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Andrés Caicedo murió para nacer

Andres Caicedo

Niñoviejo, joveninfante, amante incondicional del cine, explorador de todos sus senderos.
Ángel caleño de mirada miope, frases tartamudas y torpeza lewisiana.
Ser infecto de pasión cinéfila y fervor en la escritura, se te recuerda en cada acto y vives en cada hecho.

LS

Van a hacer cuarenta años que Andrés Caicedo encontró la muerte que había buscado en más de una oportunidad. Tenía 25 años y su suicidio “coincidió” con la publicación de su primera novela, ¡Que viva la música!, una fotografía de la juventud de Cali (Colombia) durante los años setenta, donde, como en otros territorios, la música y la estimulación de los sentidos eran moneda corriente. Los temores adolescentes en cuanto a la aceptación del otro, la búsqueda de escapatoria del mundo de  los mayores, el debate entre la música importada y la autóctona… todo ello se esconde detrás de las vivencias de su heroína “rubia, rubísima”, con el cabello como el de Lilian Gish y las piernas “muy blancas, pero no de ese blanco plebeyo feo”, que leía El Capital y bailaba salsa.

Caicedo y Ospina

Andrés Caicedo y Luis Ospina en el Cineclub de Cali

Me acerqué al personaje y al escritor a partir de una película: Andrés Caicedo. Unos pocos buenos amigos, el documental realizado por Luis Ospina, que se ha convertido en homenaje al entrañable amigo y radiografía de una generación: el Grupo de Cali. Se trata de un “docudrama”, como su autor lo define, de doce capítulos, que recopila testimonios y documentos sobre la vida del amigo ido, y no digo “ausente”. Las frases de Caicedo conducen el hilo del documental, llevándonos de la mano por su breve existencia, pero inmersos en la gran obra que construyó en su vida. Así nos enteramos que confiaba en sus buenos amigos (Que nadie sepa tu nombre/ y que nadie amparo te dé. / Si dejas obra,/ muere tranquilo, /confiando en unos pocos/ buenos amigos); que para él, vivir más de 25 años era una insensatez; que era miope, torpe, tartamudo y se le dificultaba establecer relaciones personales… Al respecto, escribió, refiriéndose al genio de Jerry Lewis, algo que aplicaba a a él y a su generación:

En los años 60, Jerry Lewis era la figura que regulaba nuestra impedida adolescencia y cuando malcrecimos, vinimos a comprobar que su torpeza no sólo era la nuestra, sino que la había inventado para que nosotros la copiáramos y nos justificáramos en su genio. La torpeza deviene de la conciencia de ser observado y ésta de concederle una importancia exagerada a las personas y al mundo que habitamos. Nos creemos mucho menos perfectos de lo que somos y esto es lo que nos atemoriza y nos impele a romper el jarrón en la mitad de la visita.
Creemos, entonces, que estamos destinados a la falta de afecto, de reconocimiento y quisiéramos, no que la tierra nos tragara, sino convertirnos en otro, en aquel que sepa aprovechar la mínima parte correcta de nuestra naturaleza.

En mi caso, el documental de Ospina fue el disparador. Llegaron a mis manos libros escritos por sus pocos buenos amigos. Le debo al mismo Ospina y a Sandro Romero Rey haberme iniciado en su literatura, porque todos los ejemplares que conseguí de la obra de Andrés venían introducidos por ellos. Hay, en esos prólogos, un amplio detalle de la organización que llevaron a cabo cuando se enfrentaron al material descubierto por el padre de Andrés en una especie de Cofre de Pandora, donde descansaban incontables manuscritos: cuentos, críticas, diarios personales, cartas… Han sido años de recopilación y gran parte de su obra ha sido publicada. El primer acercamiento para estudiar a Caicedo, para disfrutarlo, está en esos textos que estos dos amigos recopilaron. Luego se abrió el abanico y los adeptos nos volcamos a escribir una y otra vez sobre aquello que descubríamos. Sirvió para ampliar el espectro de curiosos y hoy su obra está siendo traducida a otros idiomas, es tema de tesis de universitarios y ejemplo para quienes tenemos en el cine nuestra razón de ser.

Así se reeditó Que viva la música (Plaza & Janés, 1985), se publicaron las recopilaciones de cuentos en Destinitos fatales (La oveja negra, 1988) y Angelitos empantanados o Historias para jovencitos (Norma, 1995), su obra de teatro El atravesado (Norma, 2000) y una novela en la que estaba trabajando: Noche sin fortuna (Norma, 2008). Más tarde, apareció un volumen que recopila todos sus trabajos sobre cine, bajo el nombre de la revista que se editó entre 1974 y 1976, Ojo al cine (Norma, 1999), con notas e introducción de sus biógrafos Ospina y Romero Rey.

rodaje de angelita y miguel angel

Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina en el rodaje de Angelita y Miguel Ángel

Andrés Caicedo escribía cuentos y novelas, mantenía correspondencia con colegas y amigos; como crítico, redactaba notas extensas sobre autores y películas, a las que reseñaba con profundidad. Solía detenerse en el cine como lenguaje, advertir al espectador inocente o distraído lo que escondían las imágenes de un filme. Por eso había creado el Cineclub de Cali, donde se formó una generación de espectadores. Escribía sobre las películas que programaba, armaba debates y musicalizaba la sala con sus bandas predilectas… Andrés era incansable… Redactaba guiones y, en una oportunidad, viajó a Estados Unidos para mostrárselos a Roger Corman, que nunca lo recibió.

Intentó incursionar en la realización. En 1971, junto a Carlos Mayolo escribió el guion de Angelita y Miguel Ángel. Lamentablemente, una disputa entre los amigos abortó la realización del filme. Pero los rastros de aquel intento aún sobreviven en el documental de Ospina.

Dejó huella. Hay escritores como Fuguet que lo han reinventado, hay películas como Noche sin fortuna (Francisco Forbes y Álvaro Sifuentes, Argentina-Colombia, 2010), que han tratado de actualizar los recuerdos de quienes lo conocieron. Y ahora esperamos la última película de Luis Ospina, Todo comenzó por el fin, porque intuimos que como testigo y amigo pretende cerrar aquel impulso que lo llevó a hacer su documental pionero, el que develó la figura de Andrés Caicedo para el resto de los mortales.

Si Andrés Caicedo viviera, llevaría sus años con dignidad y sería reconocido por su amplia obra. Pero su rebeldía, la que lo llevó a consumir el frasco de pastillas que le quitó la vida cuando su primera novela salía de la imprenta, lo impulsó a convertirse en un mito, en un autor maldito. Hoy Andrés Caicedo ha sido descubierto por sus pocos buenos amigos, pero cuenta con gran cantidad de seguidores y su obra se magnifica cada vez que comprobamos que la escribió antes de los 25 años.

De vampiros y de cine vivía Caicedo. A continuación, a manera de provocación, les dejo uno de sus cuentos.

 

DESTINITOS FATALES
Andrés Caicedo

A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club, y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y ese film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo, el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá “el cine de calidad” que no puede ver en los teatros cuando estos sólo exhiben vaqueros y espías; imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne “porque el ejército de los Estados Unidos siempre mata muchos indios”, que le dicen imbécil a Jerry Lewis. Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cine club por estar exhibiendo cosas de estas cuando los estudiantes luchan en las calles; gente que únicamente sueña de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pueden hablar de amor, de papitas, de viajes, de política y cuando llegue la noche se ponen a soñar de lo mismo que han hablado durante todo el día. Pues bien, el hombrecito de nuestra historia comenzó a perder grandes cantidades de dinero, porque ya al final no iban más que diez personas a ver sus películas de vampiros, nueve, ocho, siete, seis, cinco, los últimos cuatro sí empezaron a conversar, a contarse recuerdos, pasó el tiempo y uno de ellos se mudó de ciudad, otro amaneció un día muerto, uno se graduó de arquitecto y nunca nadie más lo volvió a ver por estas tierras.
El hecho es que sábado 25 de diciembre de 1971, el hombrecito encontró, al ir a introducir el único film del ciclo, que no había más que un espectador en la sala, allá detrás, en un rincón, mitad luz y mitad sombra.
El hombrecito iba a comenzar a hablar de la película que amaba tanto, pero el Conde se paró de su butaca y le sonrió, y el hombrecito tuvo que bajar los ojos.

 

NOTA: Las citas han sido obtenidas de los libros citados en este texto y las fotografías, del archivo de Eduardo Carvajal y de Luis Ospina.

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

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