Críticas

Mirando a la mujer

Audition

Ōdishon. Takashi Miike. Japón, 1999.

La presencia del ser femenino en el cine puede llevarnos a cuestiones ideológicas de diferentes tipos, desde la explotación de la mujer en tanto personaje (secundario) hasta la revancha de su protagonismo (como en las películas del alienígena de Scott y de Cameron, sin olvidar el protagonismo de Louise Brooks en los años de las figuras sin voz). La mujer, como cualquier otro ser, se transforma así en un punto temático, el foco de un discurso que intenta desvelarnos algo, a veces sobre el objeto del diálogo, a veces sobre quien acaba de armar este diálogo; puntos de vista diferentes, entonces, maneras diversas de acercarse a lo que, desde una posición objetiva, solo se reduce a ser una parte del conjunto humano, categoría que se entremezcla con otras (sub)categorías, como la juventud (la jovencita, con sus impulsos sexuales o con su virginidad inatacable), la belleza (la mujer en tanto objeto deseado por razones biológicas y estéticas) o la inteligencia (la que nos deja boquiabiertos por desvelarnos su secreta capacidad intelectiva, un conjunto de informaciones que se concretizan en la colección de certificados de grandes universidades, para así demostrar que ella no es solo una rubia estúpida, sino la encarnación moderna de la mujer detrás del mito de la Monroe).

Idea no desdeñable, la de Miike (director) y Tengan (guionista), de llevar a la pantalla la novela de Ryu Murakami, uno de los autores más importantes de la literatura japonesa contemporánea; idea no desdeñable, porque lo que se intenta hacer es unir dos géneros diferentes, el romántico y el de terror, pasando por las digresiones del splatter y del torture porn. La capacidad de crear un ritmo de este tipo, recurriendo a la deconstrucción de los clichés y a su reconstrucción a través de una mirada aséptica le permite al director desarrollar un análisis del acto de la mirada pornográfica, lo cual no significa una mercantilización del acto sexual, sino la necesidad de ir más allá de lo que la pantalla, con su código moral silencioso, permite ver. Destruir las fronteras sin dejarle al público que se dé cuenta de esta transgresión significa entonces traer a lo visible lo que, en su invisibilidad, se mueve por debajo de la representación cinematográfica, presencia subrepticia que define la representación de una historia a través de imágenes y su yuxtaposición como elemento narrativo, metáfora de nuestros deseos (de los cuales, dicho sea de paso, casi nunca hablamos).

Si la mirada es la de un hombre (más de uno, ya que estamos ante un protagonista y sus amigos masculinos), la presencia del mal es femenina. ¿Sería entonces correcto hablar de misoginia? Difícil dar una respuesta, y no tanto porque no queramos ofender a nadie (al director, al guionista, al novelista, al público, a la crítica feminista), sino porque la película no se presenta como elemento de fácil interpretación. Si hay un hombre buscando a una mujer con la que casarse otra vez (casamiento debido a una viudez dramática), esto no nos hace simple afirmar que el mecanismo de esta búsqueda (la audition del título) revela una visión de la mujer en tanto objeto, despersonificada en su esencia humana, lo cual se debe no a una sensación externa (la mirada masculina, por ejemplo, supuestamente encarnada en los ojos de quien está escribiendo estas palabras) sino a la inteligencia técnica de Miike y de sus colaboradores que han ido construyendo en los primeros minutos una sensación de cine innocuo, romántico (romántico para esta era moderna, por lo menos) y un poco torpe (aquella torpeza que suscita ternura).

El discurso se presenta así mucho más complejo de lo que podría parecer, y no solo por la estructura de mezcla rebuscada, no tan solo por la reconfiguración del patrón femenino que se encuentra en el borde entre la virginidad casta y la violencia sádica. El problema que nos plantea el filme remonta a la necesidad por parte del público de encontrar un significado claro, preciso, capaz de desvelarnos el cuento que acabamos de ver y darnos así una clave de lectura con la que poner fin a un proceso de exégesis; si pensamos poder terminar la visión de Audition sin que nos surjan preguntas estaremos equivocados. Pero, profundizando más, esta falta de una mirada clara, cristalina, en la que los blancos son blancos y los negros son negros, va más allá de la simple cuestión de la presencia de los grises: la película, de hecho, nos empuja a decidir si queremos darle una interpretación (negro) u otra (blanco), sin permitirnos bucear en las mares de lo borroso. Aquí es donde la película nos enseña una lección escandalosa. La decisión de optar por una interpretación o por la otra está en nuestras manos, o sea que la clave interpretativa no se encuentra en el filme, sino en la mirada de quien ve. Puesto que la acción de decantarnos es nuestra, lo que esto significa para el espectador es que, como en el caso de El Túnel, de Sábato, elegir una interpretación en vez de la otra pone de manifiesto aquellos mecanismos de análisis personales que parten de la visión de la pantalla para acabar con la visión del mundo. El mal y el bien no son elementos externos; película pornográfica, entonces, por el hecho de forzarnos a mirar dentro de nosotros, hurgando en lo prohibido, hasta reconocer la desnudez de nuestra mirada interpretativa.

Tráiler:

Ficha técnica:

Audition (Ōdishon),  Japón, 1999.

Dirección: Takashi Miike
Duración: 113 minutos
Guion: Daisuke Tengan
Producción: Satoshi Fukushima, Akemi Suyama
Fotografía: Hideo Yamamoto
Música: Kōji Endō
Reparto: Ryo Ishibashi, Eihi Shiina, Yasuhisa Yoshikawa, Shigehiko Aoyama, Ryoko Aoyama

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