 

 

Ficha técnica:

Camille ,  Francia, 2019.

Dirección: Boris Lojkine
Duración: 92 minutos
Guion: Boris Lojkine, Bojina Panayotova
Producción: Unité de production, Centre National du Cinéma et de L'image Animée, Canal+, Procirep, Ciné+
Fotografía: Elin Kirschfink
Música: Éric Bentz
Reparto: Nina Meurisse, Fiacre Bindala, Bruno Todeschini, Grégoire Colin, Augustin Legrand, Ousnabée Zounoua, Geoffrey Bateman

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